Nacido en Buenos Aires, el 30 de marzo de 1793, y perteneciente a una familia tradicional, Juan Manuel participó activamente en la vida política nacional del siglo XIX.

Manuel Gálvez, en la Vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), refirió: “sus padres son argentino y descienden de familias nobles. Los Ortiz de Rozas – verdadero apellido de su familia paterna – fueron ennoblecidos durante el reinado del Infante don Pelayo. Un tío bisabuelo suyo, el más tarde conde de Poblaciones, fue gobernador de Buenos Aires y presidente de Chile. Su padre fue administrador de los bienes de la Corona; y su abuelo materno, comandante general de la Campaña y jefe de la expedición a las Misiones.

Si su padre es manso y bondadoso, su madre doña Agustina, posee carácter y, en grado máximo, energía”. Y sentenció el autor: “Juan Manuel ha salido a ella”.

A renglón seguido detalló Gálvez un par de anécdotas donde el enfrentamiento del joven Juan Manuel con su madre definió su futuro: “Una vez, siendo una criatura fue encarcelado en un cuarto; y se vengó del castigo levantando las baldosas del piso. Otra vez, ya casi hombrecito, le emplearon en una tienda, oficio distinguido entonces. Como el tendero quisiera hacerle lavar los platos, se negó. La madre pretendió que pidiera perdón al tendero, y, como, como él no accediese, lo encerró a pan y agua. El muchacho falseó la cerradura, se quitó las ropas, y, medio desnudo, se fue a la casa de sus primos, los Anchorena, a vestirse y a buscar trabajo. En un papel decíales a sus padres: Dejo todo lo que no es mío. Y firmaba Juan Manuel de Rosas, suprimiendo el Ortiz y escribiendo su apellido con ese y no con zeta, como lo hará durante toda su vida”.

El autor cierra el párrafo con el categórico: “Ha salido a la madre”.

Intervino en la defensa de Buenos Aires ante las invasiones inglesas. Gálvez agregó: “Cuando los ingleses se apoderaron de Buenos Aires en 1806, él, que apenas tenía once años… tomo parte en la Reconquista, como servidor de una pieza de cañón. El jefe de las tropas, Liniers lo felicitó y le entregó una carta para su madre, en la que elogiaba la “bravura” del chicuelo,“digna de la causa que defendía”. Cuando se preparaba la defensa, se alistó como soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de Migueletes. Combatió en la defensa de la ciudad, y con tanto valor que el alcalde de primer voto, don Martín de Álzaga, escribió a sus padre felicitándolo”. Incluyó el biógrafo una nota al pie en la tercera edición de 1949 donde aseveró: “Un documento publicado recientemente (1948) demuestra que el niño Juan Manuel de Rosas renunció al servicio en el escuadrón de Migueletes el 1° de julio, cinco días antes de la segunda invasión inglesa. Pero – agregó Manuel Gálvez – esto no significa que no combatiera. Pudo abandonar el escuadrón por un disentimiento con alguno de sus superiores o por exigencia de sus padres. Ningún documento, sin embargo, prueba que combatiera. Eso lo sabemos, lo mismo que lo de la carta de Álzaga, pro tradición”.

Posteriormente se dedicó a las tareas del campo, en la instalación de saladeros y en el desarrollo de estancias. Ese mismo joven de gran responsabilidad se hace cargo de la estancia de su padre haciéndola, gracias a su administración, un establecimiento modelo, teniendo como compañera a una también joven Encarnación Escurra de igual coraje y valentía que Juan Manuel.

El casamiento con Encarnación – nacida un 25 de marzo de 1795 - encontró la férrea resistencia de sus padres, especialmente de la madre, imponiéndose la voluntad de los enamorados. Ello significó no sólo el cambio de la letra “z” por una “s” en su apellido, para reafirmar su independencia, sino que devolvió los campos de su padre que tenía bajo su administración y emprendió su propio destino.

Con Encarnación tuvo tres hijos, Juan Manuel, María (falleció muy joven) y Manuelita, que acompañó abnegadamente a su padre. Amén de ello adoptó al hijo de Manuel Belgrano con la hermana de su mujer María Josefa Ezcurra, el cual fue bautizado con el nombre de Pedro Pablo y anotado como huérfano en la Catedral de Santa Fe.

Es así que escribir sobre Rosas me lleva a pensar en un hombre joven, más allá de los retratos y litografías que lo representan como un hombre ya maduro. Fue, efectivamente, un joven vital, decidido, seguro, que se construyó a sí mismo como persona y como figura política, que fue consciente de su época y del rol que debía desempeñar.

De un joven que tuve en el orden y la justicia su norte, sea para encaran el proyecto de instalar saladeros en Buenos Aires, dándole el empuje necesario de actualización y modernidad a la

actividad agropecuaria bonaerense, como el desarrollo de estancias que fueron modelos en su época.

Un joven exigente con los suyos pero que cumplía y demostraba con su ejemplo todo lo que sus gauchos debían hacer. Entendió que con el ejemplo se persuade, principio de conducción, conducción de sus iguales que lo eligieron como su representante, como el sindicalista de los gauchos, quizás el primer sindicalista de estas tierras.

De tal modo dio pie a la más formidable organización de hombres al mando de un joven de 27 años y que cuando los primeros años de independencia nacional devinieron en luchas internas y anarquía encuentran al joven Rosas reestableciendo el orden y dando seguridad a los ciudadanos de Buenos Aires.

Un joven que por acuerdo de los representantes y el voto popular ejerce la primera magistratura provincial de forma ejemplar y al servicio de todo el pueblo, entendiéndose con los jóvenes dirigentes porteños y con los jóvenes caudillos provinciales, planteando un rumbo nuevo a los destinos de nuestra Patria.

Fue ese mismo joven, preocupado por la correcta administración de la cosa pública, formado por sus lecturas de clásicos españoles y de filosofía ética estoica, quien con su ejemplo dio lecciones sobre la condición humana que hoy son más vigentes que nunca.

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