Edward Vernon | Blas de Lezo | Gran Bretaña

La derrota Inglesa

Cuando amaneció se vio la cantidad de casacas rojas tiradas por el suelo, muertos o heridos sin posibilidad de valerse por sí mismos. Para colmo, cuando las fuerzas británicas tocaron retirada, un alud de españoles surgió de las trincheras para perseguirlos. El coronel Desnaux tuvo el tino de abrir las puertas del fuerte y sus defensores se lanzaron furiosos, con las bayonetas caladas, contra los agresores.

La retirada de éstos, ordenada al principio, se transformó en huida despavorida cuando salieron los soldados del San Felipe de Barajas y la reserva de Wentworth resultó impotente para apaciguarlos en su fuga. Ahora competían entre los metropolitanos, los coloniales y los sobrevivientes jamaiquinos en su carrera aterrada por alcanzar los buques, mientras quien serezagara era despiadadamente acuchillado por los defensores. Por supuesto, de la competencia participaba la columna del propio Wentworth, que también había entrado en pánico e, impotente para organizar la retirada, se sumó al descalabro.

–Resumen: a partir del 18 de abril la suerte de los ingleses cambió brutalmente. Al rechazo en La Boquilla debieron sumar la estrepitosa derrota en la toma del San Felipe de Barajas, la distancia que tomaron los navíos de Vernon y las desavenencias entre éste y su general de infantería, Wentworth.

Como siempre pasa cuando alguien gana y otro es contrastado, la cara opuesta al almirante Blas Lezo era Edward Vernon. Perdió la flemática compostura británica cuando, confiado en las noticias favorables que hasta la víspera había recibido, vio llegar con su catalejo los restos de su ejército diezmado, corriendo desesperado por alcanzar los botes. También observó alarmado, cuando detrás de los suyos, venían a la carrera, a bayoneta calada, con ferocidad, españoles y criollos dando caza a los rezagados.

Vernon ni siquiera disponía de soldados suficientes como para ordenar una salida y escudar a los que huían de los defensores buscando el refugio de las lanchas de la flota. Los pocos que había reservado se encontraban enfermos, afectados por una epidemia tropical que parecía ensañada con sus hombres.

Con todo, alcanzó a formar una compañía de fusileros que hizo apostar en las bombardas, con orden de disparar a los españoles e, indirectamente, proteger a los suyos.

Vio también, con angustia, que eran muy pocos los soldados que regresaban. No quería pensar que el suelo próximo a Cartagena estuviera sembrado de cadáveres luciendo su uniforme y optó por engañarse a sí mismo: eligió imaginar que habían sido hechos prisioneros por los soldados que defendían San Felipe de Barajas.

El orgulloso ejército inglés –y sobre todo su flota– habían sido ignominiosamente vencidos en Cartagena de Indias. A pesar de la enorme diferencia de medios –diez veces en hombres, treinta y una en embarcaciones a favor de Gran Bretaña– el bochorno había acompañado la aventura inglesa. España podía dormir tranquila, al menos por algunos decenios más.

Pasó revista al personal que restaba de sus treinta mil efectivos iniciales. El número de sobrevivientes le hizo correr frío por la espalda; más de nueve mil hombres habían quedado en las islas y fortalezas que protegían Cartagena; la mayoría muertos y algunos prisioneros. Como si a esa larga hilera de infortunios le faltara un dato, llegó a los cartageneros la información de que una cruel epidemia tropical hacía estragos en las filas inglesas. Ya ni tripulación disponible para conducir los navíos había quedado en pie; Vernon no tendría más remedio que incendiar y hundir algunos buques como si llevaran un cargamento de asbestos.

Pero debía obrar con rapidez: no porque fuera previsible un ataque por mar de los cartageneros, sino porque lo único que le hacía falta era que el almirante Torres apareciera con su armada desde Cuba y terminara hundiéndolos. Ya vería como vengarse de ese condenado Lezo.

La armada de Gran Bretaña, que había interrumpido el pasar bucólico de la ciudad-puerto tapando el horizonte con el velamen de sus embarcaciones, se marchaba humillada y vencida. Su soberbio comandante, cuya engolada voz había cubierto de sonoridad el Almirantazgo, debía ahora pensar en su propia redención.

De cualquier manera, mientras durara la guerra contra España, la superioridad no tomaría ninguna medida sancionatoria contra el marino, a quien, previsoramente se lo privaría del mando activo.

La noticia de la derrota de los ingleses en San Felipe llegó inmediatamente a Cartagena, cuyos habitantes se volcaron a las calles a festejar la victoria. Una población, que había sido sojuzgada en el pasado por piratas e invasores y vivido en el último tiempo con la angustia de encontrarse sometida a Gran Bretaña, con lógica dio rienda suelta a su alegría.

La flota inglesa, que con majestuosa solemnidad llegara el 13 de marzo de 1741 hasta las costas atlánticas del virreinato del Perú (Nueva Granada), para quebrar el dominio de España tomándole Cartagena de Indias, se marchó, diezmada y abollada el 20 de mayo.

Un almirante español, con el cuerpo menguado en distintos combates, venció, con medios tan reducidos como su físico, a una flota compuesta por un número de buques tan elevado como elevada era la petulancia de su comandante. Solo cuando de la armada enemiga se alcanzaron a ver algunas velas en el horizonte, Cartagena pudo respirar. Sin embargo, hasta el día de su muerte

Blas de Lezo, sin una pierna, con la visión de un ojo perdida, y la inutilidad de su mano izquierda, cuidó de ella; como el viejo castellano don Sancho Gimeno, podría haber dicho que “no le andaba entregar al adversario, lo que no era de él sino de España”.

En eso tenía razón el almirante Vernon cuando, antes de soltar velas con destino a Jamaica, abandonara la tradicional flema y con la furia de un peninsular escupiera el mar, agitara el brazo en señal de amenaza, y dando la exacta imagen de la derrota, gritara:

–¡Maldito seas, Lezo!

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