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Gabriele d'Annunzio, el teatro de guerra

Celebridad indiscutible de la Italia de fines del siglo XIX, Gabriele d'Annunzio se ganó la admiración del público con su vasta obra literaria y su escandalosa vida personal. Pero más allá de ser un simple dandy, d'Annunzio terminó pasando a la historia con sus acciones patrióticas que incluyeron el desarrollo de una nueva liturgia política que terminaría por ser asociada al fascismo y, notablemente, la ocupación de la ciudad de Fiume durante quince meses.

Gabriele d’Annunzio –escritor, conquistador, vividor, héroe de guerra y dictador autoproclamado– fue, ante todo, un hombre apasionado. Su posición en la historia es doble y conflictiva. Era un monstruo y era un dios. La gloria literaria de Italia, “il Vate”, el escritor italiano más importante desde Dante, la historia lo recuerda también como el inventor de lo que Emilio Gentile llamó el “estilo” fascista.

En lo personal, gastaba como si no hubiera mañana. No tenía problema en bañarse en lujos y, cuando las deudas se acumulaban y los acreedores venían a buscarlo (no precisamente para hablar), simplemente se iba y esperaba a que la situación se resolviera. Aunque sus contemporáneos lo describen como un hombre desagradable, era un amante prodigioso e insaciable, contándose en su historial cientos de conquistas documentadas en detalle por él mismo. Pero, aunque disfrutaba de los placeres, d’Annunzio también podía ser cruel. Hay incontables relatos de la tortura psicológica a la que sometió a sus múltiples amantes y, teniendo en cuenta este historial, no sorprende que dos de ellas se intentaran suicidar y que otra descendiera a la locura.

Como escritor de una obra literaria que se cuenta en 48 tomos, se alzó como la voz de la nación italiana, solo 7 años menor que él. Se consideraba un heredero de Garibaldi y, como muchos de los hombres de su época, brillante como era, d’Annunzio se vio inmerso en un medio en el cual las teorías nacionalistas empezaban a cobrar ribetes violentos. Leyó (mal) a Nietzsche, a Darwin y a Dostoievski, y soñó con un mundo de hombres llamados a la grandeza, superiores a ese otro, tan elusivo como indefinible, sobre el cual había que sobreponerse. Era un apasionado de la violencia. Exaltaba la guerra, como luego lo harían Filippo Marinetti y sus futuristas, y consideraba que solo regando su suelo con sangre joven podían crecer las nuevas naciones.

Para finales del siglo XIX, él y otros como él buscan una guerra. Con quien sea, como sea. La oportunidad para Italia, finalmente, llegó en 1915. Después de años en el exilio y meses de denunciar la neutralidad italiana como cobardía, en mayo d’Annunzio arribó a Italia y fue recibido como un héroe. Se desplazó por el país realizando algunos de sus discursos belicistas más violentos e inflamantes, pero fue el 17 de mayo en el Capitolio en Roma, frente a una multitud de 100.000 personas, que llamó a hacer lo que hiciera falta (asesinato incluido) para que los pacifistas no ocuparan sus bancas en el Parlamento. La situación se descontroló, devino en tumulto y cientos de personas fueron arrestadas.

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A la semana siguiente, Italia entró en la guerra. Poco importaba que el Tratado de Londres, que habilitaba esta acción, se hubiera firmado a fines de abril. Para el público italiano, el discurso de d’Annunzio había sido lo que inclinó la balanza.

Hombre de su palabra, especialmente dado a los grandes actos, aún con cincuenta años actuó como soldado. Voló como parte de la recientemente creada Fuerza Aérea Italiana y se desempeñó como un maestro de la propaganda. No solo se documentaron y difundieron todas sus acciones, no solo alentó a las tropas con su oratoria –aun habiendo visto morir de las formas más grotescas a miles de jóvenes en el frente–, sino que también él mismo voló y, en vez de lanzar bombas, lanzó panfletos sobre Trieste y sobre Viena. En 1917, mártir, sufrió un accidente y perdió la visión de un ojo.

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Terminada la guerra, consideró que no había nada para celebrar. Las negociaciones por la paz en Versalles determinaron que los tratados secretos eran inválidos y, por lo tanto, Italia perdía la posibilidad de ver realizadas sus pretensiones territoriales al Este del Adriático. Para d’Annunzio la victoria había sido “mutilada” y meses antes de que Italia se retirara de las negociaciones, para enero de 1919, ya estaba expresando su apoyo a los italianos que habrían de quedar enclavados en la nueva Yugoslavia en su famosa “Carta a los Dálmatas”.

En la ciudad de Fiume, hoy Rijeka, Croacia, las tensiones entre la población italiana y la eslava se empezaron a acumular y los engranajes empezaron a girar. Para mayo, el Concejo Nacional, básicamente conformado por simpatizantes italianos, envió un telegrama a d’Annunzio invitándolo a liderar la revuelta y a ponerse al frente de la anexión del territorio a Italia. Este, después de debatirse durante meses, finalmente llegó a Fiume acompañado del cuerpo de elite conocido como los arditi el 12 de septiembre de 1919.

El episodio, algo que luego llegaría a conocerse como la “Entrada Sagrada”, parecía sacado de una leyenda. Aunque la ciudad estaba sitiada por el ejército regular italiano, que estaba manteniendo la plaza en nombre de los Aliados, la simple mención del nombre de d’Annunzio hizo que las defensas cayeran rápidamente. En pocas horas, el poeta devenido héroe entró a Fiume acompañado de multitudes, incluidos unos dos mil desertores del ejército italiano, que lo vitoreaban y, por supuesto, de cámaras de filmación que capturaron toda la escena para su posterior difusión.

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Lo que siguió fueron quince meses de uno de los experimentos sociales y políticos más bizarros de la historia del siglo XX. D’Annunzio estaba convencido de que Fiume debía ser una especie de ícono para el mundo. Allí es dónde, luego de hacerse del liderazgo del Concejo Nacional y de ser nombrado Comandante, empezó a desarrollar su propio género político. Fiume era excitante. Atrajo miles de personas de todo el mundo que, ya fuera porque estaban sufriendo las penurias económicas o los problemas psicológicos de la inmediata posguerra, o porque simplemente querían probar algo nuevo, se lanzaron a su puerto.

En esta ciudad sitiada, abastecida por la piratería y habitada por jóvenes violentos, se dio rienda suelta a las drogas, la promiscuidad y el crimen, en este caso especialmente dirigido a las minorías eslavas. D’Annunzio no solo alentaba todo esto, sino que se erigió como maestro de ceremonias. Fiume era su página en la historia y de ninguna manera iba a permitir que esta fuera cualquier cosa menos espectacular. El poeta devenido Duce desarrolló un estilo de política completamente novedoso que luego sería copiado hasta el hartazgo por los fascistas que recién por esos años estaban empezando a perfilarse como grupo. Amaba los uniformes, los rituales, los saludos y los desfiles. Para él, cada día era bueno para dar un discurso y cada momento era digno de ser celebrado con inmensa pompa.

Los primeros signos de deterioro llegaron, sin embargo, al muy poco tiempo de empezada la experiencia. D’Annunzio había esperado que su pequeña acción diera lugar a una mucho mayor que culminara con el gobierno de Francesco Saveiro Nitti, el primer ministro que había habilitado la “mutilación” de la victoria italiana. Esto no sucedió y, empeorando la posición de d’Annunzio, en noviembre de 1919 Nitti fue reelecto gracias a una aplastante victoria por sobre la alianza de los fascistas armada por Marinetti y Benito Mussolini.

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Envalentonado y dispuesto a usar la aventura de d’Annunzio como muestra cabal de lo problemáticas que habían resultado las condiciones de la paz, Nitti ofreció un modus vivendi al dictador. Básicamente, reafirmó la idea de que Fiume no sería anexado a Italia, pero prometía lograr la autodeterminación de la ciudad. D’Annunzio, a contramano de lo que le sugirieron varios de sus asesores y de lo que el pueblo votó en un plebiscito, no aceptó. Para él, como tantas veces había dicho, era “Fiume o muerte”. A esta altura, sin embargo, probablemente solo estaba pensando en no perder el liderazgo de Fiume, ciudad cuyo destino él consideraba inseparable del suyo.

A partir de esta debacle, desde inicios de 1920, sus legionarios, que habían llegado de a miles unos meses antes, comenzaron a desertar. La intimidación se volvió moneda corriente y el discurso, antes tan ligado a la idea nacionalista, se transformó en la expresión de las utopías de d’Annunzio. Fiume cambió. Si ya era un lugar asociado al libertinaje y la violencia, ahora era el lugar de la experimentación política irrestricta, donde bolcheviques, grupos hinduistas proto hippies y fascistas vivían en comunidad.

Para septiembre de 1920, luego de la lectura de la constitución corporativista conocida como la Carta del Carnaro, d’Annunzio disolvió el Concejo Nacional y se declaró regente. En paralelo, luego de la caída del gobierno de Nitti y el retorno de Giovanni Giolitti (histórico primer ministro de la preguerra), algo nuevo se estaba gestando. Convencido de que había que terminar de una vez por todas con esta farsa en la Costa Dalmática, el líder italiano habilitó la firma del Tratado de Rapallo en noviembre de 1920, que, aunque muy desfavorable para Yugoslavia, obtuvo concesiones importantes para Italia y declaró que Fiume, de ahora en más, sería una ciudad independiente. Aunque el resultado era, básicamente, lo que d’Annunzio había querido desde un principio, él se sintió engañando y, una vez más, se negó a abandonar Fiume.

Giolitti respondió con las armas. Para la Navidad de 1920, luego de haber desoído el ultimátum enviado por el gobierno italiano, d’Annunzio se vio enfrentado a la artillería de su propia patria, esa por la que había jurado morir. Solo entonces, dándose cuenta de que se había transformado en un enemigo de su propio Estado, decidió rendirse.

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En enero de 1921, sorprendentemente aún aclamado por las multitudes, d’Annunzio abandonó Fiume y retornó a Italia. Compró una casa en el Lago di Garda a la que llamó “Il Vittotiale” y pasó los siguientes años de su vida revisando su obra literaria y haciendo lo que más le gustaba: gastar plata en decorar su residencia con artículos finos y satisfacer su apetito sexual. Contempló desde lejos el ascenso del fascismo y la marcha sobre Roma en 1922, pero, aunque contó con el beneplácito de Mussolini, jamás se comprometió directamente con el movimiento. Discretamente denostaba la apropiación de su forma de hacer política y, probablemente, no podía tolerar que alguien que no fuera él se hubiera transformado en el centro de atención.

Finalmente, sufrió un derrame estando en su casa y falleció el 1 de marzo de 1938. Según los recuerdos de la persona que llamó a informar a Mussolini de esta muerte, del otro lado de la línea se escuchó un “por fin”. El nuevo Duce, por supuesto, despidió con gran pompa a d’Annunzio.

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