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La elección de Sarmiento

La figura de Sarmiento aún hoy despierta amores y recelos y más lo hizo cuando fue candidato a presidente en 1868, en un país convulsionado por la guerra con el Paraguay, conflictos con las provincias y recelos entre los distintos personajes políticos. Este es un pormenorizado relato de su candidatura y el proceso electoral.

Domingo Faustino Sarmiento, el polifacético Sarmiento, desde siempre anheló ser Presidente, se preparó para ello, como adivinando su destino. En su tiempo los comicios solían adquirir contornos altamente conflictivos, contribuían a esa atmósfera agresiva hasta los propios candidatos y desde luego, sus seguidores. El sanjuanino no tenía partido, pero una serie de circunstancias vinieron a favorecerlo para que desde ciertos sectores, se viera su candidatura como la más apropiada en las circunstancias que vivía el país

El Presidente Bartolomé Mitre había logrado la unión de los argentinos después de la Batalla de Pavón, la sucesión a su cargo era fundamental para afianzar lo que se había adelantado hasta ese momento. A diferencia de lo que se esperaba, Mitre se mantuvo prescindente del proceso electoral y si bien en privado manifestó sus preferencias, y en su “Testamento Político” las conveniencias, el aparato político del estado no prestó apoyo a ningún candidato. La disputa electoral fue realmente vibrante, la prensa se convirtió en el eco obligado de las aspiraciones de los candidatos y de los distintos sectores políticos, hasta el Ejército estuvo presente en este “combate” por la Presidencia de la Nación.

En este artículo el proceso electoral, se muestra en su plena complejidad, hasta el punto de llegar a fatigar al lector con el cambiante panorama de los electores, modificado en su número por las rebeliones provinciales y al momento del escrutinio, por las más extrañas combinaciones. Con toda intención se describe con total realismo y en toda su dimensión, la enorme dificultad que presentaron estos comicios en ese tiempo.

La candidatura de Domingo Faustino Sarmiento se fue agigantando con el pasar de los meses hasta ganar la popularidad que terminaría consagrándolo Presidente. Toda la existencia del sanjuanino es sumamente interesante, el presente artículo aborda – en las cuatro entregas de la ReDiU-CMN -, uno de los momentos más apasionantes de su vida.

Desarrollo

MUERTE DE MARCOS PAZ Y LA DESIGNACIÓN DE SARMIENTO COMO MINISTRO

El 9 de diciembre Paz redactó un manifiesto que fue publicado al día siguiente en los diarios, e incluso circuló en hoja suelta, prometió la más amplia libertad electoral, siendo su único anhelo “presidir una elección libre y espontánea sin coacción de ningún género [...]” ; y “que los esfuerzos deben concentrarse en la más grande de las victorias de la democracia, la libertad de sufragio”. Circuló después del “Testamento Político” y mostró la coincidencia de ambos con relación a la cuestión electoral. Coincidencia también fue el tema que abordó Mitre como respuesta a Paz en su carta del 19 de diciembre, el tema fue el cólera.

“Cuartel Gral Tuyú-Cue Diciembre 19 de 1867.

Exmo. Sr. Vicepresidente de la Rep’

Dr. Marcos Paz.

Mi estimado amigo.

Tuve el gusto de recibir su apreciable carta fecha 11 del corriente de cuyo contenido quedo impuesto.

Siento mucho la continuación del cólera en esa ciudad y espero no venga con tanta fuerza como la vez pasada. Por acá sigue todavía como se impondrá V. por los boletines que le incluyo [...]

Sin más por ahora me repito de V. como siempre.

Affmo. Amigo.

Bartolomé Mitre"

Paz enfermó precisamente de cólera el día 28, el primero de enero Rawson que había sido optimista en las noticias las rectificó angustiado “[...] apenas tengo esperanzas de salvarle la vida [...]” le decía a Mitre y agregaba sobre la necesidad de su regreso inmediato. El 2 Rawson reiteró su pesimismo; Marcos Paz expiró al mediodía en su residencia de San José de Flores. En Buenos Aires las exequias fueron muy importantes y en el Paraguay los efectivos le rindieron honores.

Para Mitre –reflexiona el Doctor De Marco- la muerte de Paz fue un duro doble golpe. Había caído un leal amigo y compañero, pero a la vez se había abierto una peligrosa brecha en la faz interna e internacional. Su deceso lo obligaba a participar de cerca en la última etapa del proceso eleccionario.

El 14 de enero de 1868 abandonó Tuyú-Cué, donde permanecía su politizado ejército, y con aire lúgubre retornaba a Buenos Aires, en la que lo esperaban acuciantes problemas. Volvía definitivamente a la Casa de Gobierno y a su hogar; a su esposa y sus hijos. Éstos lo habían visitado en el campamento, compartido su modesta mesa y comprobado cómo pasaba sus días en campaña quien, en tiempos de paz, había convivido con ella en la austera pero cómoda morada de la calle San Martín.

Con la muerte del Vicepresidente se iniciaba una acefalía que duraría dieciséis días. El gabinete que había dado oficialmente la noticia a Mitre, se hizo cargo en acuerdo general, de las resoluciones fundamentales para la marcha de la administración.

El Presidente reasumió su cargo el 18 de enero y resignó definitivamente el comando del Ejército Aliado en la Guerra del Paraguay. El 19 el Congreso, de acuerdo con lo dispuesto por el artículo 75 de la Constitución Nacional, sancionó la Ley de Acefalía de la República. (Ley Nro. 252)

La desaparición de Marcos Paz, implicó la renuncia de todos los ministros. Mitre aceptó las dimisiones presentadas, incluso la de Rawson, que había sido designado por él. En reemplazo de los renunciantes designó a sus antiguos colaboradores: Elizalde, Costa, Lucas González y Gelly y Obes. El último debió continuar al frente de las tropas argentinas destacadas en el Paraguay, lo reemplazó el general Julián Martínez, que había ocupado ya el cargo. En reemplazo de Rawson designó a Sarmiento el 25 de enero, pero como éste no se hallaba en el país, Costa ocupó interinamente su puesto, en la misma fecha le comunicó su decisión.

“Sr. Ministro D. Domingo F. Sarmiento.

Mi querido amigo:

La muerte del Vicepresidente y el no haberse previsto por una ley respecto del funcionario que debiera reemplazarlo en mi ausencia, me ha obligado a dejar el Ejército y a reasumir de nuevo el mando supremo. Es un grave inconveniente; pero puede producir sus bienes, salvando a la vez muchas dificultades para lo presente y lo futuro, y presidiendo a la crisis electoral que se acerca de la manera más conveniente para el país y para la administración que ha de sucederme.

Para tal efecto necesito reconcentrar todas mis fuerzas y asumir la responsabilidad de la situación con mis mejores y más inteligentes amigos. En consecuencia he formado un nuevo ministerio, compacto y fuerte por su unidad, a la vez que dando satisfacción a la opinión por los matices de ideas que representan sus miembros.

Al frente de él lo he colocado a Vd. nombrándolo Ministro del Interior. Vd. me contestará si acepta o no. Por mi parte solo le diré que necesito de Vd. como amigo y como consejero, y que desearía que me acompañase, hasta el final de la jornada. Sino, tan amigo como antes, quedándome la satisfacción de haberle dado esta muestra de consideración y de confianza. Recibí su carta última que esperaba un momento propicio para contestar, esperando también que el tiempo y los sucesos fueran contestando algunas partes de ella. Yo le he contestado con la carta, y le he llamado Mi Testamento, a lo relativo a candidatos para Presidente de la República. Las demás partes se las contestaré personalmente, renovando nuestras sabrosas pláticas de antaño. No dejaré pasar esta ocasión de renovarle mi reconocimiento amistoso respecto a sus bondades con mi hijo Bartolito. Es un vínculo más que nos une. Suyo siempre Bartolomé Mitre."

Nicolás Avellaneda se apresuró a escribirle a Sarmiento, por medio de una carta fechada el 11 de febrero de 1867, pero que en realidad es de 1868, error bastante común en las cartas de principio de año, aconsejándole no aceptar el ofrecimiento:

“No le conviene, salvo meliori, aceptar este puesto [...] La cuestión electoral habrá terminado en su paso más trascendental, con el nombramiento de electores [...] no le servirá ni aún para neutralizar otros trabajos [...] la opinión se ha pronunciado espléndidamente [...] bajo esta combinación que es esencial: Sarmiento Presidente, Alsina (A) Vice [...]”.

La integración del ministerio causó muchos comentarios. La opinión pública no entendió la participación de Elizalde y Sarmiento en el gabinete. Se pensaba que lo coherente era que permanecieran alejados de toda función pública de orden administrativo o ministerial por su condición de candidatos. Mitre alegó que estaba colocándolos en un pie de igualdad y por lo tanto dejaba claro su falta de preferencias. Los cambios, explicó, no respondían a modificaciones de la política presidencial. Pese a esas declaraciones, el público interpretó que la designación de Elizalde interino de Costa, íntimo amigo de aquél para dirigir en el Ministerio del Interior y la ausencia de Sarmiento constituían un firme apoyo para el primero.

En aquellos días frenéticos de lucha electoral la imparcialidad de Mitre fue real, en la práctica demostró que no se desvió de su prescindencia, pero las designaciones fueron un error político del Presidente.

Sarmiento no aceptó y quedó en el ambiente la creencia de cierta maniobra para perjudicarlo con el ofrecimiento. Le respondió a Mitre con la carta de abril, -como se relató (véase en páginas anteriores)-, fuera de estilo, mezclando su renuncia con lo de la “coz” que tanto ofendió al sanjuanino. El Presidente se la devolvió con la esperanza que Sarmiento respondiera con el tono oficial que correspondía. Mitre le reclamó una nueva carta de renuncia pero cuando se publicó la que le había devuelto, insistió por lo menos en esta última, para guardar en carpeta y sanear el trámite, el pedido continuó hasta pocas horas antes de finalizar su gestión.

Con disgusto de su parte, Sarmiento también declinó la elección de senador nacional, hecha el 11 de enero de 1868 por la Legislatura de San Juan. Tampoco compartió la propuesta de sus amigos de volver al país para dirigir su campaña electoral. "No se dirá –escribió- que un Ministro diplomático ha abandonado su puesto para ir a dirigir elecciones”.

La actitud de Mitre deprimió a Sarmiento porque creyó que se había puesto el peso del poder a favor de Elizalde y entendió algo malogradas sus posibilidades. Intuyó un veto definido a sus aspiraciones. Pero no fue así, lo más coherente hubiera sido pensar que Mitre quería dar una impresión de ecuanimidad para los dos candidatos que disputaban la mayoría del Partido Liberal. No podía contradecir en la práctica y ante la vista de todos, su postura prescindente, que ya se había hecho pública en forma reiterada.

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BALANCE EN LAS VÍSPERAS Y LA CARRERA POR GANAR ELECTORES

La elección estaba prácticamente en manos de los gobernadores de las provincias, dueños de los 156 electores presidenciales, lo que explica el empeño de los partidarios de cada candidato por asegurarse los gobiernos provinciales.

Los federales, fuertes en el Interior, tenían un solo candidato que era Urquiza, a quien había perjudicado el alzamiento de 1867 por el uso abusivo e injustificado que se había hecho de su nombre. Contaron inicialmente con Entre Ríos, con Corrientes desde 1865, y con Córdoba desde 1866, lo que importaba 34 electores.

Alejado Mitre del país, faltó a los liberales, para permanecer unidos, su ascendiente moral, por lo que no tardaron en dislocarse alrededor de diversas candidaturas –como se vio-. Fueron éstas principalmente, la del Ministro de Relaciones Exteriores, Rufino de Elizalde; la del Ministerio del Interior, Guillermo Rawson; y la de nuestro Ministro Plenipontenciario ante los Estados Unidos, Domingo Faustino Sarmiento.

El Vicepresidente Marcos Paz, Alsina y Rawson, estrecharon entre sí sus vínculos en 1867 y la crisis ministerial de ese año señaló toda una posición del Vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo, que Elizalde apreció desfavorable a su candidatura.

Marcos Paz contó con los Taboada que se afirmaron en La Rioja y Catamarca frente a Tucumán, en manos del Presbítero Del Campo, influido por José Posse, amigo y partidario de Sarmiento. Una revolución apoyada por los Taboada derrocó al gobernador Wenceslao Posse y colocó en su lugar a Octavio Luna y con esto los dueños de Santiago del Estero, con 12 electores presidenciales, parecieron serlo también de La Rioja con 8 electores, de Catamarca con 10, de Tucumán con 10, de Salta con 10, y de Jujuy con 8, con lo que disponían de un total de 58 electores.

Fallecido Marcos Paz, Elizalde buscó apoyo, trató de atraer a su persona a los caudillos santiagueños, con los que contó, y además buscó sumarse a Cuyo y ganarse la buena voluntad de Urquiza, lo que pareció en algún momento lograr. Urquiza puso como condición para apoyarlo, que el candidato a la vicepresidencia fuera el exgobernador de Córdoba, Alejo Carmen Guzmán, pero este nombre fue resistido por el elizaldismo porteño.

A Urquiza le contrariaba la candidatura de Sarmiento, y prefería a Elizalde por considerar conveniente un gobierno que continuara al existente, lo que hizo saber a sus amigos del Interior.

Explica el Doctor De Marco que los anhelos de Don Rufino sufrieron un golpe cuando, a fines de marzo (1868), circuló en Buenos Aires un folleto anónimo en el que se recomendaba votar el binomio Urquiza-Alsina. Y “La Nación Argentina”, que había denostado en distintas épocas al vencedor de Caseros pero entonces lo defendía de los ataques de “La Tribuna”, volvió a hacerlo objeto de sus vigorosos mandobles.

Con relación a Alsina la revolución de Luengo en Córdoba, reprimida por el general Conesa, de filiación alsinista (agosto de 1867), hizo que el gobernador Luque se comprometiera con la candidatura del gobernador de Buenos Aires, el que ya había conseguido la adhesión del gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, con cuyo nombre esperaba integrar la fórmula que encabezaba.

Urquiza perdió así 16 electores que pasaban a Alsina, los que sumados a los 8 de Santa Fe y 28 de Buenos Aires, le daban 52 electores, lo que impresionó considerablemente a varios gobernadores que parecieron mejor dispuestos para esta candidatura. Sin embargo, Alsina pronto perdió lo ganado. El general Arredondo, partidario de Sarmiento –como se relató-, enviado a La Rioja, a su paso por Córdoba depuso al gobernador Luque (21 de octubre) y ya en su destino hizo una revolución que derrocó al gobernador riojano Dávila (10 de noviembre), con la que la candidatura Sarmiento adquiría 24 electores.

Pastor Obligado trató que Mitre prohijara a Dalmacio Vélez Sarsfield como candidato único del Partido Liberal y varios gobernadores se dirigieron al Presidente pidiéndole consejo. Mitre se negó a terciar y ante todos mantuvo su actitud equidistante.

El Presidente también se dirigió a Urquiza para que desistiera de su candidatura: “Candidato, o Presidente de la República, V. E. sería siempre una bandera de lucha que lo inhabilitaría para el bien; mientras que fuera del gobierno su influencia puede todavía ser muy saludable, poniéndola al servicio de los grandes intereses que demandan la concurrencia de todas las fuerzas y de todas las voluntades [...]” (17 de mayo de 1868). Urquiza excusó hacerlo.

“La verdad del libre sufragio popular –decía Urquiza- no depende ni de la palabra de V.E. ni de la mía; depende sólo del régimen de las instituciones en los pueblos, no perturbados por la coacción del poder general, en cuanto le es extraño. No hay candidaturas que no tenga inconvenientes más o menos graves; el patriotismo de todos debe concurrir a allanarlos, en progreso del país, cuando resulte la elección [...]”

Evidentemente, estos dos hombres en ese momento, no podían entenderse. En cambio ambos dieron al país, simultáneamente, uno de sus grandes ejemplos:

Mitre, presidiendo una de las pocas elecciones libres del siglo XIX; Urquiza, aceptando el resultado de la elección y colaborando con quien saliera electo.

Alsina –como se afirmó- entendió destruida su candidatura y trató de eliminar a Elizalde, procurando que Urquiza, que después de la carta de Tuyú-Cué se había retraído de Elizalde, lo apoyara en su acción contra éste. Alsina perdió Santa Fe con la revolución estallada contra Oroño y que terminó por entregar esta provincia a los federales, y por ende sus 8 electores a Urquiza. Éste tenía 16 de Corrientes, que aunque elegidos, no pudieron sufragar debido a la revolución liberal del 27 de mayo de 1868 (deposición de Evaristo López).

Lo ocurrido en Santa Fe requiere un espacio particular en este relato: la provincia estaba sumida en un debate profundo con relación a la Ley de Matrimonio Civil, sancionada por la Cámara de Representantes e inspirada y promulgada por el progresista Nicasio Oroño. Pronto sobrevino la reacción a través de una pastoral del Obispo de Paraná Monseñor Gelabert y Crespo, declarando que el gobernador había incurrido en pena de excomunión. Oroño entendió que el proceder del Obispo subvertía el orden público y menoscababa su autoridad por lo que decidió remitir los antecedentes al Juzgado Federal. Vélez dictaminó sobre el asunto como asesor del Gobierno Nacional. La Ley de Matrimonio Civil provocó la caída del gobierno de Santa Fe, el Coronel Patricio Rodríguez encabezó la revolución en diciembre de 1867. La provincia fue intervenida y se convocó a elecciones resultando electo Mariano Cabal opositor a Oroño.

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Por otro lado, en Buenos Aires, el pacto entre los partidarios de Sarmiento y de Alsina, hizo que el “Club Libertad” los proclamara respectivamente candidatos a la Presidencia y a la vicepresidencia el 2 de febrero de 1868. El acto tuvo lugar en la Plaza de Monserrat, con una presencia de 1500 personas, era presidente de este Centro el Dr. Félix Amadeo Benítez, un hombre de talento dotado de raras cualidades para acaudillar y conducir grandes masas. Coinciden Lugones, Rebollo Paz y Saldías, en que la opinión estaba dividida entre Sarmiento y Alsina y que Benítez que era partidario del primero, recurrió a un arbitrio muy propio de las circunstancias: con estentórea voz gritó que los ciudadanos que estaban con Sarmiento como Presidente, se ubicaran a la derecha y los que estaban con Alsina a la izquierda; como el sol de ese día agobiaba a la masa, la mayoría se ubicó en la sombra, que era el lugar elegido para consagrar a Sarmiento. Pedro de Paoli considera muy pueril e ingenuo este argumento y Alberto Palcos desmiente la especie que la habría inventado un enemigo de Sarmiento que no estuvo presente, y que motivó un debate en la prensa.

Benítez era partidario de Alsina y el sol inclemente en realidad calentaba por igual todo el recinto.4 Pero hubo otros detalles de interés en esta proclamación, en principio se temieron serios disturbios, que acaso estallara una revolución alsinista contra Mitre. El diario oficial de la época publicaba una invitación al pueblo para rodear la persona del Presidente: la convivencia de ambas autoridades en la Capital tenía desamparado al primer magistrado. Afortunadamente, nada ocurrió, salvo un asalto a la casa del candidato Elizalde. Sarmiento fue propuesto por Rufino Varela y por Lucio V. Mansilla, ambos eran el alma del movimiento a favor del sanjuanino. Pastor Obligado propuso a Alsina. Florencia Varela (h) hizo la moción de sufragar por escrito. Sufrió rechazo, según reza la crónica insospechable de “La Tribuna”, “porque la mayor parte de los ciudadanos de Buenos Aires no saben escribir”. Doloroso cuanto se quiera el episodio encierra un sugestivo simbolismo. Aquella reunión de analfabetos, pero dirigida por hombres muy ilustrados, muy capaces, vivando el nombre de Sarmiento, era como una asamblea de ciegos que imploraba la bendición de la luz.

Días después el “Club Argentino”, alsinista, proclamaba también la fórmula Sarmiento-Alsina.

En la diversidad de las precandidaturas, Sarmiento y Alsina, aparecieron como la expresión de algo intermedio entre el liberalismo de Rawson y Elizalde y el federalismo de Alberdi y Urquiza, y esa posición, al promediar la campaña electoral, parecía ser la de la mayoría del país.

Allison Williams Bunkley en su libro “Vida de Sarmiento”, ensayó otra interpretación: “A la creciente burguesía de Buenos Aires y a la fuerte clase terrateniente del Interior les interesaba un arreglo pacífico de las disputas políticas del país y asegurar una oportunidad para el desarrollo tranquilo de sus empresas respectivas. Sarmiento representaba el final de la lucha de facciones para aquellos dos poderosos grupos de intereses en la Argentina. Se oponía al provincialismo y al caudillismo de Urquiza, así como a los limitados fines de Elizalde. Representaba el sistema de pensamiento burgués que traería consigo un gobierno ordenado y eficiente, el progreso material y la educación del país.”

Los liberales nacionalistas partidarios de Elizalde, proclamaron candidato a la Vicepresidencia al General Wenceslao Paunero, cuyo nombre fue objetado por haber nacido en La Colonia, pero ello había ocurrido antes de la separación de Uruguay, y el candidato había optado por la nacionalidad argentina.

El 19 de enero de 1868, Mitre convocó a elecciones para el 12 de abril a fin de nombrar electores de Presidente y Vicepresidente de la República, y designó el 12 de junio para la reunión de la Junta de Electores, que debía designar dichos mandatarios, conforme al Artículo 81 de la Constitución y a la Ley Electoral 75 de 1863, que había sustituido la Ley Nacional de 1857.

A pesar que estaban ya fijadas las fechas del comicio, el panorama que presentaban las provincias no era alentador, el mismo Posse decidió volverle a escribir a Sarmiento. Tal vez juzgaba la situación más grave de lo que era a raíz de los acontecimientos que habían ocurrido en su provincia, se hallaba realmente deprimido.

“Tucumán Junio 20 1868.

Sr. D. Domingo F. Sarmiento.

Mi querido Sarmiento

Posse le explicaba a Sarmiento la Revolución del 20 de junio, que derrocó al gobierno de su primo Wenceslao Posse para ser reemplazado por el Teniente Coronel Octavio Luna.

“[...] de que era yo el alma [...] El gobierno depuesto había hecho conocer, con mucha anticipación su decisión a trabajar por tu candidatura dispuesto a llevar su influencia legítima a las provincias circunvecinas, donde realmente tenía un alcance eficaz. En esto estuvo el peligro y de ahí vino su catástrofe [...] Los elementos materiales con que se ejecutó la Revolución fueron dados del Ejército Nacional que tenía Taboada en campaña contra Varela, quien de acuerdo con los revolucionarios, autorizado tal vez de a para ello mandó clandestinamente hombres armados que ejecutasen el movimiento del 20 de junio.”

Agregaba un panorama completo y siniestro de lo que había ocurrido en las provincias, haciendo referencia a que el Gobierno Nacional ni siquiera se había inmutado ni las intervino tampoco. Continuaba:

“[...] Si a pesar de todo llegas a la Presidencia, Dios te dé tino y fuerza para compaginar libro tan desgobernado [...] Concluiré por decirte, que mi situación personal es muy delicada en medio de estos bárbaros, y que hoy mismo vivo casi oculto en este país. Lo peor de todo, es que no tengo horizonte, porque mi escasa fortuna no me permite llevar mi numerosa familia a otro vecindario, a buscarme la vida. He sufrido tantas amarguras que casi deseo el fin como un descanso.

Tuyo invariablemente.

Posse.”

LAS ESPERADAS ELECCIONES

Las elecciones que fueron muy tranquilas, se realizaron el 12 de abril de 1868, pasando luego a obtener los votos de los electores triunfantes en las elecciones de primer grado. Por entonces no había una verdadera disciplina partidaria, los electores no se sentían obligados a respetar las decisiones de las agrupaciones políticas que los habían sostenido y a las que decían representar, ni los compromisos electorales contraídos. En la mayoría de los casos se trataba de vecinos respetables, sin filiación política definida, para los cuales era lo mismo actuar en una agrupación o en otra. Por todas esas causas los electores, una vez elegidos, actuaban libremente, y sobre ellos se ejercía una extraordinaria presión en vísperas de efectuarse las elecciones de segundo grado, pues se solicitaban sus votos para las combinaciones proyectadas, algunas de ellas muy raras.

Después de las elecciones de abril, la actividad más intensa consistió en combinar a las fuerzas políticas que existían en el país, cada una de las cuales contaba con algunos electores. Esas fuerzas eran el autonomismo porteño, el liberalismo de Buenos Aires, el liberalismo del Interior del país, el liberalismo norteño y el federalismo provinciano, siendo sus figuras más representativas las ya mencionadas. Con los días fueron apareciendo una serie de fórmulas como la de Elizalde-Taboada, que reuniría todos los votos conquistados por los liberales de Buenos Aires y del norte del país. Urquiza-Elizalde o Urquiza-Taboada, para combinar las fuerzas del federalismo del litoral y del liberalismo porteño y del norte, o parte de éste. Otra fórmula fue integrada por Urquiza y Adolfo Alsina, combinación de las fuerzas del federalismo y el autonomismo, provocó sorpresa, revuelo y estupor. Sarmiento y Adolfo Alsina, combinando así a las fuerzas del autonomismo y el liberalismo del Interior, fue otra de las fórmulas. Alsina, ya desde hacía tiempo, y haciendo gala de su experiencia política, había resignado su aspiración de ocupar el primer término y admitió ser consagrado presidente de la República en otra oportunidad.

El 12 de junio se reunieron los Colegios de Electores. Los de Buenos Aires y Jujuy -salvo algunos votos sueltos-, así como los de San Luis, Mendoza; San Juan y La Rioja, votaron por la fórmula Sarmiento-Adolfo Alsina. Los de Entre Ríos y Salta por el binomio Urquiza-Adolfo Alsina. Los de Catamarca y Santiago del Estero por los candidatos Elizalde-Paunero. El de Córdoba consagró los nombres de Sarmiento y Paunero. El de Santa Fe -excepto un voto- dio el triunfo a la fórmula Urquiza-Paunero, combinación totalmente imprevista.

En Corrientes, provincia que favorecía a Urquiza, no hubo elección, pues se hallaba perturbada por una grave crisis política interna. El colegio electoral de Tucumán -10 miembros- votó por la fórmula Elizalde-Paunero, pero las actas llegaron al Congreso nacional después de practicarse el escrutinio, de modo que esos votos no fueron computados. Rawson y Vélez Sarsfield obtuvieron algunos sufragios para Presidente de la Nación en el Colegio Electoral de Buenos Aires, en el cual Ocampo y Francisco de las Carreras reunieron también unos pocos votos para Vicepresidente. Alberdi consiguió alguno en Santa Fe para Vicepresidente; dos electores de La Rioja y uno de Jujuy no sufragaron.

La opinión pública comentó muy largamente esos resultados sobre todo porque la falta de elecciones de Corrientes y de las actas del Colegio Electoral de Tucumán, dio tema para opinar sobre la cantidad de votos que debían computarse a fin de establecer la mayoría absoluta exigida por la Constitución Nacional para proclamar al vencedor. Las ideas al respecto se dividieron entre los que opinaron que debía computarse la totalidad de los electores que debieron elegirse y los que consideraron que tenían que computarse solamente los votos emitidos en los Colegios Electorales y comunicados al Congreso Nacional. La discusión pública sobre esa cuestión tenía notable interés e importancia porque la mayoría absoluta variaría según se aplicara uno u otro de esos criterios. Finalmente, el problema quedó resuelto antes de la reunión del Congreso Nacional para efectuar el escrutinio definitivo, por las dos cámaras legislativas que discutieron y aprobaron una extensa Reglamentación de dicho acto en carácter permanente, para ésa y las siguientes ocasiones. En su texto se estableció que el Congreso Nacional fijaría en cada caso la mayoría absoluta calculándola sobre el total de los sufragios emitidos y válidos y no sobre el total de los electores que debieron elegirse o que debieron votar. Por otra parte se hacía uso de la prerrogativa contemplada en la ley 75 / 63.

SARMIENTO

EL REGRESO DE SARMIENTO Y SU CONSAGRACIÓN

Mientras tanto, Sarmiento arregló sus papeles para regresar al Plata. Pero faltaba algo, él sabía más que nadie el valor que, en la convivencia humana tenían las apariencias. A su prestigio de hombre público, afianzado por treinta años de escribir en la prensa y actuar en diversos escenarios, quería unir un título que le diera más autoridad, tal, por ejemplo, un título universitario de los célebres establecimientos educacionales americanos. “En los colegios aquí cumplimentan a algunos con el grado de Doctor [...]” le decía a su amiga Mary Mann en carta del 6 de abril de 1868. Si alguien “me hiciera un cumplido tal en leyes [...] no se imagina usted qué efecto produciría en mi país, donde se tiene en mucho todo lo de los Estados Unidos [...] Este título honorario, por venir de una universidad tan renombrada, acabaría por romper el arma de mis opositores; pues allá valdría más que el de ellos, mostrando que aquí soy tenido en algo por los hombres notables [...]” Aparentemente su amiga supo hacer algo en ese sentido: el 24 de junio Sarmiento tuvo la satisfacción de recibir de la Universidad de Michigan, el título de Doctor en Leyes Honoris Causa.

El 8 de julio comunicó al Secretario de Estado, Mr. Seward, que había resuelto retornar a su país y que mientras se nombre un nuevo Ministro, quedaría encargado de la Legación, el Secretario de la misma, Don Bartolomé Mitre y Vedia. El 23, torturado por las incógnitas de los comicios, se embarcaba en el “Merrimac”.

El 10 de agosto Sarmiento se encontraba ya próximo a Pernambuco, en ese día reflexionaba anotando en su Diario, dedicado a Aurelia Vélez (“Un viaje de Nueva York a Buenos Aires de 23 de julio al 29 de agosto de 1868”):

“Día 10 – Nada ocurre [...] Cada uno me da el parabien sobre las noticias traídas por el vapor, dando por seguro mi nombramiento.”

Por un momento tuvo la certeza de su triunfo y anotó:

“Seré, pues, Presidente. Hubiera deseado que mi pobre madre viviese para que se gozase en la exaltación de su Domingo. Pero me sucede lo que a los viajeros que han ido dejando como luces extinguidas sus afecciones en el largo camino. Como los generales, después de los gloriosos combates en que perecieron sus bravos compañeros; como el marino que salva del común naufragio, yo tengo un mundo fúnebre que quisiera evocar de la temprana tumba. El doctor Aberastain que de los primeros pasos de mi vida, creyó en mí como en un ser privilegiado. Belin, el impresor marido de mi hija, habría encontrado la recompensa de su laboriosa vida, a mi lado. Juan Godoy, Hilarión Moreno, Jacinto y Demetrio Peña eran mis cándidos admiradores. Perdí a Dominguito, cuando necesitaba de su aprobación, de su pluma, de su entusiasmo. El pobre Marcos Gómez, que tanto prometía; el pundonoroso Soriano, que se mata por temor a que yo lo juzgue mal. Todos míos sin egoísmos, míos por el corazón [...]”

Mientras Sarmiento empleaba sus días navegando para retornar al país, el panorama electoral se aclaraba: el 16 de agosto se reunió el Congreso Nacional y estableció que los sufragios a computar eran 131 y la mayoría absoluta alcanzaba a 66. Revisadas las actas resultó:

ELECCIONES A PRESIDENTE Y VICEPRESIDENTE. ELECTORES

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Sarmiento reunió 79 votos para Presidente de la Nación, Urquiza: 26, Elizalde: 22, Rawson: 3, y 1 Vélez Sarsfield. Adolfo Alsina sumó 82 para Vicepresidente, Paunero: 45, Ocampo: 2, y 1 Alberdi y de las Carreras. El Congreso de la Nación proclamó la fórmula Sarmiento-Adolfo Alsina, triunfó así el candidato que no contaba con las totales simpatías del Presidente de la República y que venció por la prescindencia oficial. Este gesto de Mitre fue un galardón más para su figura moral.

Elizalde en una carta del 16 de diciembre de 1867, le había dicho a Mitre en torno a la candidatura de Sarmiento: “Creo difícil que esta candidatura prevalezca.”

Cuando a mediados de agosto el vapor en que viajaba Sarmiento se detuvo en Bahía, recibió la más hermosa de las sorpresas:

En su Diario anotó:

“Día 17-[...] A bordo me aguarda el almirante de la escuadra norteamericana, que me cumplimenta por mi nombramiento, y cuando pasa el “Merrimac” delante del “Guerrior”, fragata de guerra, la gente que está en las vergas, la música entona Hail Columbia, el oid mortales yanquee y veintiún cañonazos me desean feliz viaje. Es, pues, en estas latitudes, hecho consumado, incuestionable, reconocido por todas las naciones que soy presidente de la República Argentina.”

La Asamblea Legislativa acababa de proclamarlo Presidente. En Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador Pedro II y en la capital brasileña se embarcó en el buque francés "Aunis" rumbo al Río de la Plata. A su paso por Montevideo fueron a esperarlo Mansilla y el General Arredondo, el primero “para enterarlo de todos los incidentes del drama electoral”. Llegó a Buenos Aires el 30 de agosto en medio del júbilo de sus partidarios.

Mansilla, Coronel con 37 años, tenía con relación a Sarmiento grandes esperanzas: confiaba en reincorporarse al Ejército de manera brillante o iniciarse en la vida política. Nuevos ascensos o un ministerio estaba en sus miras. Desafortunadamente tales expectativas no se concretaron. Augusto Belin Sarmiento refería que una noche, mientras el Presidente electo preparaba el discurso de recepción, sonaron fuertes aldabonazos en la puerta de su casa. Salió Sarmiento al balcón con una palmatoria en la mano. Mansilla iba a proponerle una combinación ministerial. Sarmiento le dijo que se había encerrado a trabajar, que no tenía siquiera la llave de la puerta de calle; y alcanzándole una cuerda, le pidió que atara a ella la lista de marras. Sarmiento procedió a leerla a la luz de un candil, algunos nombres no le disgustaron pero cuando llegó al mismo Mansilla que se proponía en Guerra y Marina exclamó: “¡Usted ministro! Hombre, necesitaré un ministerio muy sesudo para morigerarme a mí mismo. Nos tildan de locos; a usted menos que a mí, tal vez, por no haber adquirido méritos para ello todavía. Juntos seremos inaguantables [...]”

A Mansilla sin duda le afectó el gesto de Sarmiento y años después escribió estas palabras: “Él amaba la civilización y era bárbaro en sus polémicas de sectario intransigente. Él amaba la educación y era inculto, a pesar de sus viajes, de su roce con las gentes, conservando siempre y en todo, la aspereza de las breñas sanjuaninas, de donde salió. Sus lecturas parecen que hubieran sido muchas; nada de eso. Sarmiento sólo era un adivino de epígrafes, un sonámbulo lúcido, de soluciones finales, así se explica su “Argirópolis”. Escribía lo mismo que pensaba y que leía, “a bâtons rompus” [...] sin ser estilista tenía un estilo personalísimo.” Y cuando Sarmiento le escribió para obtener algún dato más sobre su hijo, en oportunidad en que redactaba por segunda vez “La vida de Dominguito”, porque la primera versión la extravió entre su desorden de papeles y luego la halló su nieto, Mansilla en carta del 9 de junio de 1886, contestó con reparos para no “infringir la regla de conducta que me acabo de referir”. Y también con ciertas generalidades y hasta inexactitudes aunque con alabanzas para Dominguito. Sarmiento la incluyó en el libro.

Mientras tanto el entrañable amigo de Sarmiento “Pepe” Posse, recuperado de su depresión y entusiasmado por el triunfo electoral, le escribió a Sarmiento para que rectificara algunas de sus actitudes, especialmente aquella de ubicarse siempre en el primer lugar en el diálogo y en los escritos y también sobre la necesidad de difundir su creencia en Dios.

“Tucumán Sbre 20 1868.

Mi querido Sarmiento

“[...] He leído algunos de tus discursos con todo el aire yankee que has traído ¿Te daré un consejo? Si te lo daré: evita cuando puedas toda referencia a tu persona para no dar ocasión a tus adversarios a que te calienten los oídos con aquella marimba de Don Yo que tantas veces te han hecho sonar [...] En una de mis cartas anteriores te avisé de los trabajos que en daño tuyo habían puesto tus enemigos presentándote como hereje, barbaridad que hacían penetrar en los conventos. Insisto en que debes, en alguna ocasión solemne, hacer saber que crees en Dios [...]”

Tu afmo amigo.

Posse.”

Era evidente en Sarmiento la fascinación que había suscitado el país del Norte, desde 1847 en que viajó por primera vez, Posse se lo hizo notar en su carta. En sus años en los Estados Unidos recorrió, observó las costumbres, estudió las instituciones, se relacionó con gente importante, sobre todo en el mundillo de la educación, y con sus escritos se hizo políticamente más visible. Tuvo la suerte de vincularse con Mary Mann, el “ángel tutelar”, el “hada buena”, de esos años: le abrió puertas, lo tradujo, redactó su biografía. Le escribió ni bien llegó a Buenos Aires al “ángel viejo”, como también la llamaba:

“Buenos Aires, setiembre 2/868.

Mi estimada amiga:

Tengo al fin el placer de escribirle desde Buenos Aires, y después de pasadas las primeras impresiones de mi arribo, proclamado ya Presidente por el Congreso según lo veía Vd. En los diarios. Mi llegada fue una ovación en el muelle, y dio lugar a otra en mi casa al día siguiente por las escuelas [...] Mañana voy a las islas del Paraná donde me aguardan los habitantes en número de ocho o diez mil que ya hay en ellas, y el 1ro. de octubre iré a Chivilcoy, cuya Municipalidad me vino a felicitar e invitarme a ver mi obra. El 12 de octubre me recibo del Gobierno, y desde entonces principiará la obra de dar instituciones o hacer prácticas las que existen, aplicando los conocimientos que he adquirido en los EE. UU. [...]

Le escribiré siempre, para que conserve fresca la memoria de su affmo.

Amigo. D. F. Sarmiento.

En realidad el último y más legítimo saldo del viaje de Sarmiento a los Estados Unidos fue –precisamente- su propia candidatura a la presidencia. Balance final de ese itinerario empezado en 1847 y que sobre el 68 se fue clausurando: “Que yo sea presidente al estilo norteamericano.” En esa democracia, en efecto, Sarmiento advirtió un punto de partida, la presencia activa de la libertad política y el gesto colectivo, diariamente repetido como principio fundacional, de la asociación voluntaria: “La aldea norteamericana es ya todo el Estado, en su gobierno civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su censo, su espíritu y su apariencia”; de allí, la legitimidad de origen remontada “por el condado, el territorio, el Estado hasta el Presidente y el Congreso”; de allí, en fin, arrancaba la legitimidad de ejercicio.

Entre otros compromisos que fue asumiendo Sarmiento, se sumó el del 29 de setiembre, fecha en que la Logia masónica Constancia presidida por José Roque Pérez, ofreció al Presidente electo un banquete, las llamadas “tenidas”, en el templo de la calle Cangallo. Mitre, en esa oportunidad, se refirió a su sucesor en la Presidencia, definiéndolo como un pobre hombre e incluyéndose él en el calificativo, instrumentos ambos que tomaba la Providencia para hacer el bien. Sarmiento por su parte, declaró ante sus contertulios, a boca de jarro, lo siguiente: “Llamado por el voto de los pueblos a desempeñar la primera magistratura de una República que es por mayoría del culto católico -decía de pie y con acento firme-, necesito tranquilizar a los timoratos que ven en esta institución una amenaza a las creencias religiosas. Si la masonería ha sido instituida para destruir el culto católico, desde ahora declaro que no soy masón”. En seguida, antes que los hermanos masones recobrasen el aliento, escucharon de sus labios, con sorpresa sin igual, otra definición: “Desde este instante quedo desligado de todo compromiso masónico, porque al entrar al desempeño de la primera magistratura he jurado obediencia a la Constitución Nacional, y no le es permitido al Presidente reconocer compromiso alguno fuera de aquélla.”

En esos días Sarmiento continuó recibiendo a partidarios y siguió pronunciando discursos, incluso en Chivilcoy, el 3 de octubre, el pueblo motivo de una exitosa experiencia producto de su iniciativa en 1854. El sanjuanino había recorrido esa zona con la expedición de Urquiza en 1852, y se propuso lograr que aquellos colonos, la mayoría extranjeros, fueran dueños de la tierra que trabajaban. Ésta pertenecía a enfiteutas favorecidos por Rosas, que se habían hecho dueños de todas las parcelas sembradas por los colonos.

“Heme aquí, pues, en Chivilcoy, la Pampa como puede ser ella en diez años; he aquí el gaucho argentino de ayer, con casa en que vivir, con un pedazo de tierra para hacerle producir alimentos para su familia; he aquí al extranjero ya domiciliado más dueño del territorio que el mismo habitante del país, porque si éste es pobre es porque anda vago de profesión, si es rico vive en la ciudad de Buenos Aires [...]”

La experiencia era su modelo para volver a repetirla en el resto del país. Había dicho en su momento, en ocasión de la Iglesia Nueva de ese pueblo en 1857:

“[...] Como Chivilcoy será bien pronto todo el Estado de Buenos Aires; y como el Estado de Buenos Aires, no tardará la República Argentina y la América toda [...] Con tierras y brazos podemos nosotros llegar a la altura de los Estados Unidos, y ya vamos en camino.”

Algunos conceptos expresados por el sanjuanino en esos días de euforia, suscitaron la burla de la prensa y la posterior reacción enérgica del Presidente electo.

El 4 de octubre “La Nación Argentina” resolvió impactarlo con artillería pesada; fue en el editorial “El primer disparo” denunciando lo siguiente: Sarmiento “ha sostenido en Chile, contra su patria, los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarla de su territorio.”El artículo encendió la polémica, “El Nacional” no sabía como justificarlo; a los días el diario de Gutiérrez, presentaba la prueba con el título “El cuerpo del delito” reproduciendo el artículo publicado por Sarmiento en “La Crónica”, en Chile, el 4 de mayo de 1849. La prueba fue concluyente. “El Nacional” alegó que en Sarmiento, lo del Estrecho de Magallanes, había sido un recurso para atacar a Rosas.

Pero el artículo de “La Nación Argentina” no terminaba ahí, dejó entrever que las elecciones no habían sido legales y a la vez se definían como magnánimos con Sarmiento durante la campaña:

“El primer disparo.

Antes de la elección de Sarmiento hemos hecho honor a su inteligencia, a los servicios, y a su patriotismo, fijando los ojos en sus calidades y señalando apenas sus defectos como administrador, sin atacarlo como argentino, ni como patriota, ni como hombre político. Elegido después por el Congreso, hemos cerrado los ojos a las ilegalidades de la elección: hemos declarado que, si no defendíamos su política, defenderíamos su autoridad si ella fuese atacada.”

El mismo diario publicó con fecha 10 de octubre, casi en vísperas de la asunción de Sarmiento, un artículo que reprodujo de “El Nacional”:

“Sarmiento en la Prensa.

Mientras tanto: ¿quiénes son los que se oponen al Presidente como representantes del Partido Liberal? El General Mitre cuando el Sr. Sarmiento tomaba las armas en 1829 contra Jacinto Quiroga, el General Mitre tenía ocho años de edad. Cuando Mitre era mayor en el sitio de Montevideo, Sarmiento era una de las grandes figuras de la resistencia al Tirano. Diez años de trabajos en Chile, el Facundo, La Crónica, Sud América, le habían colocado en oposición a que sólo alcanzó el General con el auxilio del poder muchos años después; y durante el resto de su vida el Sr. Sarmiento ha tenido más parte que el General Mitre en formular las ideas del Partido Liberal, en las cámaras, en la prensa, en las convenciones, el General Mitre no puede disputarle este terreno.”

De la misma fecha fue la carta que Mitre le envió a Sarmiento para recordarle, entre otras cosas, lo de la renuncia:

“Estimado amigo:

Próximo a entregar mi puesto, me ocupo de arreglar las cuentas pendientes que con él se relacionan.

Habiendo nombrado a Ud. Ministro del Interior durante mi presidencia, le recuerdo que debe al Presidente de la República una renuncia que en todo tiempo se echará de menos en los archivos del Gobierno Nacional.

La renuncia que Ud. dirigió oficialmente le fue devuelta por mí en una carta amistosa y confidencial de fecha 11 de junio de este año, pidiéndole la reformara en términos dignos y honrosos para ambos, y dándole las razones de mi devolución en esa forma.

Posteriormente a esa carta, su renuncia, tal cual la había enviado antes, fue publicada en los diarios de esta ciudad por copia suministrada por Ud. a un señor Varela a quien creo trató Ud. en los Estados Unidos.

Si hubiese conservado el original de su renuncia, le habría dado curso en aquella ocasión; pero habiéndoselo devuelto a Ud., he estado esperando que Ud., me lo enviase de nuevo para poder hacerlo.

Después de la publicación a que me refiero, no insisto en que Ud. la reforme [...]”

Agregaba Mitre en la misma carta:

“Si Ud. no tuviese tiempo para enviarla hoy (último día hábil de mi administración) espero que se sirva entregarla más adelante a su futuro Ministro del Interior para que la archive como corresponda, de modo que no quede el mal precedente de un ministro nombrado que no contesta al Jefe de Estado para aceptar o declinar el nombramiento [...]

El 12 de octubre, día de la asunción, Mitre se despidió magníficamente del pueblo argentino, con notables muestras de humildad y ánimo conciliador.

“Ciudadanos:

Próximo a resignar en este día el mando supremo de que fui investido por vuestra libre, unánime y espontánea voluntad, y que he ejercido por el espacio de siete años, ya como Encargado del Poder Ejecutivo Nacional, ya como Presidente Constitucional de la República, os debo en esta ocasión mi última palabra de despedida como gobernante, y la expresión de mi profunda y eterna gratitud por los favores que me habéis dispensado, y principalmente por la eficaz cooperación prestada durante la larga y laboriosa administración de vuestros intereses [...] Como os lo he manifestado ya otra vez que sabréis disculpar los involuntarios errores en que como hombre haya podido incurrir, en honor a las grandes y fecundas conquistas que hemos hecho durante este período, persiguiendo fines nobles a que hemos llegado por medios dignos y patrióticos [...] Aquel caos y aquella disolución política de que hablaba el Congreso de 1862 cuando los pueblos me confiaron su reorganización, es hoy la Nación Argentina, reunida y mantenida por la primera vez en toda su integridad bajo el imperio de una sola ley; es un hecho y un derecho que nada ni nadie podrá destruir [...] El país queda en paz en el Interior y triunfante en el exterior [...] La elección del que debe sucederme en el mando se ha hecho en paz y en libertad; los representantes del pueblo han puesto sello legal a esa elección, y el poder va a transmitirse por primera vez en nuestra Patria en toda su integridad política y territorial, en toda la plenitud de sus facultades materiales y constitucionales, presidiendo a la transmisión del mando, la paz y la libertad presidido a la elección del nuevo Presidente [...] El Presidente de la República que ha sido elegido por vuestro sufragio soberano para sucederme en el mando, tiene de su parte la fuerza de la ley, cuenta con vuestro apoyo y necesita de la confianza y de la buena voluntad de todos para obrar el bien y llevar a buen término la ardua y penosa tarea que está encomendada a todo gobernante en un pueblo libre. Os pido para él la cooperación eficaz y la fuerza de opinión que me habéis prestado para gobernar con la ley en mano, y más aún, si posible es, para que su labor sea más fecunda y las bendiciones del cielo coronen sus nobles y patrióticos trabajos, mereciendo por ellos el amor y el respeto de sus conciudadanos, cuando le toque a su vez devolveros el depósito sagrado de la autoridad suprema que en vuestro nombre y en vuestro interés voy a poner en sus manos fieles y amigas [...]”

Un día después de la ceremonia oficial de asunción de Sarmiento, “La Nación Argentina” comentó:

“Buenos Aires, octubre 13 de 1868.

Sarmiento Presidente.

Su recepción. Episodios de ayer.

Ovación espléndida al General Mitre. Discursos

El Presidente de la República, Brigadier General D. Bartolomé Mitre, entregó ayer el mando supremo al Teniente Coronel, Doctor D. Domingo F. Sarmiento. Es necesario establecer bien este hecho, porque si una persona que no lo conociera de antemano, hubiera llegado ayer a Buenos Aires y presenciado las manifestaciones que tuvieron lugar, creería, y con motivo, que era el Presidente Mitre el que subía al Gobierno levantado, por el entusiasmo de un pueblo, y que el Sr. Sarmiento se iba a su casa acompañado de dos o tres amigos. A las doce el Presidente Mitre se dirigió al Despacho de Gobierno, con escolta de parada que formó por excepción para hacer los honores al Sr. Sarmiento y que el General Mitre no ha llevado nunca. El General Mitre iba solo, en un carruaje particular, bastante pobre. Al llegar a la Casa de Gobierno le fue difícil entrar. Había allí tanta gente cuanto podía contener el edificio, y que permaneció en él aún durante la sesión del Congreso. Allí quedó esperando. Entretanto instalado el Congreso, fue introducido el Sr. Sarmiento Presidente y Sr. Alsina Vice, a prestar el juramento de ley a fin de que pudiesen tomar posesión el uno del bastón y el otro de la campanilla. El Sr. Sarmiento leyó bastante mal el largo discurso que publicamos en otro lugar y que comentaremos a su tiempo [...]”

En el mismo artículo, en otro lugar, se hacía referencia a un párrafo de Sarmiento que causó algún disgusto entre los seguidores de Mitre:

“[...] su bendición se hará por fin sentir sobre esta parte de la tierra, que parece abandonada desde tan largos años a las consecuencias inevitables de los errores que extravían la marcha de los pueblos y de los gobiernos.”

A lo que el articulista sin identificarse agregaba:

“Palabras pretensiosas y mezquinas, que abren un período gubernativo con injusta recriminación y que contrasta con los conceptos benévolos y elevados de la Proclama del General Mitre. Cuando Sarmiento leyó este párrafo se sintió un murmullo significativo en la barra. Sarmiento dejó de leer entonces y gritó: ¡Cállense!”

La referencia que hacía el articulista a que “el Presidente Mitre se dirigió al Despacho de Gobierno, con escolta de parada que formó por excepción para hacer los honores al Sr. Sarmiento y que el General Mitre no ha llevado nunca”, era bien cierta y respondía al temperamento de Mitre, sencillo por naturaleza. En la oportunidad decidió halagar a Sarmiento; pero éste, ya en la Presidencia, haría seguida ostentación de estos elemen

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