HistoriaRoque Sáenz Peña | Francisco Bulzan | Netri | Argentina | economía

Grito de Alcorta

A diferencia de los Estados Unidos, el sistema de colonias en Argentina no fue efectivo. Muchos emprendimientos fracasaron, otros fueron simples estafas. La inmigración europea se volcó a la agricultura, pero el sistema de arrendamiento se prestaba a excesos e injusticias, que dieron lugar a una huelga conocida como el Grito de Alcorta, en medio de la pampa gringa, casi al mismo tiempo que Emiliano Zapata promovía la revolución de los campesinos mexicanos.

Durante la presidencia de Roque Sáenz Peña, el 25 de junio 1912, en el pueblo santafecino de Alcorta, un grupo de 300 colonos, en su mayoría de origen italiano, encabezados por Francisco Bulzani y apoyado por los hermanos Netri (uno sacerdote y el otro abogado), se reunió en la Sociedad Italiana de Alcorta e iniciaron la primera huelga agraria que se produjo en el país y que modificó los guarismos del sistema arrendatario. Ellos, que habían huido del régimen opresivo en Europa, veían replicada esa situación en su país de adopción.

El detonante del grito fue la pésima cosecha de 1910 y el derrumbe de los precios, mientras que los arriendos, pactados en tiempos de bonanza, permanecían elevados. El malestar se extendió por 90 localidades del sur de Santa Fe, el sudeste de Córdoba y las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y La Pampa.

Durante casi cuatro meses, más de 3.000 chacareros, arrendatarios, y pequeños empresarios de la llamada “pampa gringa”, se negaron a trabajar los campos, en protesta contra de los contratos abusivos, exigiendo reducción de los arriendos de la tierra, contratos más largos, y libertad para contratar la maquinaria para la cosecha y la cría de animales de corral. A pesar de “La ley de Residencia”, que podía terminar con la deportación de los extranjeros, la mayoría de éstos aparceros de origen italiano, adhirieron a las medidas de fuerza.

La estructura de la economía agrícola argentina se fundó sobre dos instrumentos: la instalación de la red ferroviaria y la incorporación de mano de obra europea. Muchos de los inmigrantes llegados entre fines del siglo XIX y principios del XX, se instalaron en el campo para trabajar las tierras que recibían mediante un contrato de “aparcería”. Las condiciones del contrato, formuladas en el más puro estilo del liberalismo económico, suponía una igualdad de condiciones entre el propietario de las tierras y al trabajador. Pero la realidad era muy distinta. Los trabajadores era dueños de sus útiles de trabajo, de sus animales y de sus viviendas, pero aún subsistía una traba importante para su ulterior desenvolvimiento: el contrato de arriendo. Éste establecía que debían pagarlo con una parte de la cosecha, entregada en el galpón del propietario y haciéndose cargo del transporte. El propietario vendía también las bolsas para los granos, proporcionaba las máquinas de trillar y en muchos casos hasta los útiles de labranza. Pero cuando llegaba el momento de entregar la cosecha, todo esto se descontaba y el chacarero, que ya arrastraba deudas desde el principio, terminaba con magros ingresos.

Aunque las cosechas fueran buenas, a los inmigrantes les era difícil progresar. En la primera época de la expansión agrícola, los chacareros arrendatarios de la llamada “pampa gringa”, habían seguido las oscilaciones de una exportación siempre en ascenso y se habían beneficiado sólo parcialmente. El capital ferroviario británico, que subordinó el conjunto de la economía del país a la exportación de granos y carnes, también impuso un criterio tarifario preferencial respecto al ganado, como lo indican los siguientes fletes: mientras en el transporte desde General Lavalle, realizado por el F. C. Pacífico, el trigo pagaba 24,57 por ciento sobre el valor del producto transportado, el lino 16% y la avena el 32%, con los novillos sólo se abonaba el 6,2 %.

Los fletes marítimos, también incidían negativamente sobre los valores del grano y la ganancia de los chacareros. Con motivo de la guerra anglo-bóer los fletes marítimos subieron repentinamente, lesionando los intereses de los exportadores y desvalorizando los cereales argentinos. El monopolio del suelo y el comercio estrangularon las economías de los inmigrantes que no cesaban de llegar de Europa en busca de la tierra prometida.

La crisis agraria de 1911 precipitó el estallido. Ese año se perdió la mayor parte de la cosecha. La exportación de maíz descendió a 2.766.597 pesos oro de los 60.260.804 de 1910, y el intercambio con el exterior, hasta entonces favorable, arrojó un déficit de $ oro 82.702.734. Después de un largo período de relativo bienestar, era un duro contratiempo para el conjunto de la economía agraria que los chacareros sobrellevaron, en tanto obedecía a una calamidad natural. Pero en 1912 la cosecha fue espléndida, el área sembrada aumentó en más de 1.000.000 de hectáreas y la balanza del comercio exterior arrojó un superávit de casi $ oro 100.000.000. los que más se beneficiaron de esta bonanza fueron los dueños de las tierras, las firmas cerealistas exportadoras y el gobierno, mientras los chacareros, con la baja provocada en los precios de los cereales, aumentaron sus motivos de descontento. Mientras en enero de 1912 el maíz se cotizaba en chacra a $ 11,35, en julio había descendido a $ 4,55.

Nadie podía echarle la culpa a la sequía, ni a las escasas lluvias, ni al granizo o las plagas como causa de la descapitalización y del endeudamiento del chacarero. Era evidente que, a pesar de la óptima cosecha de 1912, los agricultores se verían obligados a malvender los cereales al intermediario para pagar la renta al propietario y saldar las deudas atrasadas derivadas de la pérdida de la cosecha anterior. Por otra parte, los arrendamientos habían subido del 15 % de la cosecha líquida en 1903, al 35,40% y en algunos casos al 54 % en 1912. Al mismo ritmo se elevaron los precios de los artículos de consumo de la chacra. Los escasos ingresos de los chacareros afectaron al comercio local: los artesanos, médicos, farmacéuticos y, en general, a toda la actividad de las regiones cuya vitalidad económica dependía de la capacidad adquisitiva de bienes y servicios de los productores agrarios. Esta relación de intereses explica la rapidez con que se propagó “el Grito de Alcorta” y la espontánea solidaridad de todos los sectores populares con los huelguistas.

primer_Comité_Central,_1912).jpg
Primer Comité Central de la Federación Agraria Argentina, 1912.
Primer Comité Central de la Federación Agraria Argentina, 1912.

Las primeras reuniones preparatorias de la huelga se realizaron en chacras y almacenes, pero el acto decisivo previo al “Grito” fue la resolución conjunta de los curas párrocos de Alcorta, Máximo Paz, San José de la Esquina, Arteaga, Alvear y San Genaro —a iniciativa del primero, el padre Pascual Netri— de apoyar a los huelguistas y autorizar que se concentraran frente a las iglesias. Pascual Netri y su hermano José Netri, cura párroco de Máximo Paz, se entrevistaban con los organizadores del movimiento en el almacén de ramos generales de Ángel Bujarrabal.

La huelga se declaró el domingo 25 de junio de 1912 en una asamblea pública celebrada en la Sociedad Italiana de Alcorta. Fue propuesta por el chacarero Francisco Bulzani con estas palabras que sirven de síntesis de la situación: “No hemos podido pagar nuestras deudas y el comercio, salvo algunas honrosas excepciones, nos niega la libreta. Seguimos ilusionados con una buena cosecha, y ella ha llegado, pero continuamos en la miseria… Esto no puede continuar así… Los propietarios se muestran reacios a considerar nuestras reclamaciones y demandas… Pero si hoy sonríen por nuestra protesta, puede que mañana se pongan serios cuando comprendan que la huelga es una realidad…” Tanto los dirigentes de la huelga como sus asesores —los dos sacerdotes Netri y su otro hermano, el doctor Francisco Netri, abogado de Rosario— se preocuparon de no llevar la lucha más allá de la exigencia de rebaja de los arrendamientos y libre contratación. “Abajo los arrendamientos altos” y “Abajo los contratos esclavistas” fueron las consignas del “Grito de Alcorta”. Los chacareros no exigieron la supresión del arrendamiento, sino su rebaja y la libertad de comercio. La prédica del anarquismo, tendiente a suprimir la propiedad, y la del socialismo reformista, partidario de la división de los latifundios y el reparto de las tierras entre los productores directos, sólo encontraron eco entre algunos chacareros en los momentos de máxima tensión de la lucha, pero, en definitiva, resbalaron sobre el conjunto de la masa campesina y no la desviaron de los dos limitados objetivos.

El Estado recurrió a la represión policial, aunque muchos sostenían “que los reclamos eran moderados y atendibles”. De hecho, en Firmat (Santa Fe) fueron asesinados dos anarquistas, Francisco Mena y Eduardo Barros, que se desempeñaban como dirigentes agrarios. Finalmente, al mes y medio de iniciado el movimiento, los propietarios tuvieron que ceder ante lo imponente de la fuerza movilizada por los chacareros.

La Sociedad Rural de Rosario resolvió llegar a acuerdos con los huelguistas y al mismo tiempo aconsejó “a los propietarios de campos, que se entiendan directamente con los colonos de sus campos, sin que tomen participación alguna, elementos extraños”.

En 1913 cambiaron las condiciones del mercado, y todos estaban con mejor ánimo para negociar. Los chacareros, reunidos por iniciativa del doctor Francisco Netri, en el “Congreso Constituyente de Rosario”, respondieron fundando el 15 de agosto de 1912, la “Federación Agraria Argentina”, que continuó defendiendo los intereses de los arrendatarios y pequeños productores.

Dejá tu comentario