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Ibarguren, el último de los precursores

Con su biografía de Rosas publicada en 1930, Carlos Ibarguren contribuyó a preparar el terreno para la revisión integral del pasado argentino. Toda su trayectoria pública fue la de un converso.

El revisionismo histórico argentino, ese influyente movimiento intelectual nacido a mediados de la década de 1930, reconoce precursores y abanderados. Los integrantes de la segunda categoría escribieron las obras que afincaron esa corriente en la historiografía nacional, nombres que dejaron una huella que no es difícil de rastrear hoy en día. Menos recordados, en cambio, son quienes les abrieron el camino, aquellos pioneros que desbrozaron el terreno para el avance de los que venían detrás. Autores como Adolfo Saldías, Ernesto Quesada o Manuel Bilbao. Y también el doctor Carlos Ibarguren, una figura clave en la transición entre las dos etapas historiográficas.

Nacido en 1877 en la provincia de Salta, Ibarguren pertenecía a una familia de ilustre prosapia colonial y patriota. Las ramas de ese árbol genealógico ("cuyas raíces se hunden profundamente en la madre patria", según escribió en sus memorias, La historia que he vivido) lo vinculaban con el general Güemes y el general Arenales y alcanzaban por vía materna a los Uriburu, tan entrelazados a partir de mediados del siglo XIX con la política y las armas del país.

Desde muy joven, por lo tanto, Ibarguren sintió que la historia grande llamaba a su puerta. Visitantes habituales de su casa eran Ricardo Gutiérrez (el médico de la familia) y Eduardo Wilde, mientras que alguna vez pudo cambiar palabras con un Sarmiento anciano y sordo. Todos ellos eran amigos y conocidos de su padre, Federico Ibarguren, quien entre 1868 y 1890 fue senador nacional, juez federal, interventor en Jujuy y, por último, ministro de la Corte Suprema de la Nación.

Tanta cercanía con la oligarquía gobernante no iba a resultar inocua para el futuro precursor del revisionismo. Carlos Ibarguren era apenas un estudiante de Derecho cuando en 1897 fue llamado a servir como secretario privado del ministro de Hacienda de Uriburu. Continuó en el cargo durante la segunda presidencia de Julio A. Roca (1898-1904), en el comienzo de una carrera pública que incluiría las funciones de secretario de la Corte Suprema y ministro de Justicia e Instrucción Pública durante la gestión de Roque Sáez Peña, y, en 1922, la candidatura presidencial por el Partido Demócrata Progesista.

EL LIBRO

Esos eran los antecedentes que tenía Ibarguren a principios de la década de 1920 cuando, al frente de la clase de historia que dictaba en la Facultad de Filosofía y Letras porteña, empezó a dar un curso sobre "la personalidad y acción de (Juan Manuel de) Rosas y su época". Iniciado con repercusión modesta en un aula común, a la tercera lección la asistencia al curso se había cuadruplicado y obligado a un traslado al aula magna de la institución. Aquellas lecciones fueron el origen de Juan Manuel de Rosas: su vida, su drama, su tiempo (1930), el libro en el que Ibarguren pretendió revisar para su época la figura del Restaurador de la Leyes sin las pasiones ni los prejuicios del siglo anterior.

En esa obra Ibarguren esbozó el retrato íntimo de Rosas, lo estudió como líder político, espigó su correspondencia (aunque sin el detalle con que más tarde lo haría Julio Irazusta) y rastreó su imagen en la impresión que había dejado en observadores extranjeros de visita en el país. Catalogó defectos y analizó virtudes con un evidente esfuerzo por alcanzar la imparcialidad, y todo con una escritura reposada y concisa que no ha perdido encanto con el paso del tiempo.

El Rosas que surge de su pluma es en esencia un dirigente conservador formado en la vida del campo, un constante enemigo de la anarquía y de los "logistas" inspirados en el liberalismo europeo, un escéptico ante las jornadas de mayo de 1810 y el decenio posterior de enfrentamientos internos. Ese Rosas, apunta Ibarguren, nunca pudo aceptar el espíritu revolucionario dominante en su tiempo, movido como estaba por la "idea central de que la revolución había traído el desorden y el caos" al país.

Evaluado como político, Rosas era "previsor y cauteloso, no procedía sin plan meditado de antemano y adaptable a las circunstancias del momento".

Modos muy diferentes de los de su esposa, Encarnación Ezcurra, quien, dicho sea de paso, formó con Rosas una pareja política harto parecida a la que un siglo después encarnarían Perón y Eva Duarte, otros consortes de temperamentos opuestos.

"La resistencia taimada, la duplicidad en obras y en palabras, el cálculo receloso, el rencor frío y callado del marido -señala Ibarguren-, contrastaban con la arrebatada franqueza, el proceder instintivo, la verba candente y la impetuosa lealtad de la mujer dispuesta siempre a servir hasta el sacrificio a su "compañero querido"".

ECUANIMIDAD

Párrafos como el anterior revelan que Ibarguren no intentaba ser el panegirista de Rosas. Pero tampoco su inquisidor. Casi en cada página del libro puede registrarse su intención de avanzar con ecuanimidad para comprender al personaje sin apresurarse a condenarlo. Incluso cuando repasa los momentos más terribles de su liderazgo.

Así, no se priva de tacharlo de "dictador olímpico" tras su segunda ascensión al poder en 1835 con la suma del poder público, ni de mencionar las ejecuciones y delaciones de la Mazorca y el "envilecimiento" general de la población. Pero sitúa todo en un contexto. "¿Cómo y por qué nace la dictadura? -se pregunta-. Ella es siempre consecuencia de la anarquía: si ésta es puramente superficial, aquélla es ocasional; pero si el desconcierto es profundo la dictadura es trascendental".

Luego agrega: "El poder omnipotente ejercido por Rosas -previsto por el general San Martín años antes, sin imaginar quien sería el dictador- fue el resultado necesario de la anarquía producida por la revolución de Mayo...Los campesinos alzados por sus caudillos proclamando la defensa de la religión y de la república, de la federación y del americanismo, se rebelaron contra la ciudad donde se encerraba la minoría culta, el grupo universitario, centralista y liberal, el patriciado aristocrático, la influencia europea...Rosas interpretó y dirigió, como jefe supremo, este gran movimiento; por eso su dictadura fue trascendental...".

En ese modo de expresar el enfrentamiento entre federales y unitarios, tan proclive a comprender y justificar a los primeros por sobre los segundos, Ibarguren condensaba la tarea que años después habrían de imponerse los autores del revisionismo histórico, quienes tomarían a Rosas como el personaje central en torno del cual debía reexaminarse toda la historia nacional. Pero si revisionistas como los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio o José María Rosa retrocedieron al pasado para explicar el origen de un presente que repudiaban, Ibarguren, su inmediato antecesor, hizo el camino inverso.

La experiencia de los primeros gobiernos radicales, la progresiva reivindicación de la figura de Rosas emprendida en esos años y su propia biografía del líder federal habían acercado a Ibarguren a las posiciones de quienes impugnaban en bloque el "régimen individualista" al que por tanto tiempo él mismo había servido. Al igual que los demás revisionistas, Ibarguren fue un converso. Y ese cambio de ideología no sólo se manifestó en libros.

También tuvo expresión en su apoyo explícito al golpe militar del general José F. Uriburu que en 1930 derrocó a Hipólito Yrigoyen, hecho que calificó de "explosión de nacionalismo" y "reacción iracunda contra la demagogia", y en su función como interventor federal en la provincia de Córdoba, desde donde promovió -sin éxito- una reforma constitucional y del sistema electoral que cambiara la "democracia individualista" por la "democracia social o funcional".

Pronto la "revolución" de Uriburu habría de sucumbir ante la línea legalista del general Agustin P. Justo que, según Ibarguren, propiciaba "volver a la normalidad constitucional bajo el sistema de siempre, de los partidos y sus comités". Fue un fracaso político, es cierto, pero también un triunfo intelectual para sus ideólogos: todo el primer revisionismo histórico argentino nacería de esa frustración.

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