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Historias de traidores

Rebecca West reflexiona sobre el significado de la traición, desde los fascistas británicos hasta el doble espionaje soviético.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, William Joyce había despertado más odio en Inglaterra que cualquier otra persona, con la posible excepción de los mismísimos jerarcas nazis. Popularmente conocido por lord Haw-Haw comenzó siendo una figura cómica y acabó por convertirse en un eslogan. A medida que la situación militar en el Oeste se deterioraba, la broma se tornó agria. En la cima de su éxito, Haw-Haw, que animaba a «sus compatriotas» a estrechar lazos con los nazis y no presentar batalla, era una grotesca diversión dentro del espanto de la guerra: se calculó que más de un cuarto de la población británica escuchaba regularmente sus emisiones desde Berlín en lengua inglesa.

Más tarde se produjo una drástica caída de la audiencia, mientras que los rumores de espionaje se multiplicaron. A Haw-Haw se le atribuía poseer una información asombrosamente precisa sobre las condiciones locales de Inglaterra, incluidos los informes de seguimiento de los daños causados por las bombas, pudiendo haber sido deliberadamente alentada por los simpatizantes fascistas dispersos de Mosley, entre los que nuestro personaje había militado. Pero el rumor sobrevolaba insistente y dramáticamente una población orillada bajo la presión y las angustias de guerra. Finalmente, el concepto de traidor cobró realidad por vez primera cuando lord Haw-Haw fue acusado de traición radiofónica y, posteriormente, condenado en la corte de Old Bailey a colgar de una cuerda por el cuello hasta la muerte. La misma suerte que correría después John Amery, a manos de Albert Pierrepoint, verdugo de Londres.

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John Amery y William Joyce
John Amery y William Joyce

Cicely Isabel Fairfield (1892-1983), más conocida por Rebecca West, el seudónimo con que escribió sus libros, fue una periodista y escritora deslumbrante, feminista en los años más difíciles, y una dama influyente en las letras inglesas. Cultivó la novela, el reportaje y el ensayo, publicó artículos sobre política en los periódicos. Le debemos, entre otras obras, Cordero negro, halcón gris, el mejor libro de viajes que se ha escrito sobre la antigua Yugoslavia y sin el cual resulta más difícil comprender el conflicto balcánico, y el El significado de la traición, un interesantísimo estudio sobre las implicaciones morales de los traidores desde Joyce y John Amery, colaboracionistas y propagandistas radiofónicos del régimen nazi, hasta John Profumo.

West describe de manera asombrosa las vidas e integración de Joyce y de Amery en el fascismo británico y, con ellos, ese mundo, planteando con admirable lucidez las implicaciones éticas de los traidores. De la Segunda Guerra Mundial va a otros personajes de distinta índole, universitarios e intelectuales de ideología comunista, como el científico Allan Nunn, Harry Gold y Klaus Emil Fuchs. La autora pasa de un totalitarismo a otro, del nazismo al comunismo soviético. Rebecca West, liberal, odiaba el primero y el segundo por igual, apoyó a la República durante la Guerra Civil española y no se cansó denunciar los abusos de las dictaduras. El caudal de su gran ensayo sobre la traición transcurre hasta desembocar en la historia del espionaje soviético durante la «guerra fría»: Guy Burgess, George Blake, Kim Philby y Donald MacLean, hasta el famoso «caso Profumo», protagonizado por aquel ministro de la Guerra cuya turbia relación con la joven Christine Keeler trajo en jaque al Reino Unido.

El caso de lord Haw-Haw es especialmente llamativo. Hijo de un empresario irlandés unionista, originario de Galway, que emigró a Estados Unidos, nació en Brooklyn y fue su propio apodo el que finalmente le costó morir ahorcado. Me refiero a que fuese conocido popularmente por un título nobiliario que otorga la Corona británica. Eso, o como Juan Benet explica en el epílogo, en palabras de Boveri, «el hecho de que su perverso amor a Inglaterra lo llevase tan lejos que prefiriese morir como un inglés traidor antes de ser absuelto como americano». El mismo Benet lo aclara: «Cuando el abogado de William Joyce demostró que su defendido nunca -ni por un instante- había sido súbdito británico el juicio estuvo a punto de suspenderse. La acusación de alta traición se basaba en una ley de 1351 según la cual «si un hombre levanta las armas contra el Rey Nuestro Señor, en su reino, se adhiere a los enemigos del Rey en su reino, para darles apoyo y ayuda en su reino o en cualquier otra parte, es culpable de traición». El día en que se firmó el pacto germano-soviético, anuncio de una guerra inevitable, William Joyce había renovado un pasaporte británico, lo que tuvo para él consecuencias funestas. Cuenta también Benet que la opinión pública británica, herida en sus sentimientos nacionales, se compadeció de sí misma proclamando que un pasaporte no puede convertir a un americano en un inglés. Sin embargo, lord Haw-Haw, fiel a su verborrea, insistió hasta el último momento en negar su condición de traidor y reafirmarse en que había lo hecho lo conveniente en favor de la paz y de Inglaterra.

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Rebecca West esgrimió con firmeza las razones en contra del traidor. Benet puntualizó que, tras su fracaso, el traidor refuerza los vínculos tribales y el Estado, con su castigo, obtiene la garantía de que su oferta es la mejor. Un libro apasionante.

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