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Gino Germani: El padre de la Sociología argentina

Gino Germani no era argentino. Por fortuna, el defecto fue corregido por el Gobierno Nacional hacia fines de los años treinta cuando, para poder trabajar en el Ministerio de Agricultura, optó por renunciar a la nacionalidad italiana para bañarse con compulsiva argentinidad. Su contribución para la comprensión de los fenómenos históricos argentinos es lo bastante significativa como para obviar una caprichosa etiqueta. De hecho, sobre el tema de la inmigración, trabajó con historiadores como José Luis Romero y Tulio Halperin Donghi, del Instituto de Historia Social[1].

A diferencia de otros pensadores, el interés de Germani sobre el autoritarismo surge sus propias vivencias, ya que varias veces durante su vida se vio enfrentado a gobiernos de esa alcurnia. Para Germani, el totalitarismo era la manera de manifestarse del autoritarismo y era el resultado de una tendencia inherente a la Modernidad, entendida como la línea de avance histórico de Occidente. Ese progreso fue impuesto por medio de la supremacía en conocimiento y desarrollo tecnológico al resto de planeta, no –como sostienen alguno filósofos– como un estado evolutivo necesario de la humanidad.

Germani investigó el fenómeno del autoritarismo; buscó sus causas en la aparente falta de sincronía entre la movilización y la integración social. De allí que realizara trabajos vinculados la asimilación de los inmigrantes en la Argentina, o sobre los efectos de la urbanización obrera del gran Buenos Aires, siempre con el objetivo de reflexionar sobre la estructura social de la Argentina.

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Durante su vida fue acusado por la derecha conservadora de comunista, subversivo, judío, amoral y pervertido. Sus estudios sobre temas como la familia, la natalidad o la juventud excitaban la imaginación de autoridades nacionales y eclesiásticas, tal como le había ocurrido oportunamente con sus educadores fascistas. Sin embargo, al tomar contacto con sectores intelectuales y empresariales norteamericanos, pasó del rojo comunista, a ser la “encarnación misma de la malignidad imperialista”. Solía decir que eran “Las dos ánimas que me acompañan a todas partes y en todo momento, sin las cuales, si faltara una u otra, ya no podría, ni sabría cómo seguir viviendo[2]”

Ya de regreso en su Italia natal, en una de sus últimas cartas, figura el siguiente párrafo:

“Voy un día y medio por semana a Nápoles, las pocas semanas en que no hay feriados, huelgas o elecciones universitarias. En Italia el año se divide en un período de fiestas interrumpido por huelgas y crisis de gobiernos. Aunque hay que admitir que hay algunos pocos días de trabajo. El milagro italiano consiste justamente en eso. En compensación, aquí los estudiantes fingen estudiar, los profesores enseñar y el Estado pagar”[3]

Tal vez sólo alguien capaz de sintetizar tan bien la esencia de un napolitano, sea capaz de interpretar la esencia de un argentino.

Gino Germani nació en Roma el 4 de febrero de 1911. Hijo de un padre anarquista y de una madre católica que asistía a misa diariamente, sus primeros años los pasó en la Italia dominada por el Fascismo. En 1926, cuando cumplió 15 años, se promulgaron en Italia las Leyes de Excepción que suprimían los partidos políticos, la libertad de prensa y cualquier forma de oposición al régimen. Se constituyó un Tribunal Especial encargado de juzgar los casos de rebeldía con atribuciones para aplicar castigos que iban desde el apercibimiento hasta la pena de muerte.

En marzo de 1930, mientras estudiaba contabilidad en la Universidad de Roma, éi y otras ocho personas fueron sorprendidas repartiendo folletos convocando a una manifestación antifascista. El grupo estaba compuesto por Germani, un anarquista, un comunista, un profesor con antecedentes antifascistas y otros dos sin antecedentes. Mientras todos sus compañeros negaban cualquier vinculación antifascista, Gino –que a todas luces era el más joven e ingenuo del grupo–, no dudó en declarase un “ferviente antifascista”[4] ante la policía del régimen de Benito. Para los funcionarios, el joven, simplemente, estaba fuera de sus cabales. Desde entonces sus padres recibirían regularmente sugerencias para que lo internaran en un manicomio.

El proceso a Germani siguió su cauce. Las comisiones provinciales decidían las penas sin admitir ni descargo ni defensa por parte de los imputados. Aunque no existen cifras del número de condenados en su apuntes figuran unos 12.000[5]; él fue uno de ellos y terminó encarcelado el 22 de marzo de 1930.

Desde entonces, pasó más de un año preso en diferentes cárceles (la Isla de Ponza entre otras), hasta que a raíz de su enfermedad (sufría de pleuritis), se le permitió ir a casa de sus padres, aunque bajo el régimen de “amonestado” lo que significaba estar bajo la vigilancia de la policía de manera permanente. Los gendarmes podían irrumpir en su casa a cualquier hora del día y de la noche. Era así como los “amonestados” se convertían virtualmente en muertos en vida: perdían sus amistades, no podían conseguir trabajo ni estudiar y pendía sobre ellos la permanente amenaza da la cárcel. En una carta al Cuestor de Roma en la que se recomienda su nuevo encarcelamiento, el que escribe se pregunta:

¿El muchacho es desequilibrado? Loco por las conspiraciones secretas, frecuentador de grupos espiritistas, etcétera… Germani es un demente que piensa en exasperar a las masas, y luego hacerse el loco.”[6]

La experiencia en la cárcel de Roma fue para Gino la mejor escuela política. Paradójicamente, era allí donde existía mayor libertad intelectual. Conoció a una serie de líderes políticos y obreros. Comenzó a desarrollar su propia teoría sobre las contradicciones existentes entre el fascismo y la participación política de la juventud[7]. Su espíritu libertario y esta temprana inclinación política anti totalitaria, marcarían el resto de la vida de Germani.

Dada la situación económica y el ostracismo al que era sometido, desde 1930 la familia comenzó un largo proceso para trasladarse a la Argentina. Por entonces, el régimen fascista había cerrado las fronteras a la emigración ya que temía un éxodo masivo dañara su imagen. Con la muerte sorpresiva de su padre, se intensificaron los contactos con Buenos Aires donde vivían varios familiares, entre otras, las hermanas de su madre. A pesar de todos los esfuerzos, pasarían más de tres años hasta que lograran superar las innumerables trabas burocráticas y políticas. Gracias a los contactos y el dinero de un tío –que era un exitoso comerciante en nuestro país– en 1934 arribaron madre e hijo a la Argentina.

Germani sufrió el desarraigo. No sólo se sentía un extranjero entre argentinos, sino que tampoco toleraba a sus compatriotas a quienes consideraba arrogantes y nuevos ricos. Durante mucho tiempo pensó en su estadía en Argentina como algo transitorio. Finalmente, en 1937 pareció comprender que el regreso a su patria se pospondría indefinidamente. Fue entonces que decidió ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Cuando terminó la carrera de Filosofía comenzó a trabajar para Ricardo Levene, quien estaba a cargo de la cátedra de Sociología en la UBA. Para ganarse la vida trabajaba en el Ministerio de Agricultura, por lo que debió renunciar a su ciudadanía italiana y adoptar la argentina.

Trabajó junto a Levene en el instituto hasta 1945 cuando –luego del advenimiento peronista– debió abandonarlo. Durante los años de proscripción realizó toda una diversidad de tareas. Trabajó para la editorial Paidós, donde tradujo o supervisó la traducción de obras de Raymond Aron, Margaret Mead, George Mead, Erich Fromm[8] y otros. Daba conferencias en el Colegio Libre de Estudios Superiores, que se convirtió en el refugio de muchos intelectuales opuestos al peronismo. Hasta se atrevió a escribir el “correo sentimental” de la Revista Idilio, donde contestaba las cartas de mujeres despechadas[9]. Mientras tanto seguía con sus investigaciones y escritos. En 1947, luego del censo, comenzó a trabajar sobre Estructura Social de la Argentina, una de sus obras más recordadas.

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En 1955 volvió a la UBA y fue parte protagonista del proyecto de desarrollo que se dio entre 1956 y 1966. En 1958 se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. En 1961 la Carrera de Investigador Científico. En ese ambiente Germani fue gestor de la creación del Departamento de Sociología. El proyecto de docencia e investigación liderado por Germani tuvo cultores y detractores[10], pero su legado es indiscutible.

En los años 60s Germani fortaleció sus lazos con varias universidades norteamericanas que lo recibían con aprecio y respeto. Cuando en 1966 Onganía produjo un nuevo golpe de estado, Germani –que estaba de viaje en Ginebra trabajando para las Naciones Unidas– aceptó una invitación para ir a enseñar en Harvard. Tampoco se adaptó completamente a la sociedad norteamericana. Según su hija Ana:

“[Gino Germani] nunca se acostumbró a la vida rutinaria americana, demasiado ordenada y prolija, sin revoluciones ni huelgas; peor todavía, sin alguien con quien pelearse. La ‘corrección política’, la ética protestante y las costumbre victorianas lo deprimían profundamente. Se sentía un bicho raro, fuera de lugar, y efectivamente era así.”[11]

Nadie como una hija para pintar con tan pocos trazos la esencia de nuestro personaje. Germani, luego de un proceso kafkiano para recuperar su ciudadanía italiana (como no podía ser de otra manera), regresó a su patria unos pocos años antes de su muerte, ocurrida en Roma el 2 de octubre de 1979.

[1] Germani, Ana; Del Antifascismo a la Sociología; Editorial Taurus, Buenos Aires, 2004. Página 209.

[2] Germani, Gino; Authoritarianism, Fascism and National Populism; Boston, 1978. Edición consultada: traducción de Alma Idiart y Mariana Podetti; Autoritarismo, Fascismo y Populismo Nacional; Temas Grupo Editorial, Buenos Aires, 2003. Página 21.

[3] Germani; 1978:23.

[4] Germani, Ana; 2004:23.

[5] Para otros autores serían muchos menos, por ejemplo Giorgio Amendola, indica 4.671. Germani, Ana; 2004:23.

[6] Germani, Ana;2004:32.

[7] Germani observó como el fascismo intentó resolver la tensión entre Unidad y Uniformidad. Los fascistas reconocieron que si bien la Unidad era necesaria, la Uniformidad producía en estancamiento del pensamiento. Para mantener la vitalidad del régimen, el fascismo comprendió que debía encontrar mecanismos que promovieran la diversidad de pensamiento individual. Para ello creó grupos de jóvenes dedicados al análisis y la discusión política. Con ellos se pretendía estimular el pensamiento crítico de las futuras elites dirigentes. Como era de esperar, de esos grupos surgieron los más fervientes opositores al régimen de Mussolini. Según Germani, la solución fue el envío al África de los más ariscos.

[8] El libro El Miedo a la Libertad de Fromm, traducido al español por Germani, fue una influencia notable.

[9] Ver Giarracca, Norma; “Gino Germani y su época. A ochenta años de su nacimiento”, Buenos Aires, 1991. Publicado en el sitio web del Instituto Gino Germani de la UBA.

[10] Dentro de éstos últimos, Germani, en un trabajo de 1968, señalaba a tres grupos: a. Un sector de la intelligentsia, antipositivista con anclajes teóricos en la fenomenología, el neotomismo y el existencialismo alemán; b. Grupos de derecha, ligados a las Fuerzas Armadas y a las altas jerarquías eclesiásticas, que veían en la sociología una amenaza izquierdista; c. grupos de izquierda que le reprochaban a Germani la aceptación de subsidios de la Fundación Ford. Citado en Giarracca, Norma; “Gino Germani y su época. A ochenta años de su nacimiento”, en el sitio web del Instituto Gino Germani de la UBA.

[11] Germani, Ana; 2004:287.

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