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Iguales ante la ley

El 21 de enero de 1790, la Asamblea Nacional Constituyente, el grupo de legisladores que sucedieron a los Estados Generales convocados por Luis XVI, dado el lamentable estado de las finanzas, declaró que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, incluyendo al clero y la aristocracia.

La expresión se convirtió en una realidad tan contundente, que exactamente tres años más tarde, el mismísimo Luis XVI subía al cadalso.

En 17 de junio de 1789, y por casi un año, se reunió la Asamblea Nacional, actuando como transición entre los Estado Generales (convocados por el Rey), y la Asamblea Nacional Constituyente. Los Estados Generales habían sido convocados por Luís XVI, a instancias del ministro Necker, para resolver la acuciante situación económica del Reino. Las deudas contraídas por asistir a las colonias americanas a liberarse de Inglaterra, y una serie de factores climáticos que arruinaron las cosechas (fundamental fuente de ingresos del reino) había vaciado las arcas del gobierno.

El Tercer Estado (constituido por campesinos, comerciantes y profesionales), se quejaba de las desigualdades con los dos Estados (el clero y la nobleza), ya que el peso de la recaudación fiscal caía sobre los miembros del campesinado y la burguesía.

Por tal razón, los miembros del Tercer Estado presionaron para cambiar esta desigualdad. El 17 de junio declararon constituida la Asamblea Nacional, bajo la presidencia del astrónomo Jean Sylvain Bailly. La Asamblea era el primer paso para separarse de la aristocracia y el Clero. La nueva Asamblea se alineó con los capitalistas a fin de contar con el crédito necesario para financiar la deuda pública y ocuparse de paliar el hambre que pasaba gran parte de la población.

Sin bien el ministro Necker propuso una Sesión Real, para reconciliar las partes, tuvo poca efectividad esta convocatoria y el Rey para hacer valer su autoridad, y el 19 de julio cerró los claustros donde la Asamblea celebraba sus reuniones.

Al día siguiente, los diputados sorprendidos, se vieron impedidos de acceder a sus lugares de trabajo, a instancias del Dr. Guillotin se reunieron en un edificio cercano a la plaza de La Concordia, en una sala que el Rey y la aristocracia usaban para jugar a la pelota (Jeu de paume). Allí juraron trabajar hasta redactar una constitución. Apenas dos días duraron las reuniones en el Jeu de paume, ya que fueron desalojados. Entonces se reunieron en la Catedral de San Luís de Versalles, donde se les unió el Clero.

El 23 de junio, el Rey les habló a los representantes de los tres Estados y les prohibió que deliberaran juntos, pero prometió algunas reformas impositivas.

Cuando el Rey dio por terminada la reunión, los diputados del tercer Estado se rehusaron a abandonar el recinto, y Mirabeau fue quien tomó la palabra para manifestar que no estaban dispuestos a romper su juramento hasta concluir la Constitución. Ante una nueva invitación a retirarse, Mirabeau desafió al representante del Rey “Solo cederemos ante la fuerza de las bayonetas”. La firme actitud de los diputados, más la unión del Clero y la de los 47 miembros de la nobleza reforzaron la posición de la Asamblea, que el 9 de julio de 1789 se declaró Constituyente, que tomó una serie de medida como las que hoy recordamos (y que nadie debe olvidar): Todos somos iguales ante la ley.

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