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Guayabos: algo más que una derrota, el inicio de una larga enemistad

Las fuerzas porteñas al mando de Dorrego avanzaron en el territorio dominado por Artigas quien ordenó seguirlas de cerca a su subalterno, el entonces muy joven Fructuoso Rivera. Éste, con la ayuda de indios charrúas, atacó a los porteños en Guayabos, quienes ante la sorpresa huyeron desordenadamente. Esta derrota no solo trajo consecuencias en la relación entre la Banda Oriental y Buenos Aires sino que fue el comienzo de una enemistad que traería consecuencias años más tarde cuando Juan Lavalle ordena el fusilamiento del loco Dorrego.

El 10 de enero, Dorrego acampó a media legua del paso de Guayabos (un arroyo afluente del Arerunguá, en tierras que pertenecían a Artigas).

Al ver una partida enemiga, Dorrego se lanzó al ataque. La persecución de esta avanzada a cargo de Lavalleja lo llevó a la encerrona que le habían preparado Bauzá y Rivera. Con los primeros disparos no menos de ochenta soldados se pasaron a los artiguistas. No serían los únicos. A medida que transcurrían los minutos más eran los desertores. Mientras tanto, los charrúas arremetían, lanza en mano, mezclándose con las tropas porteñas, haciendo más confuso el entrevero.

Los hombres de Buenos Aires se hallaban tan aterrorizados que rompían las armas para no combatir y huían para alejarse de la matanza. Dorrego intentó reagruparlos para atacar una vez más, pero nadie se movía por temor. Impotente, Dorrego esperó la noche para huir a Paysandú. Doscientos de los suyos lo siguieron de a pie.

Las deserciones continuaron a lo largo del camino. El coronel porteño a gatas pudo atravesar el río Uruguay con veinte de los ochocientos hombres que contaba al inicio de la campaña. Uno de ellos era el joven Juan Galo Lavalle, que describió apesadumbrado la vergüenza de la derrota, la primera en su larga vida. El teniente de granaderos no ahorró comentarios hirientes y despectivos contra el “loco” Dorrego.

Una carta que le envió a Baltasar Ojeda y que éste jamás recibió por haber muerto semanas antes peleando contra Viamonte en Entre Ríos, cayó en manos de los portugueses. En ella, Artigas escribía exaltado: “Mi victoria, victoria, victoria”. La carta de marras terminaba con un contundente: “puede ser que ahora Buenos Aires vea su desengaño”.

El caudillo avanzó raudamente hacia Montevideo, las autoridades porteñas, que habían comenzado a tirar abajo las murallas de la ciudad, detuvieron las tareas. Vaya uno a saber si no las deberían usar una vez más para protegerse del avance artiguista. Eso sí, el desarme y el saqueo continuó a ritmo precipitado.

Los españoles en Montevideo se ilusionaron, sabían de las tratativas de Otorgués con los portugueses y que España se aprestaba a reconquistar sus colonias. ¿De qué lado estaría Artigas después de los desaires y traiciones sufridas por parte del gobierno de Buenos Aires?

Posadas continuaba con su política de dobleces. “¿Qué importa que el que nos haya de mandar se llame emperador, mesa, banco o taburete? Lo que nos conviene es que vivamos en orden y que disfrutemos tranquilidad”, le escribía a Rondeau, sincerando sus pensamientos, aunque en realidad había obviado la palabra Rey…

Siguiendo los consejos de Strangford, Posadas solicitó a la Asamblea la autorización para enviar una embajada con instrucciones de lograr la reconciliación con Fernando VII, “no para obtener un perdón vergonzoso de culpas que no se han cometido ni para contentarse con un olvido humillante de las ocurrencias pasadas”. La idea era conciliar las aspiraciones de los habitantes del ex virreinato con los derechos de la corona y el cese de la guerra en América. Por supuesto que era una pretensión ambiciosa y que las autoridades de Buenos Aires veían imposible de lograr sin el concurso de Inglaterra. A tal fin, Sarratea, que ya se encontraba en Londres, se desesperaba por lograr una audiencia con Castlereagh, pero el Foreign Office le daba largas al asunto. Al final los ingleses prefirieron estrechar su “amistad y alianza” con Fernando VII y de esta forma asegurarse el comercio con la América hispana que volvía a estar en manos de la Corona, hecha la excepción del díscolo Virreinato del Río de la Plata. Como primera medida Inglaterra suspendió la venta de armas a los insurgentes, que las compraron por otros canales con el obvio sobreprecio.

La asamblea autorizó la misión y el 13 de septiembre se le entregaba a Manuel Belgrano y Pedro Medrano, sustituido a último momento por Bernardino Rivadavia (el monstruo político de escasos meses antes), las instrucciones de unirse con Sarratea (ya en Europa) para “felicitar al rey y obtener la paz para estas provincias… sin prejuicio de su libertad y sus derechos”.

Fernando VII había vuelto al trono con aires tan absolutistas como los de sus ancestros Borbones y estaba dispuesto a reconquistar sus colonias a sangre y fuego, por más tratos y promesas que le hicieran sus súbditos desleales. A tal fin había preparado un poderoso ejército que puso a cargo del general Pablo Morillo. Se dudaba sobre cual sería el destino final de esta armada, ya que había muchos intereses en juego. Los comerciantes de Cádiz instaban a retomar las posesiones del Río de la Plata pero la pérdida de Montevideo le quitaba posibilidades de éxito a la operación. Además los ingleses influyeron en la medida de sus posibilidades: Buenos Aires era una buena plaza comercial donde varias empresas británicas se habían afincado con éxito. Mejor dejarla para más tarde…

El rumor de una posible invasión hispánica corrió como reguero de pólvora por ambas orillas del Plata. El tema lo tenía tan preocupado a Alvear que éste había escrito un ensayo sobre cómo actuar en caso de una invasión realista. No era para menos, habiendo sido soldado del Rey y después de su desleal acción en Montevideo, poca compasión podía esperar de los españoles…

En esos tiempos, plagados de incertidumbre, ninguna posibilidad dejaba de barajarse, de hecho los diálogos con Portugal iniciados por Otorgués apuntaban a considerar la posibilidad de unir las fuerzas españolas y orientales contra las porteñas. La idea no pasó de las palabras.

Por su lado, los españoles no se sentían seguros de iniciar el ataque sin contar con el apoyo de sus aliados ingleses. España manifestó su disposición a concederle a Gran Bretaña, con carácter permanente, la parte de comercio que ya disfrutaba en sus colonias sudamericanas siempre que Inglaterra la ayudara a restablecer su perdido poderío.

Parecía que los vientos liberales, que en un principio soplaron recios sobre América, habían amainado. La revolución de México había sido sofocada. La primera tentativa de revuelta en Venezuela y Colombia había fracasado y Miranda estaba prisionero. Bolivar había debido escapar con lo puesto hacia Haití. Chile había caído y sus líderes estaban peleados. El Río de la Plata era, sin duda, el hueso más duro de roer.

Sin embargo, Inglaterra se negó a ayudar a España, aunque le reconoció su derecho a utilizar la fuerza. Después de vivir la rebelión de sus colonias en América, los ingleses bien sabían que las aspiraciones libertarias de las colonias se harían realidad tarde o temprano. La victoria de los independentistas era solo cuestión de tiempo, mientras que su alianza con España, desaparecida la amenaza de Napoleón, sería solo una relación fugaz.

La amenaza de la expedición de Morillo y otras que se prepararon en el futuro, ejercieron una notable influencia sobre el juego político de esta parte del continente. Toda alianza era posible. Buenos Aires y España contra los artiguitas o Artigas y Brasil contra los españoles o españoles y lusitanos contra Artigas y Buenos Aires. Estas y otras opciones más insólitas, como veremos, fueron exploradas. Muchas de ellas sin posibilidades de concreción, otras con más sustento de viabilidad. Todo era posible en el juego político de las colonias hispanoamericanas.

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