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La batalla del Ebro

Entre julio y noviembre 1938 en el valle del Ebro se disputó el último gran enfrentamiento de la Guerra Civil Española y los republicanos pelearon como quien lucha por su vida cuando sabe que todo esté probablemente perdido. La batalla, que concentró la mayor cantidad de combatientes y fue una de las más largas y más sangrientas, culminó con la derrota del bando Republicano y allanó el camino para el triunfo de Franco.

Depende de cómo se los mire, los ríos pueden ser símbolos de tranquilidad, paz y progreso, o pueden representar un problema infranqueable. El Ebro, río que corre por la zona Noreste de España, tiene un poco de ambas cosas, pero durante la llamada batalla del Ebro entre julio y noviembre de 1938, su protagonismo vino aparejado a la desgracia. Hoy, hace 80 años se acababa este conflicto, una de las batallas con más récords de la guerra civil española. La más larga, la más ambiciosa, la más grande, la que más bajas tuvo. Todos hitos del horror.

Muchos historiadores, mirando la situación y considerando que el triunfo franquista ya era inminente, se han preguntado acerca de la utilidad de este evento, fatal para el destino del bando republicano, desde muchos puntos de vista.

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En primer lugar, los ejércitos de Franco habían avanzado hacia el Este luego de la batalla de Teruel y, de hecho, habían dividido al territorio republicano hasta el Mediterráneo. Sin embargo, en vez de continuar marchando hacia Barcelona y terminar la guerra, Franco había decidido continuar hacia Valencia. Este respiro dio algo de esperanza al presidente Juan Negrín y su jefe de Estado Mayor, Vicente Rojo, quienes dispusieron que podía llegar a ser posible, dadas las circunstancias, retomar la orilla derecha del Ebro, avanzar, recuperar posiciones y esperar que las maniobras divirtieran el avance de Franco hacia el sur. Con suerte, además, en el ínterin se desataría la guerra europea que se venía anunciando a partir de la anexión de Austria por la Alemania nazi y la crisis de los Sudetes en Checoslovaquia, y la guerra civil se internacionalizaría propiciando el ingreso de tropas francesas a inglesas para luchar en contra del fascismo.

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Distribución de las fuerzas en el Ebro.
Distribución de las fuerzas en el Ebro.

Si la operación iba a funcionar iba a requerir de una preparación como nunca antes. Miles de soldados aprendieron a nadar, se armaron barcazas, puentes y pasarelas, todo según la máxima esgrimida por el famoso Juan Modesto, jefe de lo que sería el Ejército del Ebro: “ríos de sudor para evitar ríos de sangre”. Con todo preparado hasta el último detalle, apenas comenzado el 25 de julio, ayudados por la oscuridad de la noche, los republicanos empezaron a hacer lo que parecía imposible y cruzaron el río. Se habían dispuesto tres cuerpos del ejército – casi 100 mil hombres, la mayoría jóvenes inexpertos, dirigidos por Etelvino Vega, Manuel Tagüeña y Enrique Líster – divididos en unas diez Divisiones a lo largo de casi 65 kilómetros de frente entre Mequinenza y Amposta, y se habilitaron 12 puntos diferentes por los cuales atravesar el Ebro. En nueve de estos puntos, el cruce se produjo con relativa facilidad y las tropas comenzaron a avanzar. El bando nacional, que básicamente estaba compuesto por los ejércitos marroquíes y por algunas divisiones novatas dirigidas por el general Yagüe, aunque esperaba el ataque, no pudo responder efectivamente a él y su posición terminó siendo empujada hacia el oeste hasta las cercanías de Gandesa, ciudad central que los republicanos, no obstante, no pudieron tomar.

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Pasarelas armadas sobre el Ebro.
Pasarelas armadas sobre el Ebro.

Los primeros días de la batalla fueron los más exitosos para la República, al punto de que Negrín y Rojo consideraban que se había cumplido el objetivo de distraer a Franco de su avance hacia Valencia, detenido en seco por los eventos del Ebro. Pero la respuesta de los nacionales no se hizo esperar. El Generalísimo, sin desestimar la importancia del hecho y el poderío del ejército que estaba enfrentando, mandó a traer tres Divisiones más, hizo abrir las represas para que aumentara el caudal del río y evitar que los republicanos se replegaran, y se puso él mismo al mando, preparando el terreno, en contra de todos los pronósticos, para conducir una acción de desgaste.

El signo de la batalla cambió rápidamente entonces, en los primeros días de agosto, y en estas nuevas posiciones, el bando republicano se dispuso a resistir, con el ejército franquista en frente y el caudaloso Ebro detrás. Imposibilitados de mover tanques o equipos por la debilidad de las pasarelas que cruzaban el río, dispersos por las áridas sierras y sufriendo el calor del verano, su situación empeoró cuando comenzaron a actuar la artillería y la aviación nacional, ayudada por los aviones italianos y alemanes. Los bombardeos se hicieron constantes, llegando a estimarse que cayeron unas 60 mil bombas a lo largo de las 115 jornadas, y la posibilidad de contestar era casi nula, limitada en sus casos más extremos al uso de armas blancas y granadas en el combate mano a mano. Día a día se fueron perdiendo posiciones y en el camino iban quedando los cadáveres mal enterrados de los caídos, mientras que más y más reclutas eran enviados a llenar los espacios de los muertos en el fútil intento de sostener el frente. La moral, que ya desde un principio había estado bastante baja, siguió cayendo, especialmente después del retiro de las Brigadas Internacionales a fines de septiembre. Como si esto no fuera suficiente, por esa misma época, la única esperanza que quedaba, la de quedar enmarcados en un conflicto europeo, también se desvaneció cuando, en un desesperado intento franco-inglés de evitar la guerra, se firmó el Pacto de Múnich y se habilitó la incorporación de los Sudetes al territorio alemán.

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Empecinadas aún, en contra de todo pronóstico, en seguir manteniendo sus posiciones, las tropas republicanas finalmente fueron barridas el 31 de octubre durante la última gran operación emprendida por los hombres de Franco, la toma de la sierra de Cavalls. A este duro golpe inicial le siguieron otras derrotas en los próximos días, como la de la Sierra de Pàndols, Mora la Nueva y Picosa. Para el 10 de noviembre, en coincidencia con la llegada de las primeras nevadas, el bando republicano se había venido abajo y ya casi no quedaba posición por proteger. Casi todos se habían replegado y las tropas de Manuel Tagüeña fueron las últimas en cruzar a la margen izquierda el 16 de noviembre por la madrugada en un puente de hierro a la altura de Flix. Habiendo retirado todo el material y asegurados de que todos los hombres habían cruzado al otro lado, volaron el puente y cortaron definitivamente las comunicaciones. Años después, el jefe republicano recordaría en sus memorias que con esa explosión “después de 115 días de intensos combates había terminado la batalla del Ebro”.

Las bajas habían sido impresionantes y hoy los historiadores indican que existieron entre 60 mil y 130 mil muertos y heridos en total. El Ejército Republicano quedó deshecho y, después de la larga batalla y la perdida de toda esperanza de intervención internacional, definitivamente desmoralizado. Aunque el costo para Franco también fue alto en términos de pérdidas, había logrado su objetivo de desgaste total y se aseguró una victoria sin posibilidad futura de represalias, allanando el camino para el fin de la guerra civil en febrero del año siguiente en Cataluña.

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