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Gitanos

El origen del pueblo gitano estuvo rodeado durante largo tiempo por el misterio y la leyenda, posiblemente inducida por ellos mismos como un modo de protegerse de la persecución y prejuicios que históricamente han tenido que sobrellevar.

Los estudios genéticos y lingüísticos modernos han establecido que los gitanos son un pueblo originario de la región de Punjab, en el noroeste de la India (en la zona que hoy es su frontera con Pakistán), Rajastán y Cachemira y que pertenecían a una casta denominada “Dom”, que fonéticamente derivó luego en “Rom” o “Romaní”.

La palabra “gitano” proviene de la denominación de “egiptianos” que se daba a los primeros gitanos llegados a España, que decían venir de una región griega llamada “Pequeño Egipto”, lo que también generó confusión ya que durante mucho tiempo se creyó que venían de Egipto. De hecho, su dialecto fue estudiado creyendo que se trataba de la lengua egipcia antigua. “Rom” es el nombre con el que se designa a los gitanos en la lengua gitana –el romanés– y significa “hombre”. El femenino es “romí” y el plural “roma”. En español, también es frecuente el uso del término “romaní”, que es la denominación aceptada para esta etnia.

También se pensó que provenían de Frigia, actual Turquía, de una secta que en griego se conocía como los “atzinganos”, de donde derivó el apelativo de “zíngaros”. Otros orígenes legendarios los han considerado de diversas formas, desde una tribu de Israel extraviada en Egipto hasta los forjadores de los clavos de Cristo condenados a errar por el mundo, pasando por tribus de músicos expulsados de la India por el rey de Persia.

Lo que es un misterio es el motivo de su diáspora, la que se estima comenzó entre los siglos X y XI, posiblemente como prisioneros y luego esclavos de los musulmanes que conquistaron el Punjab. Bajo el imperio de Mahmud de Ganzi, los Rom se desplazaron desde la India a Pakistán, Irán, Afganistán y Turquía. De ahí cruzaron hacia los Balcanes en el siglo XIV, llegando a Rumania, Serbia y Bulgaria. Un grupo se dirigió al sur y recorrió el norte de África hasta entrar a la península ibérica por Gibraltar, y otro grupo llegó a la península ibérica cruzando Europa. Durante los siglos siguientes se dispersaron por toda Europa, llegando también a las islas británicas e incluso a Finlandia, Suecia y Lituania. A América llegaron procedentes mayoritariamente de Serbia a comienzos del siglo XX, siendo el grupo Rom el más numeroso.

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En ese viaje intergeneracional de cuatro o cinco siglos en el que atravesaron Asia central, Oriente Medio, las tierras del Cáucaso y Europa occidental, los gitanos casi no se mezclaron con las poblaciones autóctonas. Comparados con el resto de europeos o con sus antiguos vecinos indios, los gitanos presentan un alto grado de endogamia; los matrimonios consanguíneos han sido y siguen siendo una práctica muy habitual en este pueblo. Sin embargo, hay variaciones geográficas al respecto: mientras que en los Balcanes se ha producido una menor mezcla con los de origen europeo, en España y Portugal hubo una mayor mezcla con los locales.

La dispersión de los gitanos por Europa central y occidental parece haberse producido en la época inmediatamente posterior a la pandemia de la Peste Negra, que acabó en pocas décadas con más de un tercio de la población europea. Quizá eso pueda explicar el éxito de la penetración de un pueblo nuevo, dada la “despoblación” europea a causa de la peste. Y seguramente, si no llevaran ya para entonces cientos años siendo un pueblo nómade con una cultura peculiar y una identidad y costumbres marcadas que los mantuvieron cohesionados y cerrados en su propia comunidad, la mezcla con los europeos hubiera sido mayor y se hubieran asimilado, como pasa casi siempre con los forasteros.

Los gitanos conocían la astrología, la cartomancia, la quiromancia, la medicina natural, la música, la danza, no mostraban dotes para el pastoreo o la agricultura pero sí eran expertos en domar y amaestrar animales y eran maestros en la hojalatería y el trabajo con el hierro y los metales. Estas características y su carácter nómade hicieron que se constituyeran en un pueblo migrante que vivía de sus artes adivinatorias, sus espectáculos y el comercio ambulante. Tras su llegada a Europa, los gitanos no tardaron mucho en darse cuenta de que podían obtener más ingresos practicando las ciencias ocultas que la hojalatería, motivo por el cual se los empezó a relacionar con lo esotérico y hasta a considerarlos “brujos”, lo mismo que había ocurrido siglos atrás durante el Imperio Bizantino, en el que los gitanos fueron empleados por sus hechicerías y artes de magia hasta por el mismo Constantino.

Así, este pueblo cuya cultura oral y tradicional aislamiento ha generado muchos interrogantes, ha sido objeto de persecuciones y genocidios a lo largo de la historia, a pesar de lo cual ha logrado sobrevivir como pueblo y cultura.

En el momento en que la mayor parte de la emigración romaní llegó a los Balcanes, los gitanos fueron tomados como siervos, vendidos y canjeados según necesidad, sobre todo en Valaquia y Moldavia. Más tarde, en el siglo XVIII, lo que se conoció como “la Gran Redada” intentó acabar con los gitanos y encarceló a 12.000 de ellos en España. Esta persecución contrasta con la exaltación de la libertad, el honor y la belleza que se asociaban a la cultura gitana. Ni hablar de la persecución de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

La “familia gitana”, que abarca además del núcleo familiar básico a otros muchos parientes o primos, constituye lo más importante en la vida de la comunidad gitana. El respeto a los mayores es uno de sus principales valores; los “gitanos de respeto” tienen autoridad para decir lo que está bien y lo que está mal, y reciben un trato especialmente considerado de todos los demás miembros de la comunidad. En casos de enfermedad o de necesidad económica, la solidaridad entre miembros de la familia sobrepasa cualquier otra preocupación. Los gitanos se reconocen entre sí por la familia a la que pertenecen, lo que demuestra que siempre prevalece el sentido colectivo del grupo sobre el individual.

La lengua tiene una gran relevancia en la cultura gitana: el idioma romanés (la lengua romaní) es el elemento de unión entre las comunidades repartidas por el mundo, el vínculo de una cultura que se ha transmitido oralmente de generación en generación. Esta lengua forma parte de la rama de las lenguas neo-indias, tiene una raíz común con el sánscrito y los gitanos la llaman “romané jorajané”.

En romanés, buenos días se dice “lacho dives”, gracias se dice “nais tuque”, de nada se dice “naj sosque” y adiós se dice “devleça”. En muchos países el romanés se ha ido perdiendo por la imposición del idioma local, como ocurrió en España. La lengua propia de los gitanos españoles es el caló, que durante siglos ha ido aportando numerosas palabras de uso común a la lengua española. En caló, el gitano denomina “gachó” a todo aquel que no es gitano.

La música gitana recoge los sonidos de la India y de todos los países que fueron atravesando los gitanos hasta llegar a España, con influencias iraníes, turcas, balcánicas, griegas, andaluzas... Así, en Andalucía nacerá el flamenco, un gran aporte a la cultura universal. Como detalle colateral, vale comentar que actores de la talla de Yul Briner, Michael Caine, Charles Chaplin, Helen Mirren y el músico de jazz Django Reinhardt tienen sangre gitana.

En resumen, podría definirse la historia del pueblo gitano como la historia del viaje de un pueblo errante marcado por la hostilidad y el desprecio, pero sobre todo por el desconocimiento.

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