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Joseph L. Mankiewicz, el artesano

Joseph L. Mankiewicz fue un personaje que aseguraba haber roto todas las reglas de Hollywood y, definitivamente, estaba en lo correcto. Aunque revolucionó la forma de narrar y aproximarse a la realización audiovisual, para bien o para mal, se lo ha tendido a empujar a los márgenes de la historia del cine, pero los más de 60 títulos que llevan su nombre son testigos del talento de este gran cineasta.

Joseph L. Mankiewicz fue un cineasta que lo hizo todo – produjo, dirigió y escribió – y que participó en importantísimas producciones de los años dorados de Hollywood, pero cuyo nombre tiende a ser ignorado. Casi todo lo que se ha escrito sobre él tiene una cierta nota de recriminación, en general concentrándose en lo subvalorado que todo su trabajo ha resultado, y es en fechas como esta, cuando se cumplen 26 años de su muerte y 110 años de su nacimiento, que muchos lo redescubren.

No sólo talentoso, sino también inteligente, desde sus primeros años estableció un contacto precoz con el mundo de la alta cultura y el cine, los dos elementos que marcarían su vida. Hijo estadounidense de inmigrantes alemanes, su educación transcurrió tan rápido que para los 15 ya había terminado el secundario, y a los 19, la universidad, de dónde se había graduado con un título en Bellas Artes y en inglés. A los veinte, después de haber pasado una temporada en Berlín trabajando como periodista y como traductor de subtítulos de las películas de la UFA (prestigioso estudio alemán), terminó en Hollywood.

Llegó a Los Ángeles en marzo de 1929 con suerte y con un contacto: su hermano Herman, que trabajaba de jefe de guionistas en Paramount y le consiguió un puesto como escritor. Su primer rol en este estudio “joven”, como él lo recordaría años más tarde, coincidió con la llegada del cine sonoro y consistía en escribir los intertítulos para las películas que, aunque se habían filmado con audio, no podían ser reproducidas aún en la mayoría de los cines del país. Siendo lo suficientemente inteligente para moverse en este momento de vertiginoso cambio, no llama la atención que rápidamente se destacara y que su primer crédito como guionista fuera con la película Fast Company (1929), una comedia. Tan versátil y tan rápido fue su ascenso que, en 1931, con sólo 22 años, obtuvo su primera nominación al Oscar por escribir Skippy (1931), y para 1934 escribió los diálogos en El pan nuestro de cada día (1934), un drama social de la era de la Depresión de King Vidor.

Descontento con la “desorganización” que según él existía en Paramount, en 1934 Mankiewicz comenzó a escribir contractualmente para MGM. Allí llegó a realizar películas como Cuando el diablo asoma o El enemigo público número 1, pero le empezó a interesar tener mayor guion sobre sus guiones y, aunque no era común que un guionista dirigiera, le pidió a Louis B. Mayer que le diera una oportunidad. Convencido de que tenía que “aprender a gatear antes que caminar”, el jefe de MGM lo puso a producir. La carrera de Mankiewicz en ese estudio terminaría siendo impresionante, con unos veinte films a cargo y otras tantas contribuciones como guionista por las que no obtuvo crédito. Así y todo, declaró jamás haberse sentido cómodo en ese rol, llegando a considerar esta época como los “años negros” de su carrera. Esto no quita, por supuesto, que haya realizado producciones de gran relevancia. En estos años Mankiewicz escaló para convertirse en un personaje notable, “amado por todos” según testigos, y produjo películas como Fury (1936), la primera realización de Fritz Lang en Estados Unidos, o los éxitos que revivieron la carrera de Katherine Hepburn, The Philadelphia Story (1940) y Woman of the year (1942), la primera colaboración de la actriz con Spencer Tracy. A pesar de este éxito, la relación entre Mankiewicz y Mayer, aparentemente, terminó mal, por lo que decidió abandonar y partir a 20th Century Fox.

Fue en este estudio, finalmente, donde su talento realmente comenzó a florecer, gracias a la flexibilidad de su contrato, que lo habilitaba a hacer lo que quisiera. Después de producir Las llaves del reino (1944), tuvo la oportunidad de escribir y dirigir por primera vez en el drama de época Dragonwyck (1946), película a la que fue invitado por el productor, su viejo amigo Ernst Lubitsch. A esta experiencia le siguió el noir Solo en la noche (1946) y, luego, preocupado por aprender el oficio de dirección, se puso al frente de tres películas que no escribió, entre las que se destacó La dama y el fantasma (1947). En los siguientes seis años filmó la sorprendente cantidad de 11 películas, la mayoría con guión propio, y sentó un precedente al ser la primera persona en ganar el Oscar a mejor director y mejor guión dos años seguidos, con Carta a tres esposas (1949) y La malvada (1950), respectivamente, transformándose definitivamente en un “autor fílmico”, como él mismo se definió.

Joseph L. Mankiewicz
Mankiewicz con sus dos Oscares por la malvada (1951).jpg

Es posible ver la forma en la que estos años en 20th Century Fox contribuyeron a su mística, especialmente porque en ellos exploró todo tipo de géneros y se preocupó por desarrollar historias que, a diferencia de la mayoría de las películas de esta época, se guiaban por las motivaciones intelectuales, más que emocionales, de los personajes. Para el espectador contemporáneo resulta estimulante ver la forma en la que Mankiewicz se esforzó por retratar a figuras femeninas fuertes y complejas, llegando a señalar él mismo que le resultaba “infinitamente más excitante y gratificante” escribir y dirigir a mujeres que a hombres. Muchos de sus críticos, especialmente a partir del desarrollo de la teoría del autor, le han achacado – más allá de su comentado uso del “flashback” como recurso narrativo – el no haber desarrollado un estilo propio y haber actuado como un mero artesano, algo que, formalmente, podría considerarse como cierto. Sin embargo, la explicación que el propio Mankiewicz ensayó al respecto indicaba que, para él, una película bien dirigida era una que atrapaba e involucraba tanto al espectador con su historia, que éste no llegaba a darse cuenta de que alguien había estado a cargo de la dirección.

Aunque para inicios de los cincuenta era uno de los directores y escritores más celebrados de la industria, después de ganar el Oscar por La Malvada, sin embargo, eligió irse de Hollywood. Definiéndose a sí mismo como alguien que “jamás se dejó ilusionar” por el mundo del cine, Mankiewicz confesó haberse sentido siempre mucho más cerca del teatro, actividad que consideraba como parte de la alta cultura con la cual se sentía identificado. Intentó seguir este sueño y partió a la costa Este de los Estados Unidos para instalarse cerca de Nueva York, pero, excepto por su breve experiencia como director de la ópera La Bohème en 1952, ninguna de las obras que escribió llegó a representarse. El cine, parecía ser, siempre llamaba.

Aunque la década del cincuenta sería especialmente complicada en lo personal debido a la muerte de su hermano en 1955, y al suicidio de su mujer en 1958, en cuanto a lo profesional, los éxitos se siguieron apilando. En 1953 Mankiewicz volvió a Hollywood para comenzar su época más rupturista e hizo Julio Cesar, su versión de la obra de Shakespeare, con Marlon Brando en un rol completamente distinto de los matones que venía interpretando. Dos años después, dio una nueva prueba de su capacidad para encarar cualquier tipo de género con la adaptación fílmica del musical Guys and Dolls (1955), de nuevo con Brando, ahora cantando y bailando. En paralelo, fundó su propia productora, Fígaro, y con ella realizó dos de sus películas más importantes, La condesa descalza (1954) y El americano impasible (1958).

Después de dirigir la adaptación de la obra de Tennessee Williams, De repente el verano (1959), con gran éxito, Mankiewicz se dispuso a escribir un complejo guion basado en las novelas de Lawrence Durell que se llamaría “Justine”, pero suspendió el proyecto cuando fue convocado de urgencia para dirigir la accidentada Cleopatra (1963). Además de llevarle dos años de producción, este tanque protagonizado por Elizabeth Taylor y Richard Burton, no sólo terminaría siendo, con su presupuesto de 40 millones de dólares, la película más cara producida hasta el momento, sino que también resultaría en el fracaso más espectacular de la carrera de Mankiewicz. Para él todo había estado mal desde el principio, y según dijo en una de las pocas oportunidades en las que se refirió a ella, había sido “concebida en una emergencia, filmada en un estado de histeria y terminada en un pánico ciego”.

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Mankiewicz con Elizabeth Taylor.
Mankiewicz con Elizabeth Taylor.

Este desastre lo afectó al punto de mantenerlo alejado de la gran pantalla por unos años, retornando recién en 1967 con The Honey Pot, una película que recibió muchos halagos, pero que significó el principio del fin de su carrera. En un contexto de gran cambio en Hollywood, con la definitiva destrucción del sistema de estudios y el ascenso de las películas de aventura, el cine “intelectual” de Mankiewicz estaba empezando a perder relevancia y sólo dirigiría dos nuevas películas, el western There was a crooked man (1970) y la multipremiada y teatral Sleuth (1972), antes de retirase definitivamente del cine.

En los últimos veinte años de su vida se mostró especialmente desencantado con la dirección que el cine estaba tomando, posicionándose especialmente en contra de películas como Star Wars (1977) o ET (1982). Aunque se sentía como alguien que había sido olvidado y dejado atrás, su nombre siguió siendo reconocido internacionalmente y, en especial, fue revalorizado por los intelectuales y críticos europeos, a quienes dio incontables y detalladas entrevistas hacia el final de su vida.

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