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La corrupción y los negocios de la Patria naciente

En estos días donde el espíritu patrio remueve inquietudes históricas, muchos se preguntarán por el origen de algunas "costumbres" que no tienen que ver con el locro o el folklore, sino más bien con modos de actuar y de ser, parte de esa personalidad que nos constituye como argentinos.

Algunos personajes de la historia nos acercan respuestas para esta pregunta. Juan Larrea fue un comerciante de origen catalán, que a los 28 años contaba con una importante fortuna personal. En la Ciudad Buenos Aires, capital del virreinato y del contrabando, incrementó su patrimonio por prácticas que no siempre eran lícitas. ¿Podemos decir que fue por esas épocas el comienzo de un estilo de negocio que perdura hasta hoy?

Juan Larrea fue uno de los fundadores del Regimiento Voluntarios de Cataluña, de lucida actuación durante las invasiones inglesas. Terminado el conflicto, adhirió a las ideas de Álzaga quien promovía un nuevo vínculo con la metrópolis.

Las guerras napoleónicas habían cambiado las relaciones comerciales con España, que había perdido el dominio de los mares a manos de Inglaterra. El fracaso del golpe, dirigido por Álzaga en 1809, obligó a la destitución de Larrea como Sindico del Consulado, y sufrió el primer destierro de los muchos que jalonaron su existencia. Convencido de la necesidad de una nueva estructura económica, Larrea adhirió a la sociedad secreta en la que militaban personajes como Belgrano, Castelli y Rodríguez Peña.

Reunidos en la jabonería de Vieytes, los integrantes de la logia barajaban distintas opciones de organización, que iban desde el Carlotismo (la posibilidad menos traumática), a la independencia absoluta. Si bien Larrea no asistió al Cabildo del 22 de mayo, figuró entre los nominados a la Primera Junta, por la influencia de Álzaga quien logró ubicar a Moreno -su abogado- como secretario, y a Larrea y Matheu entre los miembros de la Junta, a pesar de ser españoles.

Larrea se convirtió así en el consejero económico de Moreno, a cuyo bando adhirió desde un primer momento, en oposición a Saavedra. Entre sus incidencias, se encuentra el voto decisivo para la ejecución de Liniers, así como la expulsión de Cisneros, aprovechando para enviar sus propias mercaderías, sin pagar flete, en la misma nave que llevaba al ex Virrey de vuelta a España. Por esto, Saavedra lo acusó de aprovechar su posición en el Gobierno para hacer negocios en beneficio propio.

Desaparecido Moreno, Saavedra destituyó a Larrea y lo envió preso a Luján y luego a San Juan, donde permaneció hasta 1812, cuando asumió el Segundo Triunvirato. Allí, mediante un “oficio reservadísimo”, Larrea propuso adquirir en Estados Unidos 20.000 fusiles, a razón de una onza de plata sellada por arma (un precio excesivo, vale aclarar). El encargado de este negocio no era otro que su socio, William P. White, un inescrupuloso marino de origen norteamericano. Paso se opuso desde primer momento a esta maniobra, que implicaba una importante erogación. Sin embargo, dicho contrato fue aprobado.

Después de participar en la Asamblea del año XIII como representante de Córdoba -ciudad en la que no había vivido-, reemplazó al triunviro J. J. Pérez. Sabiendo que la superioridad naval de los españoles en el Río de la Plata complicaba los negocios porteños, Larrea promovió la conformación de una flota que debía concretarse a la brevedad, sin detenerse en los precios, para atacar Montevideo. El encargado de conformarla era su socio White, y al frente de la misma fue colocado Brown. Durante su gestión, Larrea se dedicó a proveer de armas a los ejércitos de la patria, a pesar de los rumores de sobreprecio y negocios turbios.

A la caída de Alvear, fue procesado por nueve cargos de excesos en la administración pública, entre los que figura la venta de tres corbetas (la Neptuno, Belfast y Agradable) cuyo valor original había sido de $62.000 pero que él había vendido por $30.000 a un tal señor Lorenzo. Sentenciado por estos excesos administrativos, Larrea debió expatriarse y le secuestraron bienes por $82.000 que le debía a la Aduana (para tener una idea de la envergadura de esta deuda, un terreno sobre la Plaza de Mayo, la zona más requerida de la Ciudad, valía unos $15.000). Vicente López decía que Larrea se había “enredado en todas las travesuras políticas del Río de la Plata”.

En 1828, el gobernador Dorrego lo nombró cónsul de las Provincias Unidas en Burdeos, período en el que Larrea gestionó y obtuvo el reconocimiento de Francia de la independencia de las Provincias Unidas. Por razones particulares, Larrea volvió a Buenos Aires después de haber rehecho su fortuna. Lo que desconocía entonces era que el nuevo hombre fuerte del país, Rosas, no lo tenía en alta estima… En primer lugar, lo obligó a dimitir de su puesto consular y cargó a su almacén naval con multas e impuestos.

Tal fue así que en 1847, abatido por las deudas, el único supérstite de la Primera Junta decidió poner fin a sus días cortándose el cuello con una navaja.¿Qué nos queda hoy de los modos de Larrea? ¿Podremos revertir su huella en los modos de actuar frente a la administración pública? Cuando falleció, los diarios de la época no se hicieron eco de su muerte. Finalmente, enterrado en la Recoleta, sus restos se han extraviado.

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