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La batalla de Sarandí: el feliz destino con sangre opresora

Para los imperiales, la batalla de Rincón fue un duro revés, más cuando se encontraban despistados por las falsas noticias que Rivera diseminaba entre las tropas enemigas a fin de embrollar el panorama. “Porque en la guerra nunca se hace lo que se dice”, rezaba Don Frutos, dando a entender que en los conflictos armados, como en los del corazón, todo es válido.

En esos días Rivera recibió una dura noticia: su padre había muerto. El venerable patriarca de la familia falleció a causa de una larga enfermedad, cuyo desenlace era inevitable y previsible. Poco tiempo tuvo Rivera para lamentarse, porque los imperiales se movilizaron a fin de reprimir a los revoltosos, con la intención de darles un escarmiento de una vez por todas.

Lecor, el general brasilero ,envió desde Montevideo a mil hombres al mando del coronel Bento Manuel Ribeiro para sumarse a las tropas de Bento Gonçalves. Enterado Lavalleja de esta maniobra, trató de evitar el encuentro y batir las fuerzas por separado, cosa que le resultó imposible. Ante la amenaza, Lavalleja reunió a su ejército, dos mil hombres en total, y se jugó el todo por el todo a orillas del arroyo Sarandí, el 12 de octubre de 1825.

Allí se hallaban presentes todos los oficiales que lucharon por la liberación de la provincia Cisplatina. Pablo Zufriategui a la derecha, Rivera al mando del ala izquierda y el centro bajo en mando de Manuel Oribe. Leandro Olivera conducía la reserva. Los secundaban Bernabé Rivera, Gregorio Pérez, Quesada, Francisco Osorio y Anacleto Medina(“el indio”, el legendario oficial que había salvado a la Delfina, la amante de Pancho Ramírez cuando éste dio su vida al tratar de rescatarla de los hombres de Estanislao López).

Rivera confundió al enemigo cruzando el río. Los imperiales detuvieron su marcha y cambiaron de flanco, golpeando el centro al mando de Oribe con tal ímpetu que este retrocedió. El oportuno ataque de Lavalleja al frente de sus argentinos orientales, con la consigna “carabina a la espalda, sable en mano”, logró rechazar el avance portugués. Fue entonces que Rivera y Oribe cargaron consulta Bento Gonçalves y las fuerzas del centro. Lavalleja, a su vez, lanzó las tropas de su reserva, jugándose la batalla en esta maniobra.

Los imperiales, desconcertados, se trabaron en una desesperada lucha cuerpo a cuerpo. Lanzas y sables chocaron a cielo abierto. Los uruguayos pelearon con todo el brío de sus convicciones. La batalla se convirtió en una justa de campeones. Cada soldado se batía individualmente con el enemigo, imponiendo su fuerza y coraje. Ante la derrota inminente, los comandantes brasileros atravesaron el torrentoso río Yi en una balsa que destruyeron de inmediato para que no les dieran alcance.

La victoria fue completa….o casi, porque unos trescientos imperiales huyeron y Rivera se aprestó a darles alcance. Era menester capturar al enemigo para poner fin a la guerra. Rivera se acercó a los brasileros y separado por el río, a los gritos pidió: “Llamen un jefe que quiero hablar con él”. Del otro lado, Bento Manuel Ribeiro le contestó que no estaba dispuesto a aceptar la propuesta de rendirse y sin perder más tiempo siguió su camino. A pesar del cansancio de la caballada y el hambre de los hombres, Rivera persiguió a los imperiales que se escapaban. Era necesario aprehender a los fugitivos para completar la victoria, pero esto le resultó imposible. Los cuerpos no resistieron, la voluntad se debilitó. Los brasileros escaparon, dejando en el campo 400 muertos, 470 prisioneros además de 52 oficiales, más armas, cañones y toda la caballada. Juan Lavalleja dejó esto consignado en el parte escrito al día siguiente de esta gran victoria. Era el comienzo del fin del dominio portugués sobre la Banda Oriental, el inicio de la campaña de estos argentinos orientales que culminaría en Ituzaingó.

La noticia de la victoria inmediatamente llegó a Buenos Aires, donde el poeta Juan Cruz Varela le dedicó un apasionado poema:

¡Día de salvación y complemento!

Ya amaneciste en Sarandí, orientales

¿Qué genio os inspiró?

¿Qué genio vino a escribir los anales del hombre libre

y su feliz destino con sangre de opresores?

Los laureles de los bardos siempre coronan las testas de los vencedores. Las derrotas sólo inspiran silencio.

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