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Intimidad de una Pandemia - Parte XI: "La proyección de la culpa"

En toda pandemia la culpa siempre es ajena, del otro, del vecino. Cuando se desató la feroz epidemia en Filadelfia, el país entero estaba consternado. Como siempre ocurre, el grupo más afectado suele ser el personal de salud. La revista de la Asociación Médica Americana tenía páginas y páginas en letras minúsculas de cientos de obituarios de médicos y enfermeras muertos en cumplimiento de su deber.

Como Albert Camus afirma en su Peste (uno de los libros más vendidos en estos días), la crisis no siempre saca lo mejor del hombre, sólo los hace descubrir lo que es.... y muchas veces se descubren las cualidades menos enaltecedoras.

Es verdad que muchos tuvieron conductas altruistas, pero otros fomentaron el terror, culpando al enemigo de toda una nación, al enemigo que, las autoridades habían señalado como la encarnación del mal: Alemania. Los rumores decían que agentes alemanes habían bajado de submarinos para dispersar la sedición y las pestes. Según distintos medios, Alemania había iniciado la pandemia en Europa y ahora apuntaba a quebrar a los EEUU. En ese momento ni se imaginaban (ni tampoco lo hubiesen creído) que un médico del condado de Haskell fue el primero en describir la sintomatología de esta gripe, que con el tiempo sería llamada española.

El Dr. M. G. Parsons del Departamento de Salud Pública del Servicio de Salud en Starkville, Mississipi, se ufanaba de haber logrado que los periódicos locales "asistiesen a formar una estructura mental propicia en la población" y esa "estructura mental" propiciaba el miedo al enemigo.

"Los hunos (así le decían a los alemanes) asesinaron a inocentes no combatientes diseminando la enfermedad a través de los gérmenes... las enfermedades contagiosas con armas que usan en la retaguardia, en Francia, Inglaterra y ahora los EEUU".

En algunos periódicos los titulares anunciaban"Los alemanes están viniendo, diseminando el virus de la influenza".

La psicosis llegó al extremo que el Departamento de Salud Pública se vio obligada a analizar las partidas de aspirina producida por Bayer, porque decían que podían estar envenenadas.

Cualquiera podía ser sospechoso de diseminar la peste, hasta un vendedor ambulante llamado H. M. Thomas, sin ningún pariente alemán ó relación con esta nación, fue arrestado bajo sospecha de ser un espía que diseminaba la enfermedad. Después de un minucioso estudio de sus antecedentes fue liberado el 17 de octubre, cuando ese día morían 759 personas en Filadelfia. Su cuerpo fue hallado sin vida pocas horas más tarde en la habitación de un hotel con las venas abiertas y un tajo en la garganta. La policía dictaminó que era un suicidio y nadie más volvió a hablar del tema.

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