­Gregorio de Laferrère nació en Buenos Aires, el 8 de marzo de 1867. Era hijo de don Alfonso de Laferrère, hacendado francés de sólida fortuna, y de doña Mercedes Pereda, criolla, de pura raíz española. Cursó sus estudios en el histórico Colegio Nacional sin mucha dedicación, perfilando su personalidad literaria. Le interesó el periodismo, y con su amigo Adolfo Mujica fundó “El Fígaro”, que duró cinco años. En 1889, viajó a Europa acompañando a sus progenitores. Durante la estada en Francia falleció su padre, y al año siguiente regresó a Buenos Aires, siendo testigo de la tremenda crisis económica. Intervino en política y militó en las filas del Partido Autonomista. Fue nombrado en 1891, intendente de Morón, pero no permaneció mucho tiempo en ese cargo. Su prestigio de caudillo fue en aumento, resultando elegido diputado provincial en 1893. Mostró su brillante oratoria enfrentando al ministro doctor Enrique S. Quintana en una riesgosa interpelación. Después ocupó una banca en la Cámara de Diputados de la Nación desde 1898 a 1908, sin tener actuación destacada. En 1897, fundó el Partido Nacional Independiente, y en 1903, la Asociación Popular a la que entregó sus mejores afanes cívicos, sin que por ello perdiese contacto con el arte y la creación literaria.

Era socio del Círculo de Armas donde solía permanecer hasta la madrugada para luego ir a Palermo en coche a ver salir el sol, después de largas tenidas con Lisandro de la Torre, que por entonces regresaba de los Estados Unidos. Escritor desde su mocedad, Laferrère publicó la novela Andrea, que mereció la severidad de la censura ejercida por las autoridades. En 1898, estrenó una obra inconclusa, la Parodia de la Verbena de la Paloma, en boga en España, con alusiones a la política local. Fue autor de varias poesías y de algunos cuentos. Frecuentó la amistad de la gente de teatro, y de autores consagrados como Joaquín de Vedia, Enrique García Velloso y Jerónimo Podestá, quienes lo incitaron a proseguir su obra. El 30 de mayo de 1904, estrenó la obra ¡Jettatore!, en el teatro de la Comedia de Buenos Aires, por la compañía de Podestá, producto de una apuesta cruzada con don Francisco Beazley, quien no se había manifestado muy dispuesto a creer que Laferrère podría dar cima a una empresa tal en sólo ocho días. Este rotundo triunfo artístico llegó al centenar de representaciones. Sucesivamente estrenó: Locos de Verano, el 6 de mayo de 1905, en el Teatro Argentino, fresca caricatura de las aficiones personales que por exclusivas suelen acercarse a la manía o a la obsesión neurótica. Al año siguiente, se estrenó Bajo la garra, el 28 de mayo, en el teatro Nacional, vivo alegato contra la maledicencia que suele predominar en ciertos círculos. Otro tanto acaeció con El cuarto de hora o Los dos derechos, en un acto, estrenado el 8 de julio del mismo año, en el teatro Odeón, por la compañía de María Guerrero y Díaz de Mendoza, con varios monólogos circunstanciales para lucimiento de sus actores. Luego llegará su comedia Las de Barranco, que constituyó un éxito consagratorio. Fue estrenada por el elenco del Conservatorio Labardén, en el teatro Moderno (actual Liceo), el 24 de abril de 1908. Al decir de Joaquín de Vedia significó “la nota más nueva y característica, mas vigorosamente humana que haya dado hasta hoy la vena cósmica argentina, amén de contener la pintura de ambiente mejor y más ampliamente matizada que de un plano de la vida porteña se haya hecho en el país”. La actriz llamada a encarnar el papel protagónico de doña María, fue la recordada Orfilia Rico, que con esa actuación alcanzó, indudablemente, su máxima creación personal. El 27 de agosto de 1911, en ese mismo teatro, Pablo Podestá presentó otra de sus grandes comedias: Los invisibles. También Laferrère había creado: La dicha ajena, Dios los cría, El miedo, La vergüenza y Los caramelos, y otras más, en tanto que las anteriores subían ya a los escenarios europeos. Así ¡Jettatore! Fue representada en Madrid con el título de Mala sombra, en tanto que Las de Barranco era vertida al italiano por V. Di Napoli Vita, y al catalán por Santiago Rusiñol.

Después de escribir estas obras iniciadoras del teatro argentino, fundó hacia 1911, un pueblo en la estación del ferrocarril que hoy lleva su nombre, en la provincia de Buenos Aires. Con Pedro Luro y Honorio Luque hizo construir más de veinte chalets de dos pisos, con un octavo de manzana de tierra cada uno, dotados de luz y de gas, como avanzada de la civilización. Antes de llegar al medio siglo de vida, falleció en Buenos Aires, el 30 de noviembre de 1913. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de la Recoleta, y lo despidieron con emocionadas palabras, el doctor Vicente Martínez Cuitiño, Calixto Oyuela, Mariano de Vedia y Mitre y Manuel Láinez. Al trazar su nota necrológica, “La Nación” dijo de su obra teatral: “Sus piezas son un mapa social, dibujado con los más firmes trazos y pintado con los más vistosos colores. Sus tonos son claros, alegres, frescos, como cuadra a un teatro de costumbres, a un autor que sólo concibe la sátira no como un tema de moral sino como una recreación del espíritu”. Arturo Giménez Pastor lo ha retratado como: “La figura sólida, el bigote arrogantemente levantado afirmando entereza en una cara de temple moreno, ojos chicos y vivos, que se acogen a cierto descanso de cansancio soñoliento; sonrisa de amistosa simpatía, algo de empuje ciranesco en la nariz, y nutrido jopo a un lado rematando la bien plantada figura de un hombre de acción en intervalo literario…”. Una calle de la ciudad lleva su nombre.

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