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Goldman: una revolucionaria que prefería tener rosas en su mesa a diamantes en su cuello

Emma Goldman nació el 27 de junio de 1869 en Kaunas (Lituania -por ese momento, parte del Imperio Ruso-) y murió en Toronto (Canadá) el 14 de mayo de 1940. Fue una activista del anarquismo socialista (un grupo de filosofías políticas que favorecen la socialización de los medios de producción, es decir la expropiación y la colectivización de la propiedad privada, y que el rumbo de la producción —qué producir y qué no producir— se decida mediante asambleas de trabajadores) que condenó al capitalismo, denunció la disparidad existente dentro del matrimonio y apadrinó el control de la natalidad.

A sus quince años emigró a Estados Unidos huyendo de sus ortodoxos padres y de un futuro rabino con quien la querían obligar a casarse. En Nueva York conoció a Alexander Berkman, un escritor también lituano y anarquista, quien sería su compañero y amante, y a quien apoyó en la tentativa de asesinato de Henry Clay Frick (un industrial financiero y mecenas estadounidense, que perteneció a un grupo de agresivos empresarios, conocidos en su momento como los barones ladrones, que amasaron gigantescas fortunas en distintos negocios imponiendo tácticas monopolísticas y enfrentándose abiertamente a los sindicatos), por la cual fue privado de su libertad durante varios años.

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Goldman fue también encarcelada en cuatro ocasiones: en 1893, en la penitenciaría de Blackwell, por enzarzar a los obreros en paro a demandar trabajo a los ricos y de no dárseles, pedir pan y de no dárseles, tomar el pan. En 1901 por su supuesta participación en el complot de asesinato contra el presidente William McKiney (unos días antes, León Czolgosz le había disparado después de una charla que había tenido con Emma un par de semanas antes del hecho. Al ser arrestada, ella dijo: “¿Tengo yo la culpa de que un loco haga una mala interpretación de mis palabras?). En 1916 por la distribución de un manifiesto a favor de la anticoncepción. Y, en 1917 por conspirar contra la ley que obligaba al servicio militar.

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Dos años después de su último paso por la penitenciaría fue deportada a Rusia. Durante la audiencia en la que se trataba de su expulsión, J. Edgar Hoover calificó a Goldman como “una de las mujeres más peligrosas de América”. Residió en la Unión Soviética con Berkman entre 1920 y 1922, y participó en la sublevación anarquista de Kronstadt. De esa época datan sus escritos: “My Disillusionment in Russia” (Mi desilusión con Rusia) y “My Further Disillusionment in Russia” (Mi posterior desilusión con Rusia).

Discrepante con el sistema de la URSS, se instaló definitivamente en Canadá donde pasó sus últimos años. Toda su existencia fue operística, el gesto siempre preponderó por sobre la vida misma. Para Goldman, el anarquismo era la única filosofía que aportaba al hombre la conciencia de sí mismo, que sostiene que Dios, el Estado y la sociedad son inexistentes, que sus promesas son nulas y sin valor, ya que sólo pueden cumplirse a través de la subordinación del hombre. Según ella, para crear una sociedad más perfecta los actos de violencia política estaban justificados en ocasiones, porque, como dice en su tumba: “La libertad no descenderá al pueblo, el pueblo debe ascender por sí mismo a la libertad”.

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