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Keith Haring, un arte para todos

Aún si no se puede nombrar o ubicar específicamente, los dibujos del artista norteamericano Keith Haring pasaron a ser parte de un lenguaje que, desde la década del ochenta, es reconocido en todo el mundo. Sus trazos simples y su colección de personajes – bebés, perros, platos voladores – fueron las herramientas que usó para desarrollar un arte público y universal que, más allá de ser estéticamente atractivo, cargaba con mensajes políticos y sociales de gran importancia.

Hoy, hace 29 años, el mundo del arte quedaba conmocionado por la muerte de Keith Haring. Su nombre había marcado la década de los ochenta y su arte, esas siluetas tan reconocibles, ahora quedaba como testimonio de lo que había sido el espíritu del underground neoyorquino de esos años, y de la forma en la que había salido a conquistar el mundo.

La historia de este personaje, en muchos sentidos, no se aleja demasiado de la de otros artistas. Fue un niño típico de la era atómica, nacido en 1958 y criado en pueblo pequeño y conservador de Pennsylvania. Creció imaginando personajes de historieta como los que su padre le dibujaba para distraerlo y, para cuando alcanzó la adolescencia, mostró un temprano interés por el arte y por la vida “alternativa”. Según él, se sentía fuera de lugar y, apenas podía, se iba en escapadas por el país o experimentaba con drogas que le permitían “rebelarse contra lo que estaba ahí y al mismo tiempo no estar ahí”.

Para dejar contentos a sus padres, cuando se graduó reconcilió su deseo de ser artista con el de la estabilidad laboral y se inscribió en una escuela de arte comercial en Pittsburgh, pero rápidamente se dio cuenta de que no quería ser un ilustrador. En ese momento de liberación, todo parece haber confluido rápidamente. Descubrió y quedó impactado por artistas como Christo y Pierre Alechinsky, cuyo arte le generó confianza y lo hizo interesarse por el arte público. En paralelo, consiguió un trabajo en el Centro para las Artes de Pittsburgh y, aunque su rol principal era montar exposiciones, fue tejiendo una red de contactos y, cuando un artista canceló, logró hacer allí su primera exhibición en 1978, con sólo 19 años.

Considerando este ascenso astronómico, no sorprende que sintiera que la ciudad le quedara chica. El próximo paso lógico para él era partir a Nueva York, a donde llegó en 1978 con una beca para estudiar en la Escuela de Artes Visuales. El momento no podía ser más excitante para un joven gay en el mundo del arte. La escena del underground en la zona del East Village estaba en plena ebullición, y personalidades que luego llegarían a ser icónicas como Jean-Michel Basquiat, Kenny Scharf o la mismísima Madonna se congregaban en lugares como el Club Mudd o el Club 57. Estos espacios, que recién se estaban formando y que tendrían su auge en los tempranos ochenta, configuraban una red alternativa de exhibición, favoreciendo también la experimentación artística y – en los días antes del SIDA –sexual sin límites.

Como reflejo de esta actitud, la obra temprana de Haring tocó diferentes medios como la performance, el videoarte y el collage, pero para el año 80 comenzó a definir una preferencia por el dibujo. Fue entonces que comenzó a desarrollar una serie de íconos que incluían personas, perros, bebés y platos voladores. Según indicó, él no tenía muy claro de dónde venía esto ni que significaba, simplemente dibujaba. Lo que más le interesó fue notar que en la yuxtaposición de estos diferentes elementos estaba configurando una suerte de vocabulario y que, entonces, “tenía sentido salir a dibujar a la calle porque tenía algo para decir”. Así fue como ese mismo año, insospechadamente, encontró el lugar ideal para desarrollar su obra cuando estaba viajando en el subterráneo y vio una placa negra en el lugar donde debía ir un cartel publicitario. Inspirado, Haring subió a la calle, compró un paquete de tizas y volvió a bajar para hacer un dibujo.

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Haring dibujando en el subte.
Haring dibujando en el subte.
Keith Haring

Desde entonces, cada vez que veía uno de estos espacios, lo intervenía. Legalmente, la situación era bastante gris porque no estaba exactamente vandalizando el espacio público, por lo menos no permanentemente, pero de todos modos fue arrestado en distintas oportunidades. El trabajo, sin embargo, era valioso para Haring y lo siguió haciendo por varios años. Para él, esta era una forma de llevar algo de arte a las calles, al modo del grafiti que por entonces estaba en auge, que además le permitía acercarse a las personas. Trabajando en los andenes del subterráneo, Haring estaba completamente expuesto al escrutinio del público, para bien o para mal, pero disfrutaba del intercambio al punto que comenzó a hacer pines con sus imágenes para regalar a las personas que se acercaban a hablarle.

Por su inmensa exposición, no sorprende que en poco tiempo toda esta movida llegara a los medios, haciendo de Haring una superestrella. Entró en contacto con grandes personalidades del mundo del arte como Andy Warhol y Yoko Ono, que a su vez le presentaron a todo tipo de celebridades. Casi de la noche a la mañana, pasó a ser el niño mimado de Nueva York. Su arte comenzó a cotizar en el mercado e, incluso, tuvo que conseguirse un representante, Tony Shafrazi, en cuya galería realizó su primera exhibición en solitario en la ciudad en 1982. Así y todo, el tema de la fama y del reconocimiento, especialmente viniendo desde el “mundillo” del arte lo desconcertaba y le generaba algo de desconfianza. Tuvo que cambiar toda su estrategia de producción, empezando por dejar de dibujar en los subterráneos, ya que horas después de hacerlos sus dibujos eran robados y luego aparecían en subastas donde se los vendía a miles de dólares. Además, su fama internacional implicó que su iconografía personal, de alguna forma, fue apropiada por personas de todo el mundo que la reconocían y la incluían en productos propios, obviamente, con ningún tipo de licitación.

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Sin título (1983).
Sin título (1983).
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Sin título - Pirámide con ovni (1984).
Sin título - Pirámide con ovni (1984).

Fue en este contexto que, para mediados de la década, Haring decidió “devolverle” su arte a la gente común que no podía pagar los precios exorbitantes del mercado. La forma en la que lo hizo fue, en primera instancia, abriendo su propia tienda, The Pop Shop. Este local, que llegó a contar con una subsede en Tokyo, era una obra de arte en sí misma en la que vendía todo tipo de productos a precios módicos. Aunque la idea fue buena y relativamente exitosa, no sorprende que fuera acusado de comercialismo, especialmente por los críticos de arte a quienes él siempre desestimó como formadores de opinión. En palabras de Haring, lo que les molestaba era que su arte “había empezado en la cultura popular y había sido absorbido y aceptado por la cultura popular antes de que ese otro mundo del arte tuviera tiempo de llevarse el crédito por eso”. Quizás por esta irreverencia también se permitió diseñar una botella de Absolut y un reloj para Swatch, no porque le interesara el dinero, sino porque le gustaba que su trabajo saliera al mundo de la mayor cantidad de formas posibles.

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Haring en el Pop Shop (1986).
Haring en el Pop Shop (1986).

Sumado a todo esto, en este período la idea de arte público también asumió un sentido más político y hasta pedagógico en el trabajo de Haring. Aprovechó su llegada a las masas y realizó, además de merchandising y posters, más de cincuenta murales en el espacio público para visibilizar problemáticas como el Apartheid en Sudáfrica y el peligro de consumir drogas duras. Aceptó todo tipo de encargos – llegando a dibujar en el Muro de Berlín en 1986 y a realizar un mural alto como un edificio junto con mil niños para los 100 años de la Estatua de la Libertad – y, creyente del poder sanador del arte, decoró varios orfanatos y hospitales mentales e infantiles. Su compromiso más visible, sin embargo, estaba relacionado con las luchas diarias de los gays, especialmente encarnadas a finales de la década por la amenaza constante del SIDA.

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Free South Africa poster (1985).
Free South Africa poster (1985).
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Keith Haring pintando el Muro.
Keith Haring pintando el Muro.

Haring siempre había sido muy abierto acerca de su sexualidad y creía que su fama lo ponía en una posición de responsabilidad para concientizar y educar en esta materia. Él abogaba fervientemente por el sexo seguro y, después de descubrir que él mismo era seropositivo en 1988, además de salir a confesarlo públicamente en un mundo que todavía estigmatizaba fuertemente a las personas infectadas con VIH, usó su arte como herramienta para difundir este mensaje. Para Haring era importante referirse explícitamente al tema, ya que el silencio, según él, sólo perpetuaba la noción de que el SIDA era una especie de castigo por haber hecho algo mal en el pasado.

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Silence Death (1989).
Silence Death (1989).

Hacia el final de su vida, con gran coherencia Haring aseguraba que no se arrepentía de nada de lo que había vivido y, en vez de dejarse morir como muchos habrían querido, se entregó de lleno a su trabajo. Ahora con un sentido de finitud, de que el tiempo se le estaba acabando, en 1989 desarrolló una inmensa producción que, según él indicó, estaba buscando ser integradora y resumir lo que su carrera había sido. Realizó un último gran mural, de todos los lugares posibles, en la pared del convento de San Antonio en Pisa y, a semanas de morir, se dio el gusto de pintar un BMW. Para cuando falleció el 16 de febrero de 1990, ya había armado la Fundación Keith Haring que se encargaría de usar los ingresos producidos por la venta de su arte para apoyar organizaciones dedicadas a la infancia y a la investigación sobre el SIDA. Hay razón suficiente para creer que murió en paz con él mismo ya que, como había afirmado un año antes, para él la muerte “no es una limitación, de ninguna manera. Podría haber pasado en cualquier momento y va a pasar en algún momento. Si vivís tu vida de acuerdo con esto, la muerte es irrelevante.”

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