HistoriaGettysburg | William Faulkner

La carga de la brigada Pickett

«Para todo joven sureño de 14 años, no una vez, sino cada vez que lo desee, existe ese instante cuando aún no son las dos de la tarde de ese día de julio de 1863; la brigada estaba en su posición detrás de las vallas, las armas listas en el bosque y las banderas prestas a desplegarse para dar comienzo al asalto, cuando el mismo Pickett, con su sombrero y su espada miró a Longstreet esperando la orden»

Intruder in the dust - William Faulkner

Era el tercer día de la batalla y aún la suerte no estaba echada. El general Lee buscaba un punto débil en la extensa línea defensiva del general Meade, dispuesta en las afueras de Gettysburg (Pensilvania).

Lee creyó ver un punto débil en Cemetery Ridge, una depresión en el terreno, donde se juntaban dos caminos y hacia allí dirigió la carga de gran parte de su infantería para romper las defensas y concentrar allí la penetración del ejército del Sur. Sin embargo, Meade, en el consejo de guerra que se mantuvo la noche previa, predijo el movimiento de su adversario y tomó las medidas del caso.

Efectivamente 12.500 soldados de infantería sureña se concentraron en ese punto, después de un extenso bombardeo de la zona que, sin embargo, no logró debilitar las defensas de las tropas federales.

Esta carga desafortunada pasó a la historia como La carga de la brigada Pickett, aunque no fuese éste el oficial a cargo.

El general George Pickett tenía entonces 31 años. Era descendiente de una de las primeras familias de Virginia y ostentaba la poco feliz distinción de haberse graduado último de su promoción de West Point, cosa que solía comentar con cierta sorna.

Su comandante inmediato era el brigadier general Longstreet, uno de los oficiales de mayor renombre en el ejército confederado, que respondía directamente al comandante Lee. Pickett, como ya dijimos, no era el único a cargo, ya que las fuerzas que atacaron Cemetery Ridge pertenecían también a los generales Johnston Pettigrew e Isaac Trimble. La historia quiso poner a Pickett a cargo de este ataque heroico pero equivocado en su concepción, ya que estos miles de hombres debían correr una milla expuestos al fuego de las tropas del general John Gibbon, que estaba esperando, bien parapetado, el avance del enemigo.

Lamentablemente, los preparativos hicieron que el ataque se atrasase y faltó la coordinación con el avance de la caballería sureña, a cargo del legendario Jeb Stuart.

Longstreet estuvo en desacuerdo desde el comienzo con la estrategia propuesta por Lee y así lo expresó. En su opinión, hubiese sido mejor flanquear al enemigo que atacarlo frontalmente. De hecho, no fue Longstreet quien impartió la orden de avanzar, como nos cuenta Faulkner, sino el coronel Alexander, aunque Pickett se dirigió personalmente a Longstreet para comenzar el ataque. En un momento Longstreet trató de frenar el avance, pero ya era demasiado tarde y 12.500 hombres cruzaron los 1.600 metros de terreno bajo la metralla y el fuego enemigo.

A pesar de las bajas (que llegaron al 50%) algunos piquetes llegaron a tomar la línea enemiga, pero no pudieron sostener la posición. La resistencia de la división irlandesa y el Primero de artillería de Nueva York lograron que las fuerzas confederadas retrocediesen, mientras los federales gritaban una y otra vez «¡Fredericksburg! ¡Fredericksburg!». La batalla que pocas semanas antes habían ganado los sureños, destrozando a las fuerzas federales. Ahora era el turno de cantar victoria para las fuerzas del norte.

La ofensiva de la caballería de Stuart fue neutralizada por las fuerzas de David MCM. Greg, entre cuyos oficiales estaba el legendario general Custer.

Las tropas de sur retrocedieron como les fue posible. Afortunadamente, las fuerzas federales no se lanzaron a perseguirlos. Cuando Lee encontró a Pickett le preguntó dónde estaban sus hombres, a lo que éste respondió «general, no tengo división».

El ejército del sur debió retroceder y se replegaron sin continuar la invasión en el territorio federal. Lee nunca más recuperó la iniciativa y las pérdidas de Gettysburg fueron muy difíciles de suplir para los Estados del sur.

Mientras las fuerzas confederadas se replegaban, el general Lee no se cansó de repetir a sus hombres «fue mi culpa, muchacho, fue mi culpa».

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