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Karl Jaspers y la cuestión de la culpabilidad

En los primeros meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el filósofo alemán Karl Jaspers intentó, sin éxito, sentar las bases para configurar una nueva sociedad alemana cuyos miembros fuesen capaz de asumir su culpabilidad y purgar sus pecados.

Karl Jaspers es ampliamente conocido por su trabajo en el campo de la psicología y la filosofía, destacándose como uno de los más importantes existencialistas alemanes, pero en la inmediata posguerra dejó de lado la actividad puramente académica y se destacó como impulsor de la reconstrucción alemana.

La situación, de por sí, llama la atención. Quién esté familiarizado con el trabajo previo de Jaspers sabe que, hasta la década del treinta, se había dedicado exclusivamente al desarrollo de tareas filosóficas que, a su juicio, implicaban rehuir de las categorías políticas. La llegada del nazismo en 1933, sin embargo, cambió todo. A diferencia de otros intelectuales, Jaspers jamás compró el discurso nacionalsocialista y, adoptando una actitud abiertamente crítica hacia el régimen, se transformó en su enemigo. Este desdén, sumado al hecho de que su esposa, Gertrud Mayer, era judía, tuvo un impacto sumamente negativo sobre su carrera, prohibiéndosele desde 1937 enseñar en la universidad y, desde 1943, publicar. El castigo había sido severo, pero Jaspers aprovechó la oportunidad como pudo. Continuó viviendo en Heidelberg con su mujer y, manteniendo un perfil muy bajo, uso este período como un momento de reflexión para entender de qué manera se había llegado a esta crisis e imaginar posibles salidas.

Así fue como, con la capitulación de Alemania, Jaspers rápidamente se perfiló como el teórico más importante de su reconstrucción, llegando a cooperar estrechamente con los aliados. A contramano de la percepción popular, enseguida entendió que 1945 no era el año cero. Para él la regeneración moral de la nación era posible, pero clausurar el pasado, por más terrible que éste hubiera sido, no era la forma de lograrlo, y sólo estudiando y purgando, sacando lo malo y dejando lo potable, se podía anclar la identidad alemana en una base sólida que habilitara el crecimiento sin promover el fanatismo.

La tarea, por supuesto, no era nada fácil, razón que explica la forma en la que Jaspers se esforzó en salir y alcanzar un público que no había sido el suyo tradicionalmente. En primer lugar, con el visto bueno de las autoridades del sector norteamericano en Heidelberg, impulsó la idea de que la universidad debía reformarse. Como parte del llamado “Comité de los Trece”, en primera instancia, se promovió la desnazificación del cuerpo docente, pero no como única medida. Como quedaría claro eventualmente, por más que se echara a todos los que habían pertenecido al partido, el problema de base, para Jaspers, no se resolvería. La única forma de evitar que las instituciones fueran fácilmente cooptadas, como lo habían sido años antes, era replantear todo el sistema para eliminar cualquier vestigio que pudiera generar una nueva crisis. Este proceso, que luego Jaspers desarrolló en su libro La idea de la universidad (1946), implicaba, a través de los esfuerzos individuales de la comunidad educativa, transformar la universidad en algo, no meramente germano, sino más bien universal.

Por otro lado, a este accionar dentro de la institución Jaspers sumó también un fuerte uso de la prensa y otras tribunas públicas. En sus múltiples artículos, discursos y conferencias, él se esmeró en promover la idea del diálogo y la reexaminación del pasado como forma de desarrollar una nueva identidad alemana. En un contexto donde todavía muchos estaban dispuestos a desligarse de las atrocidades, para Jaspers era importante usar la historia como herramienta para entender la forma en la que los individuos, actuando como parte de la masa, habían habilitado el ascenso del nazismo. En el hoy clásico El problema de la culpa (1946), Jaspers se alejaba de la noción de condenar a todos por igual y de juzgarlos insalvables, y apostaba por una idea de justicia que contemplaba diferentes grados de culpabilidad. Así, se distinguía la culpa criminal – reservada a quienes realmente habían violado la ley – de una culpa del orden político y moral, que caía sobre todos los alemanes por haber tolerado la existencia del régimen.

Como era de esperar, los postulados de Jaspers encontraron adeptos, especialmente en el exterior, pero se toparon con mucha resistencia que venía de una sociedad alemana que todavía no estaba preparada para reconocer, y mucho menos asumir, sus crímenes. Rápidamente, con la aceleración de la Guerra Fría, el deseo de alinear a la República Federal Alemana con las naciones de Occidente tomó precedencia por sobre el proceso de reexaminación. La desnazificación misma pasó a un segundo plano y, con tal de lograr el “milagro” de la recuperación económica, como bien indicó el investigador Jeffrey Herf, el país entero se vio sumido en una especie de amnesia colectiva.

Para 1948, aunque pueda parecer algo prematuro, Jaspers notó con decepción la falta de voluntad de cambio y junto con su mujer, deseosa de alejarse de la tierra que le había dado tantos sufrimientos, partió a Suiza, país en el que estaría radicado hasta su muerte el 26 de febrero de 1969. En las últimas dos décadas de su vida cambió el foco y volvió a la filosofía, pero jamás dejó de observar la realidad alemana con amargura, creyendo que la transición había sido meramente superficial y que todo el proceso había representado una oportunidad perdida. Para 1966, sus peores pronósticos parecieron verse confirmados y Kurt Georg Kiesenger, ex nazi, fue elegido como canciller de la RFA, razón por la cual Jaspers renunció a su ciudadanía alemana.

En definitiva, deberían pasar algunos años más, hasta que Jünger Habermas recuperara las ideas de Jaspers y se reconociera el valor de lo que él había planteado a finales de los cuarenta. Y si bien no fue posible conmover a sus contemporáneos, como bien expresó el historiador Mark Clark al referirse sobre este período, la importancia de Jaspers radica en que “no sólo ayudó a señalar las dimensiones totales de la catástrofe y la responsabilidad alemana respecto de ella, sino que también fue uno de los pocos que, en la inmediata posguerra, fue lo suficientemente valiente para demandar que los alemanes lidiaran con el pasado en una forma verdadera y minuciosa, aún si esto no era más que un grito en el vacío”.

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