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Goebbels y nosotros

La sombra del ministro de propaganda del Tercer Reich, está entre nosotros. Sus principios, las ideas que propuso, y la propaganda que llegó a endiosar a un hombre en una nación que había perdido su amor propio, están vigentes en este mundo mediático, donde un candidato se promociona con la misma estrategia con la que se vende un calefón.

Joseph Goebbels no era un improvisado, la secuela de poliomielitis que sufrió en la infancia, le impidió integrarse a los juegos propios de esa edad. Se convirtió en un “lobo solitario” inclinado a la lectura. Por esta limitación, estuvo impedido de alistarse para pelear en la Primera Guerra Mundial, circunstancia que no fue obstáculo para mentir sobre su participación, alegando que la parálisis de su pierna era una secuela de una herida recibida en combate. La mentira fue su mejor arma.

Goebbels era el mejor alumno de su promoción, además de un dotado pianista. En 1921 obtuvo un doctorado de filología germánica en la Universidad de Heidelberg. Fue docente, periodista y escritor. En el año de su graduación, escribió una extensa novela autobiográfica llamada “Michael”, donde se perfilan sus indicaciones antisemitas. Esta y otras novelas y obras de teatro fueron rechazadas por el publico, aún en su momento de mayor poder. Sus escasos ingresos lo obligaron a buscar un empleo como administrativo en un banco, tarea que le desagradaba. Apenas duró unos meses .

En 1925 se afilió al NSDAP, el partido que se convertiría en el nazi, donde pronto se convirtió en editor del diario del partido. Fue entonces que lo conoció a Hitler, y quedó positivamente impactado por “este hombre que tiene todo para ser Rey”. Sin embargo, aun no existía una comunión ideológica, porque hasta entonces Goebbels tenía una marcada tendencia hacia las ideas socialistas. En un discurso que dio en Königsberg planteó la disyuntiva: “¿Lenin o Hitler?” El futuro Führer se interesó por este hombrecito, tan preparado y leído. En 1926 se reunieron nuevamente y Goebbels, desde entonces, juró lealtad ante este hombre al que consideraba “un genio político”. Desde ese momento, Goebbels participó entusiastamente en el armado del partido, que conduciría a Hitler al poder en 1933. Lo demás es conocido. Su lealtad fue inquebrantable hasta el momento final, en que todo estuvo perdido y se suicidó con su esposa (Magda Richter), antes de matar a sus cinco hijos.

Como ministro de propaganda del Reich, con solo 35 años, Goebbels se encargó de generar una imagen de líder inquebrantable y decidido (aunque en el diario que llevaba Goebbels frecuentemente se quejara de la indignación del Führer). De a poco todos los medios de Alemania quedaron bajo la monolítica conducción de este hombrecito, que frecuentemente gustaba de denigrar a sus colaboradores para crear un ámbito de competencia (algo muy parecido a lo que hacía Hitler con sus ministros impartiendo órdenes que eran contradictorias).

Convirtió al ministerio en un medio de comunicación de masas, repartiendo masivamente receptores de radio (conocidos como Volksempfänger, es decir, receptor del pueblo), con transmisiones “prodigiosas y conmovedoras” para capturar al público y “empaparlo con sus ideas sin darse cuenta de que son imbuidos en ellas… nuestro deseo es movilizar al ejército de la opinión pública”.

Leonard William Doob, profesor de psicología de la Universidad de Yale, identificó 19 principios empleados en la manipulación del pueblo alemán, entre ellos destaca el culto a la personalidad del líder.

Proponía adoptar una única idea para repetirla hasta el cansancio, e individualizar al enemigo hasta convertirlo en el único enemigo (los adversarios han de constituirse en suma individualizada). Una mentira repetida se convierte en verdad. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a la que va dirigida… la capacidad receptiva de las masas es limitada, su comprensión escasa y tienen gran facilidad para olvidar”. De esta forma cualquier anécdota, por pequeña que fuera, puede convertirse en una gran amenaza. Los temas más sofisticados o de difícil comprensión, pueden pasar desapercibidos, pero pequeñas contradicciones o gestos mínimos se convierten en grandes temas con valor simbólico. A tal fin, se valen de información fragmentada que se va largando periódicamente como sondas, para probar su efectividad.

La propaganda opera sobre sustratos preexistentes: mitología nacional, odios y prejuicios, arraigados en actitudes primitivas.

La impresión de unanimidad, de que se piensa “como todo el mundo”, ayuda a convencer a muchos individuos. “Más vale una mentira que no puede ser desmentida que una verdad inverosímil”.

De una forma u otra, todos estos principios se adivinan en la profusión de medios casi anónimos, que irrumpen en nuestra vida. Las campañas electorales, en las que Goebbels demostró su maestría, son particularmente sensibles a caer en estas normas, guiadas por publicistas que sabiendo el origen (o desconociéndolo), envían sondas de prueba, alientan sentimientos primitivos, propagan verdades a medias – que son completas mentiras –, se valen de anécdotas mínimas para construir noticias de impacto e idealizan a individuos de dudosa integridad.

Nada es nuevo. Goebbels no inventó nada solamente lo sistematizó, le dio cuerpo y lo convirtió en un modelo exitoso, aunque los mismos extremismos en los que cayó opacaron su efectividad.

Y, sin embargo, están allí. Atenuados. Disfrazados. Disimulados. Diluidos pero vivos detrás de cada noticia, de cada lema, de cada medio que exalta el culto de un político o dirigente.

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