Carnal y feroz, libérrima pero pulida hasta el filo de lo esencial, la poesía de Idea Vilariño (1920-2009) mereció pronto en su Uruguay natal el reconocimiento de la crítica y de los lectores, mientras la escritora se transformaba en leyenda, tanto por la calidad de sus libros y la popularidad de sus canciones como por la pasión devoradora que la unió a Juan Carlos Onetti, el autor de El astillero.

Idea —así, por su nombre— es un clásico de la literatura latinoamericana por derecho propio.

Su cuerpo hablaba

“Acuerdo en general con los críticos en el sentido de que no hay que confundir la obra con la vida del artista”, afirma la editora y escritora Valerie Miles. “Pero con Vilariño es muy difícil porque sus poemas salen directamente de su experiencia vital. Su cuerpo hablaba. El asma que le quitaba el aire y el eczema que le quemaba la piel incidieron, seguramente, en la corporalidad de su poesía”.

Tercera de cinco hermanos, hija de un poeta anarquista y de una lectora febril, fue una autora precoz. Sus diarios, hoy en la Universidad de Princeton, registran poemas escritos desde los 11 años. Crítica, traductora, docente, militante de izquierda que distinguía entre la eficacia política de un texto y su valor artístico, integró la generación uruguaya del 45 con Mario Benedetti, Ángel Rama e Ida Vitale, entre otros. Publicó ocho poemarios pero reordenó su obra en cuatro, cuyas ediciones fue aumentando: Nocturnos, Poemas de amor (dedicado en 1957 a Juan Carlos Onetti, quien a su vez le dedicó a Vilariño Los adioses), Pobre mundo (que reúne sus textos políticos) y No, de 1980.

En Idea, el documental de Mario Jacob, es la poeta misma quien define como fundamental la década del 50 y lista comienzos: la enseñanza, la militancia y su amor por Onetti, a quien conoce junto a otros integrantes de la revista Número. “El último hombre del que debí enamorarme”, lo llama. “Onetti estaba acostumbrado a otra clase de mujeres. Siempre le pareció que yo era muy reticente, demasiado dueña de mí misma, muy orgullosa. Y lo era.”

Recuperación de poemas

Él llegó a reclamarle que no lo había querido, que había armado un amor intelectual para la historia de la literatura; ella, que jamás la había conocido. Se propinaron libros, crueldades y un sinfín de adioses, que cumplieron a medias (¿cómo quitarse de un contrincante así?), hasta la muerte de Onetti, en Madrid, en 1994. Para entonces ella se había casado y divorciado del ensayista Jorge Liberati (a quien le llevaba más de 20 años) y Los Orientales, una de sus canciones, se había convertido en himno de la recuperación democrática uruguaya.

Hipnótica y facetada como un diamante, la voz de Vilariño subleva desde los rescoldos. “Dónde el sueño cumplido / y dónde el loco amor / que todos / o que algunos / siempre / tras la serena máscara / pedimos de rodillas”, escribía en 1970. Aunque solo podría haber sido escrita por una mujer, leer esta obra desde el género sería perder parte de sus resonancias, advierte Valerie Miles. Va más allá. “Se dice en Uruguay que Idea es como el mito Garbo. Y claro, para eso hay que ser como Garbo: estar y no estar a la vez. Vilariño trabajaba con la carnalidad y quien conoce el deseo sabe que tiene que ser inalcanzable”.

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