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José Martí en las entrañas del monstruo

Figura destacada de la historia política y literaria cubana, llama la atención que mucho de lo que José Martí (28/1/1853 – 19/5/1895) hizo por su país tuvo lugar en el exilio. De los múltiples lugares que recorrió, sin embargo, ninguno subsiste de forma tan tangible en el imaginario martiano como los Estados Unidos. La relación que él llegó a establecer con este país, en el que pasó 14 años de su vida y al que dedicó muchísima de su literatura, sería considerada bajo distintas luces a lo largo de la historia, pero queda claro que la fascinación y el rechazo convivían en su mirada.

José Martí es uno de los intelectuales cubanos más reconocidos en el mundo y su rol en el desarrollo de la revolución por la independencia hacia finales del siglo XIX es absolutamente inestimable.

Desde muy pequeño se perfiló como escritor y no dudó en poner sus saberes al servicio de la revolución, con la cual entró en contacto primordialmente a partir de la influencia de uno de sus profesores, el nacionalista Rafael María Mendive. Así, en 1869, con la llegada de los primeros levantamientos de lo que sería llamado la “Guerra de los diez años”, Martí publicó algunos de sus primeros poemas dedicados a la causa independentista, a la vez que cofundó dos publicaciones de corta vida afines al movimiento llamadas El diablo cojuelo y La patria libre.

Por llevar adelante estas actividades “antiespañolas”, en 1870 Martí terminó fue condenado a seis años de prisión, de los cuales sólo llegaría a cumplir seis meses. Presa de una grave enfermedad, por pedido de su madre su sentencia fue conmutada a exilio y para enero de 1871 partió a España, donde pasaría los próximos tres años. Allí culminó sus estudios y se recibió de licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras, y, terminada su carrera, retornó a América. Los siguientes seis años fueron años de gran agitación en su vida, y que pasó por varios países antes de retronar a Cuba en 1878, momento en el que se declaró una amnistía general. Por supuesto, debido a su continuo apoyo a la causa revolucionaria, la experiencia terminó siendo breve y a un año de su retorno tuvo que exiliarse nuevamente.

Esta situación, a pesar de las penurias y el vagabundeo que trajo consigo, abrió uno de los períodos más fructíferos en la vida de Martí. Además de desarrollar su obra poética, ensayística y revolucionaria, el cambio más importante quizás fue que por primera vez se podría decir que tuvo un hogar en la ciudad de Nueva York – lugar en el que estableció su residencia permanente por los próximos 14 años de su vida.

Esta elección es de por sí elocuente y, considerando que mucha de su escritura estuvo dedicada a los Estados Unidos, permite entrar en una polémica que existe desde hace casi cien años referida a la relación que Martí estableció con este país. Dependiendo la época, personajes tan dispares como Fulgencio Batista y Fidel Castro se han esforzado por destacar diferentes aristas de esta mirada, por supuesto, para promover sus propios objetivos. Pero lo cierto es que, como suele suceder en estas cuestiones, es muy difícil ubicar a Martí exclusivamente en una postura exclusivamente pro o antinorteamericana por la sencilla razón de que esta no era estanca y con el correr de los años fue variando. Todo esto queda claro en las casi 200 crónicas que él produjo entre 1880 y 1890 para diversos diarios de todo América, destacándose la columna Escenas Norteamericanas – para la cual elaboró 133 artículos – que salía publicada en La Nación de Buenos Aires. La mayoría de estos textos lo ubican como un espectador privilegiado de la realidad estadounidense y, en ese rol, Martí se destacó como interlocutor al transmitir al público latinoamericano lo compleja y diversa que era la realidad en el país del norte.

Desde 1880, cuando estuvo de paso en Nueva York, ya había quedado fascinado con lo que vio y, para cuando decidió instalarse permanentemente en 1881, según quedó asentado en una crónica que escribió para el periódico The Hours, sentía que se encontraba “por fin en un país en el cual todos parecen ser sus propios amos”. A esta mirada positiva sobre las libertades que los Estados Unidos ofrecían a sus habitantes, muy diferente de todo lo que había conocido en Hispanoamérica, se sumaba una admiración por la libertad de expresión total y la capacidad de agencia que era dada a los ciudadanos.

Las crónicas de Martí están repletas de sorpresa y curiosidad frente a una sociedad donde el individuo podía salir adelante solamente a través de su creatividad y su trabajo, principalmente, porque el sistema entero – incluso desde la educación inicial – alentaba la productividad. Todo esto era visto no sólo como deseable, sino también incluso como ejemplar y, más de una vez, el autor llamaba a reformar la realidad latinoamericana para acercarse más a estos ideales.

Sin embargo, lejos de ser una visión puramente celebratoria, las impresiones de Martí también son cautelosas respecto a los males que podía traer acarreada una exacerbación descontrolada de la individualidad. Así, en esta realidad donde el “self-made man” era la norma, él creía que era fácil que la comunidad se perdiera de vista y, por ende, la política pasara a segundo plano. Concedía que esto se podía deber a que, con las comodidades y la estabilidad ofrecidas por los Estados Unidos, los ciudadanos no necesitaran velar constantemente por su preservación, pero ciertamente esto no era algo que emular. En esta línea, soñando con una Latinoamérica capaz de ejercer un juicio crítico sobre su situación, afirmó: “Quiero que el pueblo de mi tierra no sea como este, una masa ignorante y apasionada, que va donde quieren llevarla”.

Esta característica, que él consideraba como la marca de un “pueblo vil”, era algo que el veía absolutamente relacionado con la forma “carnavalesca” en la que se ejercía y se manejaba la política. Porque esta sociedad apolítica tenía su contraparte en una especie de aristocracia que Martí definía como los “ricos de segunda generación”, capaz de manejar la situación para lograr su propio beneficio. Estos personajes, hijos de los pioneros que habían experimentado el ascenso social en carne propia, habían nacido en la riqueza y usaban ese dinero para asegurarse su posición social a través del control de los medios y las elecciones. Esta corrupción de los ideales formulados por los padres fundadores, para Martí, era uno de los peores pecados que los Estados Unidos habían podido cometer. La magnitud de la desviación quedaba demostrada en la persistencia de problemas como el racismo y la discriminación, por la cual la libertad de grandes sectores de la sociedad resultaba coartada.

Así y todo, por lo menos hasta finales de la década de 1880, el saldo frente a los Estados Unidos resultaba en general positivo y, todavía en 1889, aseguraba que “todas las repúblicas e Sudamérica miran a los Estados Unidos como una nación amiga y proverbialmente aluden este país como ‘Madre de Repúblicas’”. Ese mismo año, no obstante, se observa un viraje muy importante en su visión, especialmente a partir de la intensificación de cierto sesgo imperialista que él ya había percibido en la clase política estadounidense y que ahora se dirigía sobre su propia patria.

Martí, por supuesto, nunca había abandonado los ideales revolucionarios y, como presidente del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, hasta había comenzado a involucrarse en la preparación de un desembarco en la isla. Cuando se supo que había resurgido el deseo norteamericano de comprar Cuba, sus esfuerzos no hicieron más que intensificarse al percibir que ahora, a la amenaza española, se sumaba la de Estados Unidos. Los primeros años de la década de 1890 lo encontraron metido de lleno en este debate y, de hecho, intercediendo en defensa de los intereses latinoamericanos, tanto en la prensa como en su actividad diplomática, actuando como cónsul de Uruguay, Paraguay y Argentina en diferentes momentos de este período.

Finalmente, luego de visitar varias giras por las fábricas de cigarros del país para conseguir apoyo de los cubanos exiliados, en abril de 1895 desembarcó en Cuba para luchar por la revolución, muriendo en combate en la batalla de Dos Ríos tan solo un mes después de llegar. Parte de una de sus últimas proclamas, la carta escrita a su amigo Manuel Mercado el día antes de su muerte, puede ser leída como el corolario de su polarización respecto al accionar de los Estados Unidos. Queda claro que la causa cubana, ahora, se había transformado para él en una causa antiestadounidense. Aunque se redoblaba la apuesta, su posición privilegiada le permitía confiar que el resultado finalmente sería la victoria ya que, según indicó: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas: - y esa es mi honda de David”.

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