PersonajesJulia Pastrana | Phineas Taylor Barnum | Darwin | Freaks | Mujeres

HIRSUTAS HISTORIAS: Julia Pastrana

Para el caso que pasaré a relatar prometo no tener pelos en la lengua, aunque en realidad los pelos cubrían toda la superficie de este personaje, la hirsuta Julia Pastrana. Su extraña historia comienza en un pueblito perdido en la Sierra Madre de México, donde habitaba una peluda tribu de indios conocida como los Buscadores de raíces, a la que Julia decía pertenecer.1

Los panfletos que describían su vida contaban que su madre se había extraviado entre las sierras y pasó seis largos años en una región inhóspita habitada sólo por monos y osos. Al cabo de ese tiempo, se la encontró viviendo en una cueva con una niña de dos años. Como ven, la historia se presta a siniestras (o debería decir simiescas) interpretaciones. Muerta la madre, el gobernador del estado de Sinaloa, Pedro Sánchez, se interesó en la jovencita, que ya cultivaba una generosa pelambre. Fue en 1852 cuando un americano llamado Rates conoció a la joven Julia y le propuso exponerla ante el público a cambio de una remuneración más que interesante. Tentada por la oferta y la idea de recorrer el mundo, comenzó a mostrarse primero en la ciudad de Nueva York, donde inmediatamente se convirtió en atracción popular y curiosidad científica. El mismo Barnum tuvo oportunidad de conocerla y comentó: «Esto es demasiado... aun para mi circo».

Por ese entonces, los científicos en especial y el público en general estaban obsesionados por las teorías darwinianas y la búsqueda del discutido eslabón perdido. En Julia veían a un híbrido con nuestros parientes primates y hasta con los más lejanos osos, quizás inducidos por la campaña publicitaria que se montaba a su alrededor.

Finalizado el contrato con Rates, Julia cambió de empresario y, junto a un tal señor Theodore Lent, viajó a Londres, ciudad siempre ansiosa por ver las maravillas que el mundo depara. Julia no sólo exhibía su peluda humanidad, también había aprendido a cantar y a bailar para subyugar a la audiencia con sus encantos. La barbada cantante hizo su debut europeo en 1857.

Pastrana.JPG

El mundillo médico del viejo continente se vio conmovido por su presencia, y hasta le dedicaron un extenso artículo descriptivo en el celebérrimo Lancet, sin que sus autores se explayaran en teorías evolutivas poco consistentes ni en extravagancias sobre la hibridación humana. El artículo en cuestión resaltó su condición humana, con todas las características propias de su sexo. El mismísimo Darwin escribió sobre nuestra peluda artista (sin evidencias de que personalmente la haya examinado en persona), afirmando que la bailarina —a la que erróneamente lllamaba española— era una mujer «remarcablemente fina, pero con una gruesa barba masculina». Nada de fantasía sobre elementos extraviados en la cadena evolutiva.

Julia Pastrana continuó sus viajes por el continente con resonante éxito, a pesar de que en Alemania le fue prohibido actuar en una obra cuyo argumento narraba las vicisitudes de un joven poco avispado, enamorado de una deliciosa muchachita que ocultaba su rostro tras un velo. Caía éste tras disparatados enredos, mientras la sorprendida audiencia podía contemplar las barbas de Julia y la cara de horror del joven cortejante.

La censura encontró a la obra inmoral, obscena y peligrosa para las mujeres embarazadas según la teoría de “las impresiones maternas” . Al prohibir la exhibición de Julia las autoridades querían por todos los medios evitar una epidema de hirsutismo.

A todo esto, Julia estaba cansada del mundillo del espectáculo. Su contrato le impedía deambular por las calles, y menos aún mostrarse sin remuneración. Su vida transcurría encerrada en hoteles de lujo, donde sólo la visita de algunos profesionales médicos y entusiastas científicos quebraba su triste monotonía. Julia deseaba retornar a su tierra, para desesperación de su representante, el señor Theodore Lent. Éste, en un acto de sacrificio empresarial, le propuso casamiento a su pilosa estrella, que aceptó gustosa, salvando así, el señor Lent los negocios y ahorrando los suculentos honorarios de la ahora novel esposa, que pasaban a engrosar el patrimonio matrimonial. Muchos vieron en este enlace una artera maniobra del señor Lent para continuar lucrando a expensas de Julia, pero ella salió a desmentir estos rumores: «Me quiere por lo que soy», afirmó de manera contundente, y continuó con sus cantos y zapateos recorriendo las principales capitales europeas.

La vida le sonreía a la nueva señora Lent, y más feliz se sintió cuando quedó embarazada. En Moscú, Julia sintió los primeros dolores de parto y poco después dio a luz a hisrsuta descendencia. Pero tanto la madre como el niño mueren escasas horas más tarde, para la consternación administrativa del cónyuge. Prontamente rehecho del lamentable desenlace, el señor Lent decidió continuar lucrando a expensas de su esposa e hijo. Primeramente vendió (sí, ¡vendió!) los restos mortales de Julia y su hijo para investigaciones científicas, pero, reconsiderando los hechos —o mejor dicho, recalculando las ganancias—, deshizo esta operación. Decidió embalsamar a sus familiares y continuar exponiéndolos, disminuyendo a su vez los estipendios en el rubro alimentos.

Lo curioso del caso es que el ávido señor Lent, al percibir el decaimiento del interés en sus parientes momificados (digamos, de paso, que el proceso de embalsamiento realizado por el doctor Sukolov en Moscú fue tan perfecto que suscitó un nuevo comentario laudatorio en el Lancet), comenzó a buscar una reemplazante para su ahora rígida estrella. La suerte, el destino o la perseverancia quisieron que encontrara una joven igualmente peluda en Karlsbad, Alemania.

Encendido el fuego de la pasión (por el sexo o el dinero, usted decide), el empresario propusó a Zenora —su nueva estrella peluda— matrimonio y fortuna. Por algún tiempo el inescrupuloso señor Lent mantuvo un particular ménage à trois, viajando con su antigua (y ya acartonada esposa) y la nueva joven pilosa, a la que presentaba como la hermana de la anterior.

La particular exhibición tuvo éxito mas allá de lo imaginable, hasta que Zenora, quizás temerosa de la vidriosa mirada de su predecesora en el tálamo nupcial, instó al emprendedor señor Lent a desprenderse definitivamente de sus finados acompañantes, cosa que el empresario hizo sin mayores remordimientos, pero con lucrativos dividendos, al rentarlas al Prauscher Museum por 320 marcos al año.

Julia.jpg

Años después, mientras visitaba una vez más Moscú con su nueva cónyuge, el señor Lent sufrió un abrupto reblandecimiento cerebral. Se lo encontró desnudo, bailando por las calles moscovitas mientras quemaba el dinero que tan duramente había ganado con la exhibición de sus mujeres. Fue internado de urgencia en un asilo psiquiátrico. Los médicos, ante la gravedad del caso, informaron a la señora Lent: su marido era un caso incurable. La hirsuta artista se vio obligada a partir dejando al señor Lent librado a su suerte, que hasta el momento no le había sido adversa, pero dado el lamentable estado de su cerebro todo hacía pensar que se había agotado indiscutiblemente. Nadie sabe a ciencia cierta la fecha de muerte del emprendedor representante, pero las comodidades de un hospicio psiquiátrico en Moscú a mediados del siglo XIX, probablemente, no le hayan asegurado una larga sobrevida.

Zenora, forzosa heredera de todas las propiedades del señor Lent (incluida al momia de su esposa), partió hacia Munich, donde se expuso junto a la momia de Julia Pastrana en la Sociedad Antoprológica local. Allí vendió a la previa señora Lent a un empresario llamado J.B. Gassner, que exhibió por varios años a la barbuda curiosidad en distintas ciudades de Alemania. En 1921 ésta fue adquirida por el noruego Hans Jaeger Lund, dueño de ferias itinerantes donde exponía a la momia de Julia y su hijo en “cuartos de horror”. Invadida Noruega por las tropas nazis, pronto se le indicó a Lund que destruyera a este monstruo, símbolo de razas degeneradas tan lejanas a las imágenes de la raza superior que debía gobernar el mundo. El hábil señor Lund convenció a los nazis de que sería más provechosos utilizar a Julia y a su hijo como exposición itinerante en la recientemente conquistada Suecia, prometiendo a su vez donar lo recaudado al partido nacionalsocialista (cosa que al parecer no cumplió o que probablemente haya ido a parar a los bolsillos de funcionarios más comprometidos con el propio bienestar que con la ideología partidaria).

Después de la guerra, la familia Lund continuó con la exposición de Julia y su hijo, provocando múltiples desmayos entre las impresionables jovencitas noruegas. Cuando el público perdió interés en las peludas momia, éstas fueron puestas a buen recaudo, hasta que en la década del sesenta se resucitó la historia de Julia Prastana con una película de Marco Ferrari (La dama scimmia), y apareció un rico coleccionista norteamericano (cuándo no) que ofreció 10.000 dólares por su cuerpo. Entonces Lund (en este caso el nieto), se acordó de que todavía tenía a Julia guardada en algún galpón. Rechazó la oferta de compra por poco tentadora y prometió desempolvar la momia de Julia para sacarla de gira nuevamente, cosa que concitó gran atención gracias al despliegue periodístico. Lund llevó la momia de Julia a los Estados Unidos, donde ganó una fortuna exponiéndola, a pesar de que varios estados prohibieron esta exhibición por diversas razones, que iban de la obscenidad hasta cuestiones raciales (recordemos que por esos años en varios estados estaba prohibido que los niños blancos y negros fuesen al mismo colegio). Sí, lo tiempos estaban cambiando, y cuando Lund quiso hacer otro tour por Noruega, la Iglesia se opuso por considerar inmoral la exposición de cadáveres. El señor Lund, ni corto ni perezoso, les sugirió que entonces fuesen a enterrar a las momias egipcias. A pesar de la ingeniosa respuesta, la muestra se prohibió citando una ley de 1875 que impedía la exposición de difuntos, y Julia Pastrana pasó a un depósito de donde misteriosamente fue sustraída en 1979. Nada se supo hasta 1990, cuando por comentarios periodísticos se la ubicó en el Instituto de Anatomía de la Universidad de Oslo, donde fue estudiada por el doctor Jan Bondeson, quien escribió un libro sobre la azarosa vida de esta hirsuta dama. Ahora Julia descansa en un ataúd sellado, oculto en la misma universidad, para que nunca sea exhibida como lo fue en vida y aun después de muerta.

julia pastrana
Marco Ferreri se inspiró en la vida de Julia Patrana para realizar la película La donna scimmia

Hipertricosis

Siempre se creyó que Julia Pastrana era un caso más de hipertricosis lanuginosa congénita, como los demás casos conocidos de hombres mono, hombres perro, hombres oso o cualquier otro híbrido con animales peludos que existieronen la naturaleza, como Petrus González en la corte de Enrique II de Francia o la familia birmana que paseó sus cabellos por la Inglaterra victoriana.

El lanugo es un cabello delicado y suave que cubre la piel de los bebés. Este parece haber sido el tipo de cabello de los demás casos de hipertricosis, pero no el de Julia Pastrana, porque en lugar de ese cabello infantil Julia poseía cabello terminal o adulto, como pudieron demostrar los exámenes histológicos del doctor Jan Bondeson, investigador inglés que siguió la historia de Julia hasta ubicar su momia en Noruega.

En vida de la señora Pastrana se había corrido el rumor de que ella poseía dos filas de dientes. Como en el Odontological Museum of the Royal College of Surgeons en Londres se guarda la moldura de la dentadura de Julia (gracias al hábito coleccionista de los médicos), se llegó a la conclusión de que tenía una severa hipertrofia gingival, como otros colegas lanudos. Todo esto —el cabello terminal y la hipertrofia gingival que altera la forma de la cara— hizo pensar al doctor Bondeson que Julia pertenecía a una variable de esta afección conocida como “Cara de Mono”, tal como le decían Julia Pastrana, esta particular cantante mexicana, cuya historia ha sido reflotada una vez más. Una obra de teatro, llamada La mujer más fea del mundo cuenta sus desventuras con la particularidad de ser representada a oscuras cada vez que la protagonista aparece en escena, para que los espectadores no puedan horrorizarse con la abundante pelambre de Julia Pastrana ni suscitar una epidema de hipertricosis por imprecisas impresiones maternas.

Quizás, hace mucho tiempo ya, algunos de estos peludos personajes, cansados de las chanzas de sus lampiños colegas, optaron por relegarse a lejanas comarcas, convirtiéndose en el esquivo Yeti o el huidizo Big Foot, que prefieren la soledad a la molesta compañía del resto de la humanidad.

1- Curiosamente, ha habido otros casos de niñas peludas oriundas de zonas cercana a donde nació Julia.

Extracto del libro Monstruos como nosotros: Historias de freaks, colosos y prodigios (Ed. Sudamericana).

Dejá tu comentario