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Kaibiles, la crueldad garantizada

En una mesa de discusión, contratistas de organizaciones internacionales criminales comparaban crueldad y cinismo. "Los serbios. Precisos, despiadados"; decía uno. "Los chechenos. Sus hojas afiladas te desangran en un instante", replicaba otro. "Los rumanos. Te azotan sin piedad", intervino un tercero. Después de un rato de intercambiar datos, el más veterano del grupo, que se había mantenido en silencio, decidió intervenir. "Ustedes no entienden nada. Sólo cuentan historias que han escuchado". El hombre saca su smartphone, busca un mapa y clava el dedo en él: Guatemala. Todos lo miran. "Kaibiles", dice.

Los kaibiles fueron creados en 1974 como un cuerpo de élite antisubversivo del ejército guatemalteco. Con ellos se creó el Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales Kaibil. Fueron los años de la guerra civil en Guatemala (que duró desde 1960 hasta 1996), en los que fuerzas del gobierno militares y paramilitares se enfrentaron en una guerra cruel y sin cuartel a la guerrilla y a la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (que a su vez estaba formada por la unión de cuatro grupos guerrilleros). La operatividad de los kaibiles se desmadró rápidamente y estos se transformaron en una monstruosa fuerza agresiva que casi no reconocía entre criminales e inocentes. Luego de 36 años la guerra llegó a su fin, con un saldo de 200.000 muertos, 36.000 desaparecidos y 626 masacres constatadas. En el documento “Memoria del silencio” (elaborado por la Comisión para el esclarecimiento Histórico guatemalteco) se establece que el 93% de los crímenes durante los últimos 20 años de la guerra fueron cometidos por los kaibiles.

Entre las masacres más atroces se relata la de Las Dos Erres, una aldea del departamento de Petén, arrasada por los kaibiles en dos días entre el 6 y el 8 de diciembre de 1982. Cuarenta kaibiles entraron en la aldea para recuperar veinte fusiles robados por guerrilleros; mataron hombres, mujeres y niños, violaron jóvenes, provocaron abortos golpeando vientres de embarazados con las culatas de sus fusiles, echaron niños vivos a pozos luego de apalearlos, enterraron vivos a algunos, mataron bebés arrojándolos con violencia contra la pared. Se contaron más de doscientos cincuenta muertos, de los cuales setenta tenían menos de siete años.

Según lo describen ellos mismos, los kaibiles son “máquinas de matar” adiestradas de manera (casi) inhumana, que han logrado anular la conciencia y que sostienen que el valor debe probarse día a día, horror tras horror. Tienen las destrezas de los rangers americanos, la agresividad de los gurkas británicos y la crueldad de los maras centroamericanos.

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Insignia de los kaibiles.
Insignia de los kaibiles.

Ocho semanas dura la salvaje instrucción de los aspirantes a kaibiles. Son ocho semanas en las que todo lo que hay de humano desaparece; dos meses en los que se extrae lo que lo distingue de la bestia. Bastan ocho semanas para aprender a combatir en toda clase de terrenos y climas, ocho semanas para convertir a un hombre en un instrumento letal capaz de matar un animal a mordiscos, beberse su sangre y comer sus restos crudos; capaz de sobrevivir bebiendo su orina y de matar decenas de seres humanos sin fijarse ni siquiera en la edad de los mismos.

El adiestramiento de los kaibiles es bestial. Los aspirantes a kaibil son divididos en parejas en los que cada uno es un “cuas”. Si uno de los dos cuas se equivoca, ambos son castigados y pasan hambre. Los instructores les tiran restos de comida al piso, la pisotean y gritan “¡piquen, gallinas!”, y los aspirantes deben comer del piso con su lengua. Si uno de los dos lo hace algo bien, a ambos se les permite dormir en una cama. Una parte especialmente dura es la comida; los soldados llegan exhaustos, hambrientos, pero tan solo tienen medio minuto para comer, mientras son insultados por sus instructores. Algunos vomitan, otros roban la comida a sus compañeros. “Allí aprendes qué es un cuas, qué es un hermano guerrero. Si él muere, yo muero. Dejas de ser un hombre, pierdes tus pocas cualidades y tus imperfecciones y te transformas en un kaibil”.

En la entrada del Centro de Adiestramiento, en Poptún, hay un cartel que dice “Bienvenidos al infierno”. De hecho, el nombre del centro es “El Infierno” (durante un tiempo se cambió el nombre por “El Monasterio”), un lugar situado 400 km al norte de la capital del país, con una temperatura promedio de 38 grados y una humedad asfixiante. Pero el cartel más importante es el que se lee unos pasos después: “Si avanzo, sígueme. Si me detengo, aprémiame. Si retrocedo, mátame”.

La primera fase del adiestramiento dura 21 días. La segunda fase, 28 días. Y la etapa final, una semana más. “Aprendes a alimentarte de lo que hay: cucarachas, serpientes, ratas. Aprendes a conquistar el territorio enemigo, a aniquilar al enemigo, a apoderarte de él y a comértelo, si es necesario”. Les dan un perrito a cada pareja y los obligan a cuidarlo. Al cabo de un tiempo les ordenan matarlo, una puñalada cada uno. Luego les ordenan comérselo y beber su sangre. Para completar el curso hay que pasar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello, además de comer culebras, hormigas, raíces, a captar el agua del rocío en hojas, efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y ejercicios con fuego real. El kaibil sabe que para sobrevivir no importa beber, ni comer, ni dormir, sino tener balas y un buen fusil. Si la camada de aspirantes es muy buena, una tercera parte llega hasta el final, aunque lo habitual es que sólo llegue el 10%. Los demás escapan, o son expulsados, o se enferman, o mueren.

Al terminar las ocho semanas hay una cena que dura toda la noche y en la que se come carne de iguana, ciervo y caimán hecha a la parrilla. Después de la cena, cada uno de los militares toma la “bomba”, una mezcla de tequila, whisky, ron, cerveza y agua, servida en un vaso de bambú en cuyo exterior y hacia el borde superior está atada una bayoneta. El militar tiene que tomar con cuidado la bebida porque si llega a emborracharse puede acabar cortándose el rostro con la bayoneta que sobresale por la parte superior del vaso. Sólo después de esa “noche de graduación” los comandos pueden exhibir el escudo kaibil.

Los kaibiles tienen sus propios símbolos: la palabra “cuas” es C de camaradería, U de unión, A de apoyo, S de seguridad. Su gorra color púrpura debe ser inseparable, y su escudo es un mosquetón (esa especie de hebilla de seguridad que se usa en el montañismo para fijarse a las rocas), que significa unión y fuerza, que contiene dentro un puñal (que significa honor) cuya empuñadura tiene cinco muescas (representan los cinco sentidos); del puñal sale una llama que arde (simboliza la libertad). El fondo del escudo es azul y negro; el azul es el día, en el que el kaibil opera en el mar y el cielo; el negro es la noche y el silencio de las misiones nocturnas. En diagonal entre ambos colores hay una cuerda en diagonal: las misiones terrestres. La palabra “Kaibil” significa “el que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres”, en lengua mam. El nombre deriva de Kaibil Balam, un rey mam que resistió valientemente a los conquistadores españoles en el siglo XVI.

En octubre de 2003, el presidente Álvaro Arzú decide transformar al temible ejército antisubversivo en un instrumento contra el narcotráfico; entonces, se crea oficialmente la Brigada de Fuerzas Especiales Kaibil. Distinto nombre para la misma fuerza. Y ocurrió que una fuerza que era de 30.000 hombres se redujo a 15.000, por lo que una cantidad igual quedó literalmente desocupada.

Algunos consiguieron trabajo como mercenarios en otras guerras, como la de Irak. Otros fueron requeridos para trabajar como mercenarios internacionales o en empresas privadas de seguridad. Pero la mayor fuente de empleo para los ex-kaibiles (ellos insisten en que jamás dejan de serlo) resulta ser el crimen organizado, las redes de narcotráfico y grupos de sicarios. El cártel de Sinaloa contrata ex kaibiles, y el temible grupo de los Zetas fue fundado por ex kaibiles. Los kaibiles son reconocidos en todo el mundo: “el kaibil es atractivo para el crimen organizado. Es una lástima perder ese recurso humano, y creo que el Estado puede presentar mejores opciones, pero tenemos un presupuesto limitado como para continuar con ese personal”, admiten los funcionarios militares guatemaltecos. Entonces, un sueldo de 5.000 u$d como el que ofrecen los narcotraficantes no es para nada despreciable para estos soldados, que al retirarse del Ejército se enfrentan al abandono del Estado.

La crueldad se enseña, y esta parece ser una de las mejores escuelas...

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