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Jean-Jacques Rousseau

«El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe»

Rousseau era suizo, nacido en Ginebra en 1712 y criado como calvinista. Su padre Isaac era relojero, pero no prosperó en su oficio, ya que era un alborotador, mezclado a menudo en hechos de violencia y en tumultos. Su madre, Suzanne Bernard, provenía de una familia rica y murió de fiebre puerperal poco después de su nacimiento. Ninguno de sus padres provenía del círculo cerrado de familias que conformaban la oligarquía imperante en Ginebra y componían el Consejo de los Doscientos y el Consejo Secreto de los Veinticinco. Pero tenían amplios privilegios electorales y legales, y Rousseau siempre fue muy consciente de su posición superior. Esto lo hizo un conservador natural por interés –aunque no por conocimiento intelectual– y le generó un desprecio por la plebe sin voto que conservó toda su vida.

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 Bibliothèque publique et universitaire de Neuchâtel - ESPACE ROUSSEAU.
Bibliothèque publique et universitaire de Neuchâtel - ESPACE ROUSSEAU.

Jean-Jacques Rousseau fue entonces, de hecho, hijo único, situación que compartió con muchos otros líderes intelectuales modernos. Sin embargo, aunque consentido en algunos aspectos, emergió de la infancia con un fuerte sentido de carencia y –quizás su característica personal más destacada– de autocompasión.

La muerte lo privó pronto de su padre y su madrastra. Tenía aprensión por el oficio de grabados, en el que lo habían colocado como aprendiz, de modo que en 1728 –a los quince años– se escapó y se convirtió al catolicismo a fin de obtener la protección de una tal Madame Françoise-Louise de Warens, que vivía en Annecy. Los detalles de los comienzos de la carrera de Rousseau tal como están registrados en sus Confesiones no son de fiar, pero sus propias cartas y los vastos recursos que provee la inmensa laboriosidad de Rousseau se han utilizado para establecer los hechos más destacados.

Madame Warens vivía de una pensión Real francesa y parece que fue a la vez agente del gobierno galo y de la Iglesia Católica. Rousseau vivió con ella, a sus expensas, durante la mayor parte de un lapso de catorce años que va de 1728 a 1742. Parte de ese tiempo fue su amante; también hubo períodos en que anduvo por su cuenta. Hasta bien entrado en su treintena, Rousseau llevó una vida de fracasos y dependencia, en especial de mujeres.

Intentó por lo menos trece destinos, pero en 1743 se le otorgó lo que parecía el puesto ideal de secretario del embajador francés en Venecia, el conde de Montaigu. Esto duró once meses y culminó con su despido y huida para evitar ser arrestado por el Estado veneciano. Montaigu afirmó –y su versión debe preferirse a la del propio Rousseau– que su secretario estaba condenado a la pobreza debido a su «temperamento vil» e «increíble insolencia», producto de su «insanía» y de «la alta estima en que se tenía a sí mismo».

En 1745 Rousseau conoció a una joven lavandera, Thérèse Levasseur, diez años menor que él, que accedió a convertirse en su amante con carácter permanente. Esto le dio cierta estabilidad a su vida errabunda. Mientras tanto había conocido a Denis Diderot, la figura cardinal de la Ilustración que luego sería el editor de la Enciclopedia.

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Escritos de Rousseau.

Al igual que Rousseau, Diderot era hijo de un artesano y se convirtió en el prototipo del escritor autodidacta. Era un hombre bondadoso y un constante alimentador de talentos. Rousseau le debió mucho. A través de él conoció al crítico literario y diplomático alemán Friedrich Melchior Grimm, que gozaba de prestigio en la sociedad, y lo introdujo en el famoso y pródigo salón del barón de Holbach, conocido como «Le Maître d’Hôtel de la Philosophie».

El año 1750 constituye el momento crítico en la vida de Rousseau. En un destello de inspiración vio qué era lo que debía hacer. Otros concursantes naturalmente defenderían la causa de las artes y las ciencias. Él argumentaría en favor de la superioridad de la naturaleza. Súbitamente, como dice en sus Confesiones, concibió un entusiasmo desbordante por «la verdad, la libertad y la virtud».

La publicación del Discurso sobre las ciencias y las artes no hizo rico a Rousseau porque, pese a tener una amplia circulación y provocar casi trescientas réplicas impresas, el número de ejemplares efectivamente vendidos fue reducido, y los que ganaban con ese tipo de obras eran los libreros. Pero, por otra parte, le permitió ingresar a muchas casas y fincas aristocráticas que estaban abiertas para los intelectuales de moda. Rousseau podía, y a veces lo hizo, ganarse la vida como copista de música (tenía una hermosa caligrafía) pero después de 1750 siempre estuvo en una posición que le permitía vivir gracias a la hospitalidad de la aristocracia, excepto –como ocurría a menudo– cuando elegía organizar disputas feroces con quienes la dispensaban. Tomó por oficio el de escritor profesional.

Siempre fue fértil en ideas y, cuando se lo proponía, escribía con facilidad y bien, pero el impacto de sus libros, al menos durante su vida y por mucho tiempo después, varió notablemente. Su Contrato Social, que generalmente se supone que resume su filosofía madura, comenzado en 1752 y publicado finalmente diez años después, casi no fue leído en vida del autor y hasta 1791 había sido reimpreso una sola vez. Un examen de quinientas bibliotecas contemporáneas reveló que solo una poseía un ejemplar. La investigadora Joan Macdonald, que revisó 1.114 panfletos políticos publicados entre 1789 y 1791, encontró solo doce referencias a la obra. Al respecto señaló: «Es necesario distinguir entre el culto a Rousseau y la influencia de su pensamiento político».

El culto a Rousseau se intensificó en 1762 con la publicación de Emilio, en la que lanzó la miríada de ideas sobre la naturaleza y la respuesta del hombre a ella, que habrían de convertirse en el pan cotidiano de la época romántica, pero que en ese momento eran originales. Además, este libro estaba brillantemente escrito para lograr el mayor número posible de lectores. Pero en un punto Rousseau se pasó de listo. Formaba parte de su creciente atractivo como profeta de la verdad y la virtud de señalar los límites de la razón y aceptar que la religión tiene lugar en el corazón de los hombres. Fue así como incluyó en Emilio un capítulo titulado «Profesión de fe», en el que acusaba a los otros intelectuales de la Ilustración, en particular a los ateos o simples deístas, de ser arrogantes y dogmáticos, «profesando hasta en su así llamado escepticismo saberlo todo».

El Parlamento de París, dominado por jansenistas, objetó seriamente los sentimientos anticatólicos de Emilio, hizo que el libro fuese quemado frente al Palacio de Justicia y libró una orden de arresto contra Rousseau. Se salvó por una oportuna advertencia de amigos en las altas esferas. A partir de ese momento, y durante algunos años, fue un fugitivo. También los calvinistas objetaron el Emilio y, aun fuera de territorio católico, se vio obligado a ir de pueblo en pueblo. Pero nunca careció de protectores poderosos en Gran Bretaña, donde pasó quince meses entre 1766 y 1767, y también en Francia, donde vivió de 1767 en adelante.

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Sobre un punto fue determinante: sufría de una mala salud crónica. Era un «infeliz desafortunado y desgastado por la enfermedad… batallando cada día de mi vida entre el dolor y la muerte». No había «podido dormir durante treinta años». «La naturaleza –añadía– que me ha formado para el sufrimiento, me ha dado una constitución a prueba del dolor a fin de que, incapaz de agotar mis fuerzas, éste pueda hacerse sentir siempre con la misma intensidad».

En una carta a su amigo el Doctor Tronchin, escrita en 1755, se refiere a «la malformación de un órgano, con la que nací». Su biógrafo Lester Crocker escribe después de un cuidadoso diagnóstico: «Estoy convencido de que Jean-Jacques nació víctima de hipospadias, una deformación del pene en la que la uretra se abre en algún punto de la superficie ventral». En su madurez esto se convirtió en un pronunciado estrechamiento que requería el uso de un catéter, lo que agravó el problema tanto psicológica como físicamente. Tenía necesidad de orinar constantemente y esto ocasionaba inconvenientes cuando alternaba con la alta sociedad.

La preocupación constante por su salud, justificada o no, fue el motor que originó la autocompasión que llegó a atraparlo y a alimentarse de cada episodio de su vida. A una edad muy temprana desarrolló la costumbre de contar lo que llamaba se «historia» a fin de despertar compasión, en especial la de mujeres de buena cuna. Se llamaba a sí mismo «el más desdichado de los mortales» y hablaba del «amargo sino que persigue mis pasos». Sostenía que «pocos hombres han derramado tantas lágrimas» y que «mi destino es tal que nadie se atrevería a describirlo y nadie lo creería». En realidad, él lo describió a menudo y muchos lo creyeron, hasta que supieron algo más sobre su personalidad. Aun entonces, con frecuencia quedaba un resto de compasión. Madame d’Épinay, una protectora a la que trató abominablemente, dijo después de desengañarse: «Todavía me siento conmovida por la manera sencilla y original en que relataba sus infortunios». Era lo que en los ejércitos llamaban un veterano, un avezado estafador psicológico. No nos sorprende descubrir que de joven escribía cartas suplicantes, una de las cuales aún se conserva. La dirigió al gobernador de Saboya y en ella reclama una pensión con la excusa de que sufría una espantosa enfermedad desfigurante y pronto moriría.

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Firma de Jean-Jacques Rousseau.
Firma de Jean-Jacques Rousseau.

¿Fue Rousseau capaz de amar a una mujer sin fuertes reservas egoístas? Según su propio relato, «el primer y único amor de toda mi vida» fue Sophie, condesa de Houdetot, cuñada de su benefactora Madame d’Épinay. Quizá la amara, pero dice que «tomó la precaución» de escribir sus cartas de amor de una forma tal que su publicación fuera tan perjudicial para ella como para él. De Thérèse Levasseur, la lavandera de veintitrés años a la que hizo su amante en 1745 y permaneció a su lado treinta y tres años hasta que él murió, dijo que «nunca sentí el menor rastro de amor por ella […] las necesidades sexuales que satisfice con ella eran puramente sexuales y no tenían nada que ver con ella como individuo». «Le dije –escribió– que nunca la dejaría y que nunca me casaría con ella». Un cuarto de siglo después llevó a cabo con ella un seudomatrimonio ante unos pocos amigos, ocasión que aprovechó para hacer un discurso sentencioso en el que declaraba que la posteridad le erigiría estatuas y que «entonces no será un honor vacío el haber sido amigo de Jean-Jacques Rousseau».

En cierto modo, por un lado despreciaba a Thérèse como una sirvienta ordinaria y analfabeta y por otro se despreciaba a sí mismo por juntarse con ella. Acusó a su madre de ser codiciosa y a su hermano de robarle cuarenta y dos camisas finas (no existe ninguna prueba de que la familia fuera tan mala como él la describe). Dijo que Thérèse no sólo no podía leer ni escribir, sino que era incapaz de decir qué hora era y no sabía en qué día del mes vivía. Nunca salía con ella y, cuando invitaba gente a cenar, no le permitía sentarse a la mesa. Ella traía la comida y él «se divertía a sus expensas».

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Museo Jean-Jacques Rousseau.
Museo Jean-Jacques Rousseau.

El retrato más confiable de ella lo brinda James Boswell, que visitó a Rousseau cinco veces en 1764 y luego acompañó a Thérèse a Inglaterra. La encontró «una muchacha francesa pequeña, vivaz, pulcra»; la sobornó para obtener un mayor acceso a Rousseau y se las ingenió para extraerle dos cartas que aquél le había escrito. Lo revelan a él como una persona afectuosa y a la relación entre ambos como íntima. Ella le dijo a Boswell: «He estado veintidós años con Monsieur Rousseau. No dejaría mi lugar ni para ser Reina de Francia». Por otra parte, una vez que Boswell se convirtió en su compañero de viaje, la sedujo sin la menor dificultad. El relato paso por paso de la aventura fue eliminado de su diario manuscrito por sus albaceas literarios, quienes marcaron el vacío como «pasaje censurable».

Rousseau conservaba y hasta estimaba a Thérèse porque ella podía hacer por él lo que los animales no podían: manejar el catéter para aliviar su estrechez, por ejemplo. No toleraba que terceros se entrometieran en sus relaciones con ella.

Thérèse tuvo su primer hijo en el invierno de 1746-1747. No conocemos su sexo. Nunca tuvo nombre. Según dice él, «el mayor esfuerzo del mundo» convenció a Thérèse de que el bebé debía ser abandonado «para salvar la honra de ella», que «obedeció con un suspiro». Él colocó una nota en clave ente las ropas del niño y le dijo a la comadrona que dejara el bulto en el Hôpital des Enfants-Trouvés. De las otras criaturas que tuvo con Thérèse se deshizo exactamente de la misma manera, sólo que, después del primero, ni se tomó la molestia de insertar una nota en clave. Ninguno tuvo nombre. Es improbable que alguno de ellos sobreviviera mucho tiempo. Una historia de esta institución aparecida en el Mercure de France en 1746 deja en claro que estaba abarrotada de niños abandonados, a razón de más de tres mil por año. En 1758 el mismo Rousseau observó que el total había aumentado a 5.082. En 1772 promediaba casi ocho mil. Dos tercios de los bebés morían antes de cumplir el año. Un promedio de catorce cada cien sobrevivían hasta los siete años y, de éstos, cinco llegaban a la madurez, para convertirse en mendigos y vagabundos. Rousseau ni siquiera anotó las fechas de nacimiento de sus cinco hijos y nunca mostró ningún interés por enterarse de su destino, salvo una vez en 1761, cuando creyó que Thérèse se estaba muriendo e hizo un intento superficial, pero pronto abandonado, de utilizar la clave para averiguar el paradero del primer niño.

Rousseau afirma que cavilar sobre su conducta hacia sus hijos lo llevó finalmente a formular la teoría de la educación que expuso en Emilio. También ayudó claramente a dar forma a su Contrato social, publicado el mismo año. Lo que empezó como un proceso de autojustificación personal para un caso particular –una serie de excusas apresuradas, mal pensadas, para un comportamiento que desde el principio debió reconocer como antinatural– evolucionó gradualmente, a medida que la repetición y una creciente autoestima lo consolidaron como convicción, hasta convertirse en la proposición de que la educación era la llave del perfeccionamiento social y moral y, por eso, una cuestión que concernía al Estado.

El Estado debe formar la mente de todos, no sólo cuando son niños –como hizo con la de Rousseau en el orfanato– sino como ciudadanos adultos. Por una extraña cadena de infame moral, la iniquidad de Rousseau como padre fue vinculada con su progenie ideológica, el futuro Estado totalitario.

La confusión siempre ha rodeado a las ideas políticas de Rousseau, porque fue en muchos aspectos un escritor incongruente y contradictorio (una de las razones por las que las ideas de Rousseau han tomado proporciones gigantescas es que los académicos viven de resolver «problemas»). En algunos pasajes de sus obras aparece como conservador, un opositor enérgico de la revolución. «Pensad en los peligros que resultan de movilizar las masas». «La gente que hace las revoluciones casi siempre termina por entregarse a seductores que hacen sus cadenas más pesadas que antes». «No quiero tener nada que ver con conspiraciones revolucionarias que siempre terminan en el desorden, la violencia y el derramamiento de sangre». «La libertad de toda la raza humana no vale el precio de la vida de un solo ser humano». Pero sus escritos también abundan en un rencor extremo: «Odio a los grandes, odio su condición, su rigor, su crueldad, sus principios, su mezquindad, todos sus vicios».

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Una persona como Rousseau creó opiniones encontradas. Hume, que una vez lo creyó «apacible, modesto, afectuoso, desinteresado y de una sensibilidad exquisita», decidió, después de una relación más prolongada, que era «un monstruo que se veía a sí mismo como el único ser importante del universo». Diderot, después de una larga relación, lo resumió como «falaz, vanidoso como Satán, desagradecido, cruel, hipócrita y lleno de malevolencia». Para Grimm era «odioso, monstruoso». Para Voltaire, «un monstruo de vanidad y vileza». Los más tristes son los juicios vertidos por mujeres de corazón generoso que lo auxiliaron, como Madame d’Épinay, y su inofensivo esposo, cuyas últimas palabras a Rousseau fueron: «No me queda nada para vos salvo lástima». Estos juicios no se basaron en las palabras del hombre sino en sus actos, y desde esa época, a lo largo de doscientos años, el enorme material desenterrado por estudiosos ha tendido inexorablemente a corroborarlos. Un académico moderno enumera los defectos de Rousseau, afirmando que era un «masoquista, exhibicionista, neurasténico, hipocondríaco, onanista, homosexual latente afectado por el típico impulso hacia los desplazamientos repetidos, incapaz de afecto normal o paternal, un paranoico incipiente, un narcisista introvertido vuelto insociable por su enfermedad, lleno de sentimientos de culpa, de una timidez patológica, un cleptómano, infantil, irritable y avaro».

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La veneración continuó mucho tiempo después de que sus cenizas fueran trasladadas al Panthéon de París. Para Kant, «su alma tenía una sensibilidad de una perfección inigualada». Para Shelley era un «genio sublime». Para Schiller era «un alma que evocaba a Cristo, para quien sólo los ángeles del cielo son compañía apropiada». John Stuart Mill y George Elliot, Hugo y Flaubert, le rindieron homenaje. Tolstoi dijo que Rousseau y los Evangelios habían sido «las grandes y salutíferas influencias en mi vida». Uno de los intelectuales más influyentes de nuestros propios tiempos, Claude Lévi-Strauss, lo aclama en Tristes trópicos, su obra más importante, como «nuestro maestro y nuestro hermano… cada página de este libro podría haber sido dedicada a él si no hubiera sido indigno de su gran recuerdo».

Todo esto es muy desconcertante y sugiere que los intelectuales son tan poco razonables, tan ilógicos y tan supersticiosos como cualquiera. La verdad parece ser que Rousseau fue un escritor de genio, pero irremediablemente desequilibrado tanto en su vida como en sus ideas. Quien mejor lo resume es la mujer que, según él, fue su único amor, Sophie de Houdetot. Vivió hasta 1813 y a una edad muy avanzada dio este veredicto: «Era lo suficientemente feo como para asustarme y el amor no lo hacía más atractivo. Pero era una figura patética y lo traté con suavidad y bondad. Fue un loco interesante».

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        <p>Ville de <b>Neuchâtel.</b></p><p></p>

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FUENTE: Libro Intelectuales, de Paul Johnson

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