Julio Verne, el artífice de la aventura

Julio Verne es uno de los escritores más conocidos y populares de la historia de la literatura. Tan difundido está, que realmente es muy difícil no haberse enfrentado alguna vez a sus relatos a alguno de los cientos de productos culturales como películas, obras de teatro o videojuegos que se han hecho basados en su obra.

El camino de Verne hacia la fama, sin embargo, no siempre fue tan obvio. Nació en el seno de una familia acomodada de la región de Nantes, Francia un 8 de febrero de 1828 y desde siempre supo que su destino sería el de transformarse en abogado, como su padre. Esto no quita que a posteriori se imaginara uno de los mitos fundamentales sobre su infancia que lo ubica con sólo 11 años escapando de su hogar e intentando huir en un barco a la India, siendo recuperado por su padre antes de que la nave zarpara, y debiendo confinar sus anisas de aventura a la imaginación. Hoy se sabe con certeza que todo esto no es más que una ficción, pero esto no quita que el joven Julio, que escuchaba las historias de su hermano marinero y se fascinaba con las novelas del estadounidense Fenimore Cooper, tenía una clara inclinación por los viajes y lo exótico.

El mandato, sin embargo, era más fuerte y en 1847, terminado el secundario, fue a París a estudiar derecho. El ambiente de la ciudad fue ideal, igualmente, para desarrollar un interés mucho más profundo por las letras a partir de su frecuentación a diferentes salones literarios. Leyó a Victor Hugo, a los Dumas (padre e hijo, con quienes establecería una relación), a Alfred de Vigny, a Molière y a Shakespeare. Por entonces, hasta escribió sus primeras obras para teatro y estrenó, en 1850, Las pajas rotas, pieza que fue recibida con moderado éxito.

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Julio Verne.
Julio Verne.

 

 

Siempre en paralelo a la carrera de abogacía, a inicios de la década de 1850 también publicó en distintas revistas orientadas a la infancia sus primeros relatos, “Martín Paz”, “Un drama en México” y “Un drama en los aires”, y consiguió un trabajo como secretario en el Theatre-Lyrique de París, pudiendo estrenar allí varias de sus obras. Verne todavía no era un personaje reconocido, pero cada vez más metido en ese ambiente artístico, eligió ir en contra de su padre y rechazar el destino que él le había impuesto para dedicarse a su carrera creativa.

La respuesta de su progenitor, no sorprenderá, no fue del todo positiva y dejó de financiarlo. Desde entonces Verne comenzó a transitar una existencia sufrida. A las necesidades económicas rápidamente se sumaron las dolencias físicas que lo acompañarían por el resto de su vida, y en momentos de gran estrés padecía problemas gástricos que, se cree, podían deberse a una bulimia, e inexplicables parálisis faciales.

En el campo profesional siguió escribiendo y creciendo en importancia, pero en lo personal tenía varias falencias. En 1857, aburrido y decepcionado por incontables relaciones fallidas, se casó con Honorine de Viane Morel, una viuda con dos hijos que había conocido el año anterior. La felicidad conyugal, sin embargo, le fue elusiva. Rápidamente aparecieron otras mujeres y Verne empezó a mostrar también interés por los viajes, partiendo por primera vez a Inglaterra y Escocia en 1959 por invitación de su amigo, el compositor Aristide Hignard. Allí quedó impresionado por lo que vio y, dos años después, en julio de 1861, repitió la experiencia y partió con Hignard a Noruega, sólo para retornar cinco días después de que su esposa pariera a su único hijo, Michel.

Estas experiencias fueron seminales en su carrera literaria, ya que con los relatos elaborados a partir de estos viajes se acercó a Pierre-Jules Hetzel, quien sería su editor de toda la vida. Irónicamente, lo primero que presentó Verne – un manuscrito titulado Viaje en Inglaterra y Escocia – fue rechazado, pero una novela llamada Un viaje en el aire capturó su atención. Hetzel, ya entonces con el ojo agudizado para las posibilidades de éxito de la divulgación en la segunda mitad del siglo XIX, le pidió a Verne que reescribiera el texto de forma más “científica”. El resultado, Cinco semanas en globo (1863), se convirtió en un suceso internacional que suscitó la demanda de más libros de este tipo.

Así fue como Hetzel y Verne desarrollaron la serie Viajes Extraordinarios, una colección repleta de clásicos que comprende la mayoría de su obra conocida y a la cual el autor dedicaría el resto de su vida. Llegó a contar con 62 novelas y 18 nouvelles o novelas cortas con títulos como, por solo nombrar algunos, Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la luna (1865), Los hijos del capitán Grant (1867), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), La vuelta al mundo en 80 días (1873), La isla misteriosa (1874), Miguel Strogoff (1876) y El soberbio Orinoco (1898). Todos estos libros fueron escritos, además, como parte de un contrato que, a partir de la publicación del primer tomo de la serie, Las aventuras del capitán Hatteras (1864), estipulaba que Verne debía realizar dos (tres, a partir de 1865) novelas por año.

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Monumento a Julio Verne.
Monumento a Julio Verne.

 

 

La idea de los viajes y las aventuras – basadas en las experiencias (bastante menos intensas) que Verne desarrolló tras varios años de navegación por las costas europeas en las múltiples encarnaciones de su velero, el Saint Michel – se mantuvo a lo largo de toda la serie. Para dar verosimilitud y atender a la demanda de un público ávido de conocimiento, siempre se esforzó, además, por incluir los avances técnicos y científicos – de los que se mantenía al corriente gracias a su participación en distintas sociedades dedicadas a la investigación de estos temas – como partes centrales de sus relatos. De esta forma, tanto el lector del siglo XIX como el contemporáneo podían y pueden sorprenderse de la forma en la que Verne jugaba con el progreso científico, reflejando el estado del desarrollo al momento de escritura o, incluso, adivinando y anticipándose a lo que la ciencia podía ofrecer a la humanidad.

Aunque su obra inspiraría cientos de adaptaciones a distintos medios y aún hoy es reconocida internacionalmente, como todo autor del siglo XIX, no deja de ser problemática. Ciertamente bastante progresista para su tiempo, con una posición antiesclavista y antimilitarista, Verne no pudo escapar a la inclusión de ciertos elementos racistas y antisemitas en sus novelas. Lejos de meramente señalar los males del pasado desde el futuro, estos aspectos, desde ya incómodos hoy, de hecho, le resultaron problemáticos al autor en su propio tiempo. A modo de ejemplo, se destaca la denuncia que recibió por parte del Gran Rabino de París en 1877, Zadoc Khan, a partir de la publicación del folletín Héctor Servadac, que incluía un personaje llamado Isaac Hakhabut, perfecto estereotipo del judío avaro. La carta enviada a Verne y a su editor aparentemente surtió su efecto, no queda claro si por un verdadero cambio de mentalidad o por una estrategia comercial, y de ahí en más el autor evitó esas descripciones.

Más allá de las polémicas en su obra, la vida personal de Verne también estuvo repleta de dramas. Además de la falta de atención que dedicó a su familia, en 1877, citando como causa la rebeldía, el autor ingresó a su hijo Michel a la Colonia Penal de Mettray. Después de sólo seis meses fue liberado, pero su padre siempre se lamentaría del hecho que no hubiera conseguido un trabajo y en cambio gastar el dinero que él le proveía generosamente. La situación familiar, ya de por si inestable, alcanzó su máximo grado de violencia en marzo de 1886, cuando Gastón, sobrino de Verne, intentó matarlo disparando sobre él. El tirador fue internado en un manicomio, donde quedaría hasta su muerte en 1939, y el escritor se salvó, pero nunca pudieron remover la bala de su pierna izquierda, agregando una cojera permanente a sus constantes problemas de salud.

Hacia el final de su vida, aunque nunca dejó de escribir, especialmente después de la muerte de Hetzel en 1886, Verne se dedicó a la vida política y llegó a ser concejal en el ayuntamiento de Amiens, participando activamente entre 1888 y 1904 en la vida de las instituciones culturales de la ciudad. Recibió todo tipo de homenajes y reconocimientos, pero jamás logró entrar a la Académie Française. Desde su primera postulación en 1876, 37 miembros tuvieron que ser renovados y su nombre nunca se consideró seriamente, lo que llevó a Verne a afirmar, en 1892: “El gran pesar de mi vida es que yo nunca conté en la literatura francesa”.

En este punto, uno se permite disentir. En definitiva, aún con todo lo que se le pueda achacar, Verne se mantiene, a más de 150 años del comienzo de su carrera, como uno de los autores más importantes de la cultura mundial. Tan vasta era su obra que, cuando murió de problemas asociados a la diabetes el 24 de marzo de 1905, su hijo, con el cual había mejorado la relación, publicó siete novelas más del autor (hubo una octava que salió con el nombre de Verne, pero había sido escrita por Michel). A lo largo del siglo XX se dieron a conocer otros trabajos que se habían mantenido inéditos como Paris en el siglo XX (distopía publicada recién en 1994, considerada demasiado oscura en la década de 1860) o la novela de juventud Un cura en 1839 (1992). Finalmente, habiendo cubierto todo tipo de género, el nombre de Julio Verne es reconocido como sinónimo de la novela de aventura y ciencia ficción en todo el planeta. Si todavía no está convencido, la prueba más certera de su difusión es que sus obras han sido traducidas, según el Index Translationum de la UNESCO, a 4751 idiomas, posicionándose solamente por detrás de Agatha Christie, que aún mantiene el primer puesto en importancia con 7236 traducciones.

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Tumba de Julio Verne.
Tumba de Julio Verne.

 

 

 

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