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La cuna de la civilización

Esta batalla naval, que marcó el fin de la dependencia turca de Grecia, contó con la presencia de un oficial británico de largo trayecto en las guerras de independencia de Chile, Perú y también Brasil: el almirante Thomas Cochrane.

Mientras esto acontecía en el Uruguay, en Chile, Freire se hacía del poder, O’Higgins debió permanecer en prisión domiciliaria y, más tarde, se dirigió a Perú para ofrecer sus servicios a Bolívar, a fin de terminar la guerra contra España. Este, al igual que había hecho con San Martín, rechazó su propuesta. El caraqueño era poco propenso a compartir el poder, de allí que O’Higgins pasó los siguientes veinte años en la hacienda que San Martín le concedió durante su Protectorado. Allí transcurrió sus días hasta que, en 1842, las autoridades chilenas le permitieron retornar a Santiago. Lamentablemente, murió antes de ver la patria que había asistido a liberar.

Freire tampoco fue capaz de imponer el orden en Chile y, diez años más tarde, el conservador Diego Portales logró la sanción de una constitución centralista. Obviamente, el caos en ese país no asistió a los negocios de Lord Cochrane. El nuevo gobierno desconoció el compromiso de O’Higgins de comprar el Rising Star, que terminó siendo vendido, casi desguazado, por $10.000.

El auditor general Correa de Sa, un hombre perseverante, le solicitó al escocés una nueva revisión de las cuentas de la campaña del Perú. Como recibió esta nota mientras bloqueaba el puerto de Salvador de Bahía, no disponía del tiempo para revisar tantos eventos del pasado y expresó su intención de no colaborar con la auditoría e insistir en el reclamo de la cifra que había presentado.

El emprendimiento de acuñar monedas de cobre que le había encomendado a Miers había sido un fracaso y la finca de Quinteros había sufrido una terrible sequía que la llevó a la quiebra.

Por su parte, el secretario Dean había emprendido actividades ilegales, como contrabando y estafa, invocando el nombre del almirante. Al final, los desmanes fueron tales que obligaron a la expulsión del inglés del país trasandino. Sin embargo, Dean no dudó en volver a colaborar con el almirante y este accedió a contratarlo, a pesar de que Miers le había advertido de la inconducta de este asistente de escasos escrúpulos. El asunto, obviamente, terminó mal y Dean le reclamaría judicialmente al escocés £14.700.

Después de su espectacular (pero no tan remunerativa) campaña en Brasil, y su auspiciosa recepción en Inglaterra, Cochrane aún se sentía con fuerzas para acometer otra campaña libertadora. Y esta vez no era un tema menor, ni un país semisalvaje de América latina: era la cuna de la civilización de Occidente.

Las conquistas turcas no respetaban a la población local ni las reliquias de la cultura helénica. Los habitantes griegos eran muertos o esclavizados y sus templos, destruidos. Europa contemplaba horrorizada las barbaridades que se cometían en este lugar, considerado la cuna de la civilización.

Lord Byron, otro aristócrata de ideas liberales, decidió dejar Italia para asistir a los griegos en su esfuerzo bélico (quizás algún marido celoso también había acelerado la toma de esta decisión).

Lo cierto es que nada quedaba del espíritu espartano y el poeta inglés murió sin concretar la defensa del ideario clásico por la desorganización de los mismos griegos. Esta sería la misma experiencia de Lord Cochrane… El nuevo almirante de la Marina griega pensaba que, con sus nuevos barcos de vapor, borraría del mapa a los turcos. Pronto se percató de que se había embarcado en una campaña mucho más difícil de lo que él creía. Las naves fueron entregadas a destiempo y resultaron defectuosas y caras. Sin embargo, lo peor del caso eran las tripulaciones griegas, proclives a no obedecer órdenes y a actuar según su parecer, lo que incluía incurrir en actos de lesa humanidad cada vez que tenían la oportunidad de matar a un prisionero turco. Esto tenía espantado al mismo Cochrane quien a esta altura de su vida pensaba que había visto todo.

La situación era caótica y los griegos asistían a multiplicar el desorden con su natural indisciplina. Cuando finalmente Grecia pudo acceder a la independencia, la injerencia del almirante había estado lejos de las expectativas que él mismo tenía. La destrucción de la flota turca en la batalla de Navarino se había logrado gracias a la acción combinada de la flota inglesa, rusa y francesa, sin que el desempeño del escocés haya sido brillante. Igual supo usufructuar del prestigio que le otorgó esta victoria y del éxito económico que le aparejó1

El desarrollo de la contienda le había hecho comprender a Lord Thomas que los tiempos habían cambiado y que la guerra en el mar ya no dependía de vientos y corrientes.

En 1830, sus amigos whig se habían hecho del poder y Cochrane vio la oportunidad de volver a Inglaterra con Kitty y sus hijos. Quería limpiar su nombre del enojoso episodio de la Bolsa de Londres, volver a la Marina británica reconocido como almirante y lograr la restitución de la orden de Bath. Por más ambiciosas que fueran sus pretensiones, finalmente las logró.

1- Por su acción como almirante, cobró £36.000. También, especuló con los bonos griegos que se emitieron para sostener esta guerra y estos resultaron ser la mejor inversión de su vida. ¿Era lícito que el almirante de la flota griega comprase dichos bonos? Pues fue una especulación que podría haber terminado en un desastre...

TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO El general y el almirante: Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane, de Omar López Mato (OLMO EDICIONES)

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