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José Ignacio Correa de Saa: Historia de un granadero

Este joven mendocino proveniente de una familia distinguida de origen chileno, se sumó al Regimiento de Granaderos a Caballo en 1819 (su hermano José Félix la había hecho tres años antes) cuando ya los jinetes de San Martín habían escrito gloriosas páginas de heroísmo en San Lorenzo, Chacabuco y Maipú.

José Ignacio se embarcó con las tropas que habrían de hacer la campaña al Perú. Lo acompañaban personajes notables como Mariano Necochea, José Valentín de Olavarría, Manuel Isidoro Suárez, los hermanos Aldao (José Felix, José y Francisco), Juan Lavalle y su propio hermano.... jóvenes que se convertirían en héroes legendarios, míticos guerreros que inscribirían paginas gloriosas de la historia de América. Junto a ellos entró a Lima, participó del sitio de Callao, estuvo presente cuando liberaron a los patriotas de las casamatas y conoció la ciudad de los virreyes, sus delicias y las intrigas a la sombra del poder. Participó de todas las batallas libradas durante la campaña del Pacífico, se lució en Junín y Ayacucho, y en las que América se emancipó del yugo español. Volvió al país luciendo las insignias de teniente coronel. Incorporado al Ejército de Observación, hizo la campaña al Brasil, Ombú, Camacuä y Yerbal. Correa de Saa paseó su coraje por Ituzaingó.

El coronel, ya un veterano de mil batallas y el pecho henchido de medallas, volvió a Buenos Aires y se plegó a las huestes de Lavalle peleando contra los caudillos federales. Meses más tarde se unió a las fuerzas de José María Paz en Córdoba.

En 1833 volvió a su provincia y se puso a las órdenes de José Félix Aldao, a quien conocía desde su paso como granadero en Perú. En Mendoza le alcanzaron las intrigas del poder. ¿A quién debía responder? En la maraña política de entuerto y lealtades, quedó apresado Correa de Saa. Su pasado heroico no fue suficiente para evitar la condena de la Legislatura provincial.

Recluido en el Cuartel de Infantería, fue juzgado y condenado a morir fusilado. La ejecución de concretó una fría mañana del invierno de 1835. Las pasadas glorias, el recuerdo de bravura en combates como Chunchanga, el elogio de sus jefes, como Brandsen, Frías y Martínez, quedaron para el bronce con el que poco fue honrado.

Correa de Saa, un argentino más llevado por las luchas intestinas que lo arrastraron a su entrega final.

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