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La disolución de la Unión Soviética

Desde su asunción como secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la URSS en 1985, y mucho más cuando agregó a ese título el de jefe de Estado de la URSS en 1988, Mikhail Gorbachev (o Mijail Gorbachov, como se prefiera) mantuvo un difícil equilibrio: por un lado presionó por cambios inusitados en la política exterior y por reformas económicas y sociales, y a su vez trataba de contener a los miembros del Partido que se resistían a dichos cambios y trataba de mantener a raya a las repúblicas "separatistas" de la URSS. Él inició el camino del final. O del comienzo, según como se mire

Su ministro de Asuntos Exteriores, Eduard Shevardnadze, anunció en 1989 en un discurso ante el Soviet Supremo el cambio de dirección de la política exterior soviética y declaró que las naciones del bloque soviético “tenían plena libertad” para elegir sus propios gobiernos.

El Pacto de Varsovia había sido disuelto y las semillas de algo parecido a la democracia estaban sembradas. En 1990 los soviéticos empezaron a reducir sus fuerzas armadas y a retirarlas poco a poco de Europa oriental, y estas acciones ayudaron a convencer a Occidente acerca de la “sinceridad” de Gorbachov. La amenaza latente de que la URSS “subiera la apuesta” en la escalada de la amenaza armamentista se disipaba, al mismo tiempo que la OTAN declaraba el fin de la Guerra Fría.

Gorbachov y su ministro Shevardnadze (fundadores de la Perestroika) se mantuvieron unidos en la lucha política. Shevarnadze, georgiano, nexo entre Gorbachov y los dinosaurios, fue una pieza esencial para lograr ayuda internacional para una economía que se hundía, y la situación se volvió crítica: el fracaso económico, la comida que comenzaba a escasear, las concesiones a Europa oriental y el abandono de la ortodoxia ideológica hizo que los “pesos pesados” del Partido comenzaran a pensar en una revolución. Contra Gorbachov, claro.

En enero de 1990, Gorbachov envió unos 11.000 soldados a Azerbaiján para sofocar un alzamiento separatista. Esto ilustraba la paradoja que se le presentaba a Gorbachov: para continuar con sus reformas era imprescindible que mantuviera su cargo, mientras que la vieja guardia del Partido prefería expulsarlo antes que permitir que el “imperio soviético” se desintegrara. Y Gorbachov tenía que mirar hacia los dos lados. Opuestos, ambos.

A fines de 1990, la perspectiva cierta de una tendencia derechista creciente llevaron al escepticismo a Shevardnadze, quien renunció, dejando a su amigo Gorbachov solo de allí en adelante.

En agosto de 1991, los miembros conservadores del Partido Comunista intentaron “expulsar” al presidente Mijail Gorbachov. Lo que se dice un golpe de Estado, ni más ni menos (pasa en las mejores familias). El objetivo de los golpistas era, obviamente, volver a establecer la supremacía del Partido Comunista y evitar que la URSS se fragmentara.

Pero el golpe, esta vez, fracasó. En Moscú, decenas de miles de personas, lideradas por el presidente de la república rusa, Boris Yeltsin, salieron a la calle a oponerse a lo que veían como un retroceso ante los cambios que “occidentalizarían” su manera de vivir. Colocaron barricadas ante el Parlamento pero las fuerzas del ejército no les dispararon ni una bala. Los golpistas (los dirigentes del partido que Gorbachov había intentado neutralizar) justificaron sus acciones aduciendo que se trataba de un intento de establecer un nuevo liderazgo que fuera capaz de “salvar de la pobreza al país” (la historia de siempre del huevo y la gallina), aunque parece claro que sus verdaderas razones eran menos honorables (¿cambiar para que nada cambie...?).

Gorbachov había firmado el tratado denominado START con EEUU, en el que la URSS se comprometía a reducir su armamento nuclear en un 25%, y estaba a punto de firmar otro tratado en el que concedería un grado sin precedentes de soberanía a quince repúblicas soviéticas. Ante esto, algunos miembros de la “vieja guardia” del Partido se rebelaron, pero no tenían todo el consenso necesario, menos aún el de las repúblicas satélites.

Así fue como solo tres días y medio después de retener a Gorbachov en Crimea, el presidente de la URSS volvió a Moscú. Y regresó a una ciudad totalmente cambiada. Los bustos de Lenin estaban tirados por las calles, y en las puertas del edificio de la KGB los manifestantes habían derribado la estatua del fundador de dicha policía secreta, Felix Dzerzhinsky. Aunque Gorbachov seguía oficial y formalmente en el cargo, el poder real estaba cada vez más en las manos de Boris Yeltsin, el presidente ruso. Presionado por Yeltsin (que de zonzo no tenía un pelo: “mirá si me voy a perder esta”), Gorbachov disolvió el Partido Comunista y concedió la ansiada y prometida libertad política a las repúblicas soviéticas. Hacia el final de diciembre de 1991, Gorbachov renunció, finalmente, a un “país” (la URSS) que, en realidad, ya no existía.

Pero lo que siguió no fue sencillo (nada más lejos de ello): en las repúblicas del sur de la ex URSS estalló la guerra civil; en Moldavia, en Georgia, en Armenia, en Azerbaiján, en Tayikistán y hasta la frontera con Afganistán, se despertaron (y cómo) enemistades étnicas contenidas hasta entonces. La URSS se había desintegrado, pero la tarea de imponer algún tipo de orden todavía residía en Rusia, que era el país dominante, y que además tenía sus propios problemas. Y Yeltsin, el presidente ruso, tenía que definir qué papel jugaría su país en este nuevo escenario.

Desde la época de Stalin, para asegurar una hegemonía centralizada en Moscú, la forma de mantener sometidas y tranquilas a las repúblicas satélites era respetar de cada una su predominio étnico pero equilibrarlo con una minoría significativa (o sea, no “tan” minoría) rusa. Para eso se promovió la emigración de rusos a territorios lejanos. Eso fue exitoso mientras existía “mamá URSS”, pero ahora las cosas eran diferentes. Y cada república tenía sus propios conflictos (Osetia del Sur, Chechenia, las zonas musulmanas, Georgia, etc). Yeltsin se declaraba oficialmente neutral y pacificador, pero dada la historia imperialista de Rusia, las “nuevas” repúblicas se mostraban escépticas al respecto. Y la forma que encontró Yeltsin de ir emparchando las distintas regiones cada vez más calientes fue enviar tropas rusas a cada lugar donde hubiera conflicto, que no eran pocos. Además, eran muchos los que consideraban que Yeltsin, inmerso en una nueva lucha de poder contra los comunistas (remanentes pero aún influyentes) carecía de la autoridad suficiente como para evitar que el ejército ruso interviniera. Es decir, consideraban que a las tropas (que tampoco es que resolvían muchos problemas, y menos aún de la mejor manera) las mandaban “los comunistas” en represalia por... haber apoyado la disolución de la URSS.

Era el fin de la URSS, pero el comienzo de un largo camino.

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