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José de San Martín: intrigas, adversarios y enemigos desconocidos del padre de la Patria

La vida de toda persona que acomete una empresa donde hay fuertes intereses en juego no puede ser cómoda ni desapasionada. Las naciones americanas surgieron del disenso: primero, entre patriotas y realistas; y después, entre pares. Los roles de Carlos María de Alvear y Bernardino Rivadavia.

En nuestra vida cosechamos afectos y rencores, amores y odios. No todos podemos ser queridos todo el tiempo por todo el mundo y menos aún una figura política como San Martín, cuya misión era desmembrar al imperio español en América Latina. Para muchos oficiales españoles era una “mano negra” que no merecía ser estrechada.

Como se da a lo largo de la historia, los odios más acérrimos suelen encontrarse entre los miembros del mismo bando. En las Provincias Unidas, el futuro Libertador tenía dos fuertes opositores, Carlos María de Alvear y Bernardino Rivadavia. En 1812, San Martín y Alvear encabezaron la asonada que concluyó con el alejamiento de Rivadavia del Triunvirato. Si bien a estos dos militares llegados de España los unió un vínculo amistoso, posteriores desinteligencias separaron al joven y ambicioso Alvear de su superior.

Enemigos en Chile

A pesar de su invalorable contribución a la independencia del país trasandino, la figura de San Martin fue criticada por favorecer a O’Higgins como jefe de Gobierno. Los hermanos Carrera, sintiéndose menospreciados, se insubordinaron ante la nueva autoridad. La respuesta de O’Higgins no se hizo esperar, ordenó su fusilamiento y su dolido padre fue obligado a pagar el juicio y entierro de sus hijos.

Manuel Xavier Rodríguez y Erdoíza, audaz patriota chileno, jefe de los Húsares de la Muerte, tomó partido contra O’Higgins exigiendo que el Cabildo de Santiago tomase el poder. O’Higgins hizo apresar a Rodríguez quien murió en un confuso episodio con un tiro por la espalda. No faltaron dedos acusadores que señalaran al Libertador como instigador de este asesinato, aunque San Martín expresó su consternación por la perdida de un valiente como lo fue Rodríguez. El clima político en Santiago se enrareció y aparecieron caricaturas en las que se mostraba al general alcoholizado conduciendo el destino del pueblo de Chile.

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Una  caricatura chilena de 1818 muestra a O´Higgins como asno montado por San  Martín borracho (imagen libro Acuerdos de la Logia).
Una caricatura chilena de 1818 muestra a O´Higgins como asno montado por San Martín borracho (imagen libro Acuerdos de la Logia).

Si bien no se volvieron a cruzar personalmente después del espinoso asunto del puerto de Ancón, cuando el almirante Thomas Cochrane incautó los caudales atesorados en el buque “Sacramento”, para saldar las cuantiosas deudas que el gobierno de Perú mantenía con la Armada que conducía, este continuó ventilando su versión de los hechos, acusando a San Martín por el retraso en los pagos. Estos relatos no solo tenían como intención recuperar su prestigio sino justificar una serie de reclamos financieros por Cochrane a los gobiernos de Chile y Perú, por servicios contratados durante la guerra de independencia.

Enemigos en Perú

En Lima, mientras se desempeñaba como Protector del país que acababa de independizar, fue acusado de querer eternizarse en el poder, más cuando al himno nacional -en la versión compuesta con música de Bernardo Alcedo y letra de José de Torre Ugarte- se incorpora una estrofa laudatoria al general. Algunos oficiales, como los generales Las Heras y Necochea, se alejaron del Perú por discrepancias con el Protector, y otros, como Juan Lavalle, continuaron sembrado rumores sobre las ansias monárquicas de Don José.

Quien más contribuyó en esta campaña de “asquerosa chismografía” -como la llamaba San Martín- fue el posterior presidente peruano José de la Riva Agüero, a quien el general argentino siempre vio con recelo.

Alvear y Rivadavia

En 1824, mientras San Martín estaba en Londres, arribó a esa ciudad Carlos María de Alvear, enviado por Rivadavia. Su misión era entrevistarse con el ministro George Canning. Allí se encontró con el comerciante británico Parish Robertson, a quien había conocido durante su permanencia en Buenos Aires. Organizó una cena e invitó a los dos militares, que hacía años no se veían. También asistió Juan García del Río, quien se desempeñaba como agente del Perú para concretar un empréstito.

Durante el ágape, García del Río afirmó que si San Martín hubiese dado “fuertes palos” en Lima, no se habría visto obligado a abandonar el Perú como lo hizo. Fue entonces que Alvear hizo un comentario al respecto, que disgustó a San Martín. Los viejos contrincantes que hasta entonces habían guardado la compostura se trenzaron en una ardua disputa que pronto fue subiendo de tono, a punto tal que el mismo anfitrión, Parish Robertson, se vio obligado a intervenir, a fin de que las cosas no llegaran a mayores.

Años después, durante la guerra con el Brasil, cuando el Gobierno nacional nombró a Alvear general en jefe del Ejército expedicionario, San Martín le escribió a su amigo Tomás Guido expresando su desaprobación. Cuando se enteró de la renuncia de Rivadavia, el Libertador decidió que era tiempo de volver a servir a su patria, y se embarcó hacia el Río de la Plata, pensando ofrecerse para reemplazar a Alvear. Llegó a Montevideo cuando todo había concluido y no se molestó en cruzar a Buenos Aires, a pesar de la invitación de Lavalle, a quien San Martin no tenía en alta estima.

En 1824, también llegó a Londres don Bernardino Rivadavia, con la misión de gestionar la explotación de las minas de plata de Famatina. San Martín y Rivadavia se habían visto en Buenos Aires, antes de la partida del primero a Europa. A pesar de que se corrían rumores de una orden de arresto contra San Martín, la reunión fue amable al punto tal que el general le regaló la campanilla de la Inquisición de Lima a quien sería el primer presidente argentino.

En Londres, el final del encuentro no fue tan amable. En una reunión social ambas personalidades coincidieron y entre los temas que se tocaron fue la colaboración de los británicos con las excolonias españolas. En un momento de la charla, don Bernardino sentenció: “Solo los necios pueden ignorar que las cortes europeas son refractarias a apoyar las monarquías en América”. El general se sintió ofendido por verse entre “los necios” y le respondió con vehemencia, llamándolo a Rivadavia “teórico petulante”. Sin más, se fue de la reunión, pero San Martín quedó tan malquistado con el tema que al día siguiente le envió los padrinos a don Bernardino, a fin de exigir zanjar las diferencias en el campo del honor. Por una razón u otra, el duelo nunca se llevó a cabo.

Tenemos la falsa impresión de que entre los próceres, los patriotas y entre todos los hacedores de la patria reinaba la camaradería y armonía. Nada más alejado de la verdad. Las naciones americanas surgieron del disenso, primero entre patriotas y realistas y cuando estas diferencias aún no estaban dirimidas, los bandos comenzaron con enfrentamientos entre pares antes de combatir al verdadero enemigo. Siempre reinaron las discrepancias y enfrentamientos. Los conflictos actuales no son nuevos, por el contrario, son tan viejos como la política, solo que ahora tienen la ¿virtud? de la instantaneidad.

La vida de toda persona que acomete una empresa donde hay fuertes intereses en juego no puede ser cómoda ni desapasionada. El choque de valores y criterios lleva al disenso, que en los hombres suele tener ribetes personales, enemistades y hasta odios. Esta característica es parte de nuestra condición humana, y el Libertador no fue una excepción a esta regla.

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