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José Gervasio Artigas, un héroe de las dos orillas.

El 23 de septiembre de 1850, el negro Ansina, su fiel amigo y seguidor, cerró sus ojos. Moría el hombre, nacía el mito.

El 22 de septiembre de 1850, José Gervasio Artigas supo que no le quedaba mucho tiempo de vida. La gente que lo acompañaba quiso llevarlo a casa de Carlos López, pero él se resistió: “Yo no debo morir en la cama, sino montado sobre mi caballo; traigan a Morito que voy a montarlo”.

“Morito te llaman

heroico moro oriental

los patriotas te aclaman

hasta la hora final”.

El 23 al amanecer, el fiel Ansina le cerró los ojos. Una carreta llevó los restos del jefe de los orientales al cementerio acompañado en este último trayecto por Julián Ayala, Alejandro García, Ramón Paz y Benigno López, un hijo del presidente. También estaban presentes dos de sus negros orientales, Manuel Liberto y el fiel Ansina; Artigas fue enterrado en el “tercer sepulcro del número 26 del cementerio general… José Artigas, extranjero”, escribieron en el registro.

Tanto Rivera como Oribe habían defeccionado de la causa artiguista, pasándose uno a los portugueses y el otro a los porteños. Sin embargo, ambos durante sus respectivos gobiernos trataron de usufructuar la figura del patriarca, sin suerte.

La historiografía mitrista se hizo eco de las invocaciones del general De Vedia –suegro de Mitre- no tenía por Artigas la menor simpatía, encono compartido con Vicente Fidel López, acendrado porteñista que veía a Artigas como la peor amenaza para el centralismo de Buenos Aires. La leyenda negra instaurada por el libelo de Cavia sembró de inexactitudes y exageraciones la biografía del Jefe de los orientales. Para Cavia, Artigas fue el nuevo Atila, el lobo bajo la piel de cordero que sembró la anarquía en su tierra. Es verdad que durante los años de su gobierno reinaron el desorden y los excesos por falta de una autoridad competente, fruto de años de guerra y enfrentamientos. Artigas supo actuar con flexibilidad, a veces acariciaba, a veces golpeaba con furia; en ese tiempo de excesos era inevitable un caer en alguno de ellos. Sin embargo, fue ecuánime, actuando con condescendencia cuando así lo creía necesario. A diferencia de muchos de los caudillos que lo sucedieron, no se manchó las manos de sangre derramada innecesariamente.

Lo que nadie puede desdecir es que Artigas fue un visionario, se adelantó 30 años a la organización de los estados americanos en su forma republicana y federal, con libertad de culto e igualdad ante la ley.

El concepto de un estado uruguayo independiente de la Argentina y el Brasil fue una concepción inglesa, la del famoso estado tapón, política que Inglaterra llevó a cabo en todo el mundo (India, Paquistán, Israel, Palestina y territorios africanos)sembrando divisiones arbitrarias que llevaron (y llevan) a guerras y conflictos de difícil resolución. En el caso de la Banda Oriental, la política tuvo un resultado feliz, la constitución de una gran nación como la uruguaya… Pero a no confundir, no fue este el sueño de Artigas. El jefe de los orientales jamás puso en práctica esta idea. El concepto confederado de independencia provincial fue tomado por los historiadores uruguayos en el sentido literal de la palabra. Artigas fue un confederado, jamás un separatista. El quería ser parte de las Provincias Unidas porque de otra forma sabía que poco duraría la independiente uruguaya ante la codicia lusitana. Para él y para los orientales, el Portugal era el enemigo. Buenos Aires fue la hermana descarriada que los abandonó a su suerte.

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Extracto del libro Artigas, un héroe de las dos orillas de Omar López Mato (Editorial El Ateneo)

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