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Honrar la vida: Albert Schweitzer

Aunque a algunos la expresión Honrar la vida nos evoque a la canción de Eladia Blázquez, la frase pertenece a uno de los más notables personajes del siglo xx, el músico, teólogo y médico alemán Albert Schweitzer. Cuando murió en 1965, el mundo entero lamentó su deceso, desde los estudiantes japoneses hasta los intelectuales europeos, pasando por el gran público americano, emocionado por su misión humanitaria en África. Su muerte fue llorada por comunistas y liberales, católicos y protestantes, pobres y ricos. Schweitzer fue ungido por la prensa como el beato laico del siglo xx que ejecutaba la música de Bach como un ángel y discutía la vida y las enseñanzas de Cristo con teólogos y filósofos mientras curaba nativos en medio de la selva africana.

Schweitzer era el pensador devoto de Kant que intentaba orientar al superhombre de Nietzsche hacia una caridad mejor comprendida, de la que él era el mejor ejemplo. De esta forma construyó un sistema filosófico basado en este concepto de reverenciar la vida, no solo la humana, sino también la animal. Respetaba la naturaleza, simple y espontáneamente. Lejos de las vanidades académicas, él vivía para “convertir su vida en el mejor ejemplo”.

Sin embargo, este brillante académico fue un alumno menos que mediocre en su juventud. Los Schweitzer (que significa “suizo”) probablemente hayan llegado a la Alsacia después de la Guerra de los Treinta Años, huyendo de las estrecheces helvéticas (porque vale recordar que Suiza hasta mediados del siglo xix fue un país muy pobre, fuente de mercenarios que pelearon las guerras civiles de los países vecinos; su último baluarte es la Guardia Suiza del Vaticano).

Alsacia es una zona de campos fértiles y suaves colinas que desde hace siglos han sido disputadas por franceses y por alemanes. En 1875, cuando nació Albert Schweitzer, pertenecía al Imperio alemán. De haber nacido cinco años antes, hubiese sido francés; de hecho, el primo de Schweitzer, Jean Paul Sartre, lo era. Entre los Schweitzer abundaban los pastores luteranos, al igual que en la familia de su madre, los Schillinger de Mühlbach. Albert parecía predestinado a seguir la tradición de sus ancestros, aunque sus frecuentes tropiezos educativos hicieron pensar a sus padres que poco podían esperar de él, más cuando se pasaba el día soñando con países lejanos y con una vida que no lo atase a cánones académicos. La perseverancia de sus tíos, con quienes vivió durante el tiempo que concurrió a su formación secundaria, fue modificando sus escasas ambiciones educativas para convertirlo en el intelectual que movilizó al mundo con su ejemplo.

Alsacia era una provincia esencialmente católica donde la Iglesia cedía sus templos unas horas por semana para que los luteranos locales pudiesen practicar su culto. Esta falta de espacio concreto en un lugar que estaba entre un país y otro, entre la planicie y la montaña, entre el catolicismo y el protestantismo, nos tienta a plantear una explicación plausible a los múltiples intereses de Schweitzer y a su idea de creer que todo sitio y todo momento es adecuado para adorar al Creador.

Nietzsche, Kant y Jesús poco parecen tener en común, sin embargo, fueron las fuentes a las que Schweitzer recurrió para construir un sistema filosófico y humanitario que antepuso el respeto a la vida en todas sus formas a cualquier otro valor en la escala deontológica.

Como dijimos, Albert Schweitzer era primo del filósofo Jean Paul Sartre. De los mismos genes habían brotado dos vertientes contrarias del pensamiento, aunque ambos tuviesen en común una apertura de mente que los hacía permeables a nuevas ideas y una exaltación de la vida. Para ambos primos lo único cierto era la existencia, aunque para Sartre nunca se podía estar seguro de su sentido. Para el francés la vida era fútil y estresante; para el alemán, todo era agradecer al Señor y ayudar al prójimo. Ambos eran existencialistas, aunque Schweitzer nunca se encadenó al término.

Había treinta años de diferencia entre los primos, razón por la cual Sartre lo llamaba a Schweitzer “tío Al”. Jean Paul describe a sus parientes, los Schweitzer, como “ruidosos, apasionados y entusiastas”, aunque estas palabras ocultasen cierto desdén por los primos y tíos que se expresaban en voz alta usando el dialecto alsaciano al que Jean Paul no estaba acostumbrado.

Fue esta una familia notable que dio al mundo dos premios Nobel, aunque el conflictuado y conflictuante Jean Paul se diese el gusto de rechazarlo.

Desde chico, Albert se interesó en la música de órgano, instrumento que su padre ejecutaba. Con el tiempo se convirtió en uno de los expertos en construcción de ese instrumento en Europa y especializado en ejecutar la obra de Bach.

Schweitzer se doctoró en Filosofía en la universidad de Estrasburgo y realizó estudios en la Sorbona y en Berlín. En 1900 se recibió de teólogo y publicó un libro sobre la vida de Jesús, muy discutido en su tiempo, donde analizaba a Cristo desde una perspectiva psicológica como un judío entre gente de su misma religión, y no el revolucionario creador de un culto. Para Schweitzer, Jesús era un hombre de su tiempo.

A lo largo de este texto y en los que le siguieron, Schweitzer se muestra como alguien que desea creer, pero que está envuelto en un espíritu escéptico, una especie de Santo Tomás que quiere tocar las heridas de Cristo.

Años más tarde afirmaría: “Jamás entenderé nada sobrespiritual… y por lo trascendental tampoco lo puede entender”. En realidad, su formación kantiana de filósofo racional primó sobre el teólogo.

Hombre de múltiples intereses, Schweitzer encontró su destino leyendo una revista de la Sociedad de Predicadores parisina, donde advertía sobre la escasez de médicos en la colonia francesa de Gabón. Su siguiente sermón sintetizó su pensamiento: “Debemos atender los terribles crímenes que leemos en los diarios, pero más aún aquello que no leemos”. Se refería a los excesos que el hombre blanco cometía en África con la excusa de una hipotética superioridad sobre la gente de color.

Fue justamente ese año de 1905 cuando anunció a su familia el comienzo de sus estudios de Medicina. Como confesó entonces, “quería trabajar con sus manos después de años de trabajar con palabras”. No solo debía predicar la religión del amor: era necesario ponerla en práctica, y la mejor forma de llevar la palabra de Dios era asistir a sus feligreses a vivir mejor.

La noticia no fue bien acogida por familiares y por amigos. ¿El filosofo, el músico y el teólogo quedaban postergados? ¿Acaso ese talento quedaría enterrado en la selva africana? La única que apoyó su iniciativa fue una amiga llamada Helen Bresslau, quien con los años se convertiría en la señora Schweitzer.

Para cumplir su misión, Albert estudió Medicina por ocho años, y se especializó en Enfermedades Tropicales y Cirugía. Curiosamente, cuando se presentó a la Sociedad de Predicadores, fue rechazado con el argumento de que un intelectual podía llevar confusión a las ideas primitivas de los nativos; preferían un discreto predicador a un torbellino de pensamientos. Este rechazo no desalentó a Schweitzer y, con la ayuda de su esposa (que se había graduado de enfermera), recaudó los fondos para mantener la misión en Gabón. Su propuesta y su determinación cambiaron la opinión de los miembros de la Sociedad y, en marzo de 1913, pocos meses antes del comienzo de la Gran Guerra, viajó a África.

Lambaréné, un perdido villorrio africano terminaría siendo conocido en todo el mundo por la tarea humanitaria de Schweitzer.

Sin embargo, su nacionalidad alemana (como vimos antes, un accidente geopolítico) lo obligó a suspender la atención en la colonia francesa y fue conducido a un campo de prisioneros en los Pirineos y meses después recluido en el campo de Saint Remey. En 1918 los Schweitzer volvieron a Alsacia, donde nació su hija Rhena. La aventura africana parecía haber terminado, pero estos inconvenientes no podían torcer la voluntad de un hombre como él; su futuro estaba en África y hacia allá se dirigió.

Remontando el río Ogowe, en medio de un paisaje imponente, Schweitzer encontró la frase que alumbró su vida. “Reverenciar la vida […]. Debemos recuperar la conciencia de la gran cadena de la vida […]. Debemos entender el valor de la creación”, escribió años más tarde contando el desarrollo de sus ideas y la historia de su épica médica.

Cuando Albert Schweitzer volvió a Lambaréné (actual Gabón) en 1924, dejó en Alemania a su esposa e hija. África no era un lugar para criar una familia, más cuando Helen Breslau padecía serios problemas de salud.

La hija del matrimonio, Rhena, creció lejos de su padre, al que veía las veces que este volvía a Europa, generalmente a fin de recaudar fondos para su clínica en Lambaréné, dando conferencias y conciertos de órgano. Sin embargo, apenas pudo, Rhena viajó a África para trabajar con su padre, quien la nombró administradora del Hospital. Allí conoció a un doctor americano, David C. Miller, voluntario para trabajar bajo las órdenes de Schweitzer. Rhena y David de casaron y vivieron en Georgia, Estados Unidos. (Rhena murió en 1997).

Con los años la paciente tarea de Schweitzer se conoció en todo el mundo; los periodistas acudían a su hospital para ver la tarea humanitaria de este hombre colosal. A quien lo fuera a visitar le decía que cada persona debería tener su propio Lambaréné y que su labor era el mejor argumento para apoyar sus ideas y creencias. En 1953 recibió el Premio Nobel de la Paz. Dado su prestigio y a pesar de haberse mantenido fuera de discusiones políticas a lo largo de los años de guerra, en 1957 hizo pública su Declaración de Conciencia en Oslo, donde expuso los peligros de la guerra nuclear.

Su concepto de honrar la vida le ganó un lugar en la historia de la humanidad; predicó con la palabra y el ejemplo. Su amigo Albert Einstein (fallecido en 1957) lo instó a continuar su lucha por la paz. La relación con Einstein fue muy estrecha, a punto tal que cuenta que una vez Schweitzer viajaba por Estados Unidos, y unos jovencitos, algo despistados por los alborotados cabellos blancos de Schweitzer, lo confundieron con Einstein y le pidieron un autógrafo. Para no defraudarlos, tomó el papel y escribió: “De Albert Einstein, por su amigo Albert Schweitzer”.

En 1958, meses después de la muerte de su esposa y un año después de las declaraciones antinucleares en Oslo (que fueron censuradas en algunos países), el doctor Linus Pauling (dos veces galardonado con el Premio Nobel de Medicina) llevó a las Naciones Unidas una petición para impedir la proliferación de armas nucleares firmada por Schweitzer, entre otros 9235 científicos, filósofos y pensadores.

En 1962, durante la crisis de los misiles cubanos, cuando el ministro de defensa norteamericano McNanara amenazó con usar armas nucleares, Schweitzer le envió una carta personal al presidente John F. Kennedy, en la que instaba al desarme.

Albert Schweitzer era un hombre multifacético, pero estricto; solo con este carácter se pudo hacer esta tarea en condiciones adversas como las que le tocó vivir. Las personas bajo sus órdenes dan testimonio de sus condiciones de mando. No siempre era el hombre sonriente que aparece en las fotos, sin embargo, era un hombre de gran sentido del humor.

En 1905 debió ejecutar un concierto ante los reyes de España. Para la oportunidad mandó a confeccionar un frac que utilizó en aquella ocasión y con posterioridad solamente en otras dos oportunidades: para recibir el Premio Goethe en 1928 y el Premio Nobel en 1953. ¡Solo un hombre de conducta férrea puede usar el mismo traje por 50 años! Cuando terminó el concierto ante los reyes de España, el monarca se acercó para preguntarle qué tan difícil era tocar el órgano, a lo que Schweitzer contestó: “Tan difícil como gobernar España”.

“Entonces —dijo Alfonso XIII—, usted debe ser una persona muy valiente”

El rey tenía razón.

Albert Schweitzer murió en Lamberéné en 1965.

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