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La batalla del hijo de Dios

Sobre el margen izquierdo del Río Tacuarí (que en guaraní quiere decir "Hijo de Dios"), el general Belgrano, al mando de las tropas expedicionarias de Buenos Aires, enfrentó al ejército enviado desde Asunción para rechazar a los rebeldes. Duplicados en número, los patriotas se vieron obligados a capitular, aunque su ejemplo dejó entre los locales la semilla libertaria. Entre las víctimas de la contienda se encontraba el joven Pedro Ríos, el célebre Tambor de Tacuarí, cuya gesta fue cantada por Rafael Obligado en el poema que lleva su nombre.

El ejército expedicionario de Belgrano, en lenta marcha retrógrada desde Paraguay fue vigilado de cerca por los paraguayos, mientras ambos jefes mantienen negociaciones.

El 9 de marzo de 1811 se reanudó la lucha cerca del paso del Tacuarí, lugar escogido por Belgrano, ya que allí era más fácil defenderse. Sin embargo, en pocas horas fueron vencedoras las armas paraguayas que duplicaban en número a los porteños y pudieron atacar ambos flancos a la vez. De un total de 700 hombres, 460 soldados abandonaron sus posiciones. Con 235 combatientes Belgrano se aprestó a combatir, defendiendo su posición desde una sobrevaloración del terreno (llamado Cerrito de los porteños). Cercado por el enemigo, Belgrano quemó los documentos oficiales. Dueños del campo, los jefes paraguayos enviaron al capitán Antonio Zavala para intimar la rendición, pero a pesar de la situación desesperada, Belgrano contestó que “las armas de Su Majestad Don Fernando VII no se rinden en sus manos y que avancen cuando gusten”.

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Acuarela pintada por Guillermo Da Re en 1890.
Acuarela pintada por Guillermo Da Re en 1890.

Por otro lado, Belgrano envió ante Manuel Atanasio Cabañas a José Alberto Cálcena y Echeverria para que le diga al jefe paraguayo que él no había venido a conquistar el Paraguay, si no a auxiliarlo y que le era doloroso el derrame de sangre de hermanos.

“Pero viendo yo –explicó Belgrano a la Junta al ser sometido a juicio– que era indispensable otra mayor efusión de sangre y que mis cortas fuerzas podían ser envueltas en el crecido número de los contrarios, que ya me tenían tomado el único camino de retirada, aprovechándome del asombro que los acusó el valor de los nuestros, y su decidida idea de perecer con su General antes de que rendirse, envié de parlamentario al Intendente del Ejército, don José Alberto Cálcena y Echeverría…”

La actitud de Belgrano resultó efectiva. El parlamentario fue bien recibido por los oficiales paraguayos, y Cabañas contestó por escrito que aceptaba la proposición siempre que se conviniese “no hacer más hostilidades de arma” y que el ejército invasor iniciase la retirada al día siguiente.

Esta opinión de Cabañas no fue compartida por la mayoría de los oficiales, que adhirieron a la posición de Gamarra. Este opinaba que, dados los perjuicios causados por el invasor, solo se debía acordar la capitulación a condición de que entregasen las armas y el tren volante. Cabañas hizo caso omiso a esta opinión disidente, y concedió a Belgrano el retiro con todos los honores.

Belgrano dobló la apuesta, y le contestó a Cabañas que “…si Ud. gustase que adentremos más la negociación para que la provincia se persuada de que mi objeto no ha sido conquistarla, si no facilitarle medios para su adelantamiento, felicidad, y comunicación con la capital, sírvase decírmelo y le haré mis proposiciones”, a lo que Cabañas respondió autorizando a formular proposiciones, que con el tiempo calaron hondo en el espíritu de los habitantes de Asunción. Al poco tiempo, Paraguay declaró su desvinculación de España, aunque también se mantuvo lejos del gobierno porteño.

Tacuarí

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