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Honoré de Balzac: hacia un catálogo de la humanidad

Autor de un ambicioso proyecto literario/sociológico titulado La Comedia Humana – que incluye más de 90 títulos, algunos muy conocidos como Eugenia Grandet o Papá Goriot – Honoré de Balzac terminó por ser considerado como un pionero del realismo y uno de los más grandes novelistas del siglo XIX.

Honoré de Balzac es uno de esos tantos escritores decimonónicos que, en el mundo de la academia, se disputan el título de creador de la novela moderna. Pero, si sólo se puede elegir a un autor, de todas las opciones considerables él es sin duda uno de los candidatos más fuertes por haber revolucionado el concepto de la novela con su ambicioso desarrollo de La Comedia Humana.

Antes de llegar a este punto, sin embargo, queda claro que la grandilocuencia de Balzac estaba fundada sobre bases bastante débiles. Había llegado al mundo, como hijo de una familia arribista burguesa, el 20 de mayo de 1799 sin el “de” entre su nombre y su apellido – ese llegaría después cuando quisiera sonar más aristocrático. En los primeros años de su vida, simplemente, se tuvo que contentar con ser un hijo poco querido. Su padre era un hombre mayor que había trabajado toda su vida para ascender socialmente y llegó a ser ministro de Luis XVI y de Napoleón; su madre, una jovencita 32 años menor que su marido, casada con él por arreglo. En este contexto, entonces, llama poco la atención que fuera criado por una nodriza y que luego pasara la mayor parte de su infancia como pupilo en un colegio de oratorianos en Vendôme. No se destacó para nada en sus estudios y, alumno malo como era, sus padres lo hicieron circular por varios institutos y tutores hasta 1816, cuando estuvo en edad de ir a la universidad a estudiar derecho a la Sorbona.

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Honoré de Balzac joven.
Honoré de Balzac joven.

El destino del joven Balzac, de todos modos, estaba por pegar un volantazo. Lector ávido y voraz (se dice que tenía la capacidad de entender de a 7 u 8 líneas con un solo golpe de vista), mientras cursaba sus estudios en 1819 se le ocurrió que quería ser escritor. Jamás había mostrado capacidades en este sentido y su padre, que justo se había retirado y estaba planeando recortar sus gastos mudando a la familia a Villeparisis, terminó haciendo el esfuerzo para mantener a su hijo en París.

Ahora con la condición de mostrar algún tipo de progreso en materia literaria en los siguientes dos años para no perder el sostén parental, Balzac intentó encontrar su propio camino en el mundo de las letras sin éxito. Tras algunas pruebas en el campo de la filosofía traduciendo a grandes maestros, y del verso, con la redacción de la fallida tragedia épica Cromwell (1820), eventualmente se decidió por dirigir sus esfuerzos hacia el único lugar donde un escritor podía ganar plata fácil: los gabinetes de lectura. Estos establecimientos, que por un pequeño precio habilitaban al público a leer diversos materiales, estaban siempre demandando novedades, preferentemente de tipo escapista, y Balzac pronto se encontró redactando relatos románticos y vagamente históricos a una velocidad impresionante. Malo para los negocios, aunque intentó emprender nuevas carreras por fuera de la producción de estos textos, en su juventud estuvo crónicamente necesitado de dinero. Apresado por sus deudas varias veces y sin poder contar con su padre, entre 1822 y 1827 tuvo que dedicarse casi exclusivamente a producir lo que Balzac denominó “porquerías literarias”, siempre preocupándose de emplear pseudónimos para no quedar asociado a ellas.

A pesar de todo, a finales de la década del veinte las cosas empezaron a mejorar. Gracias a la ayuda económica y el aliento que recibió de Laure de Berny – una madre de un amigo suyo que había devenido en su amante – hacia 1829 Balzac empezó a perfilar un nuevo tipo de trabajo literario. En 1829, además de redactar una de sus primeras producciones exitosas sobre costumbres, el escandaloso Fisionomía del matrimonio (editada con “un soltero” como autor), elaboró una novela titulada Les Chouans. Esta obra, la primera que firmó con su nombre real, seguía muy de cerca el modelo narrativo creado y popularizado por Sir Walter Scott en sus obras históricas y, además, agregaba un intenso trabajo de investigación que servía para destacarla de las novelas ligeras de los gabinetes.

Con ambos libros Balzac de repente saltó a la fama y se ganó el favor de los círculos literarios y de las clases altas parisinas. Ya por entonces empezó a vivir a lo grande y a dejarse llevar por sus pulsiones amorosas que tanto revuelo causarían, pero en su carrera como escritor, a inicios de los treinta, también se perfiló tímidamente una suerte de programa. Después de la edición del suceso Piel de zapa (1831), se había ido gestando también una suerte de compendio de textos para la prensa y de ensayos que se agregaron a sus primeros trabajos sobre costumbres y se reunieron en un volumen titulado Escenas de la vida privada. Esta unión temática, que luego se expandió con una nueva clasificación llamada Escenas de la vida provincial a partir de la publicación de Eugenia Grandet (1933), catalizó en Balzac la idea de lograr una suerte de novela total, capaz de describir la realidad completa.

Inspirado por los trabajos de Georges Cuvier, Étienne Geoffroy Saint-Hilare y, especialmente, la Historia Natural de Buffon, partió del principio casi científico de que deben existir “Especies Sociales como hay Especies Zoológicas”, con la diferencia de que las primeras son mucho más variadas que las segundas. Con el privilegio que el sentía que le daba su rol de intelectual como observador de la sociedad, Balzac decidió llevar adelante un programa literario que, usando el realismo como herramienta, le permitiera categorizar a estos sujetos a través de diversos trabajos. La unión de todas estas obras distintas se lograría, desde la escritura de Papá Goriot (1835) en 1834, a través de la novedad que representó decidir que los mismos personajes reaparecieran en novelas totalmente distintas. Así, pudiéndose leer casi como una saga que invita a asomarse en la realidad francesa de la primera mitad del siglo XIX, Balzac terminó por concebir la totalidad de su obra como un único libro extenso que, a partir de 1842, decidió bautizar La Comedia Humana.

Este ambicioso trabajo, para el cual el escribía casi sin parar entre 15 y 18 horas por día animado por su amado café, terminó reuniendo 90 volúmenes de narrativa en distintos géneros, elaborados a lo largo de veinte años, que incluyen casi toda su obra, excepto por los relatos de Cuentos Libertinos y sus novelas de juventud. Eventualmente, el programa dictaminó que las novelas estarían divididas en tres grandes secciones – Estudios de las costumbres (la más voluminosa, con seis subsecciones), Estudios filosóficos y Estudios analíticos – que le permitirían estudiar los efectos y las causas de las presiones sociales en la configuración de los distintos tipos de seres humanos. Como queda claro, ya desde el título, elegido en referencia a la Divina Comedia, Balzac proponía cambiar el recorrido teológico del Dante por uno sociológico, dónde él ahora adoptaba el rol de guía capaz de aclarar los misterios de la condición humana.

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Aún manejando este nivel de intensidad en su trabajo, en su vida personal Balzac también vivió a lo grande. Siempre obsesionado con ser rico y con ser famoso, aunque era exitoso, gastó su dinero indiscriminadamente, se llenó de deudas y tuvo que mudarse varias veces por problemas económicos. Erra arrogante, megalomaníaco y – desde ya, para alguien que se consideraba un genio – jamás conoció la humildad. En lo sentimental, no se quedó atrás. Cultivó mil romances y, en parte por su nivel intelectual y en parte por su título nobiliario, se ocupó de perseguir durante 17 años a una admiradora que había conocido por carta y que terminaría siendo su esposa, la condesa polaca Ewelina Hanska.

El ritmo de su existencia, sin embargo, terminó acabando con su vida prematuramente. Ya hacia finales de la década del cuarenta Balzac declaraba estar agotado y se sentía incapaz de cumplir con el programa que se había armado. Todos los vaivenes – sumados, sin duda, a la inmensa cantidad de cafeína que consumió a lo largo de su vida – terminaron enfermándolo en 1850. Poco después de su casamiento con Hanska, finalmente producido en marzo de ese año en Rusia, retornó a Francia en mayo sufriendo un edema generalizado que devino en peritonitis y gangrena difíciles de tratar. Para el 18 de agosto de 1850, Balzac entró en agonía y falleció poco antes de la medianoche.

Su desaparición, como atestiguan la inmensa convocatoria que tuvo su funeral y la elogiosa homilía que Víctor Hugo le dedicó, fue sentida con gran intensidad en el mundo de las letras francesas. Con él – aunque su viuda intentó completarlo – se terminó cortando ese ambicioso trabajo de lograr literariamente la mímesis completa de la sociedad, pero su influencia sobrevivió en el espíritu de la novela realista, y autores como Proust y Flaubert siempre se considerarían sus deudos.

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