Furta sacra

El robo de reliquias durante la Edad Media fue una actividad muy lucrativa que, si bien no contó con el apoyo de la Iglesia, gozó de una permisiva tolerancia ya que una basílica sin santas reliquias era de poca jerarquía. De allí que este tráfico de sacras partes era un procedimiento nivelador, una redistribución de la riqueza. Lo que a algunos les sobraba, alguien se encargaba de repartirlo con justicia divina... y si las intenciones no eran santas, entonces el buen Dios lo hacía saber castigando al responsable. Al menos así se interpretó la muerte fulminante del archidiácono Rufus de Turín al intentar robar un dedo del ya muy disperso san Juan Bautista.

Este peligro hacía el negocio más lucrativo y fue así como unos pocos se dedicaron de lleno a esta actividad. El más famoso ladrón de santos, en los oscuros tiempos del Medievo, se llamaba Deusdona, un diácono de una iglesia romana que llevó el negocio a extremos impensados. Este organizaba caravanas que cruzaban los Alpes y recorría diversos monasterios para proveerlos de “beático” material. La especialidad de Deusdona eran los supuestos mártires que sustraía de las catacumbas.

El diácono se hizo muy famoso por la venta de los mártires Marcelino y Pedro, que entregó al abate Einhard, célebre por escribir la biografía de Carlomagno. El abate adquirió tantos santos, mártires y porciones de sus anatomías que convirtió al convento de Seligenstadt en un centro de peregrinación obligado.

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Einhard
Einhard

Esta acumulación de tesoros beatificados llevaba a una competencia entre monasterios e iglesias. En el caso de Einhard, no podemos dejar de mencionar la envidia que sentía por el abad Ilduino, quien había obtenido las reliquias de san Sebastián donadas por el papa Eugenio II para su monasterio de Saint-Médard de Soissons.

Einhard no tuvo reparos en relatar en su obra Traslatio SS Marcelli et Petri cómo el tal Deusdona firmó un contrato donde se comprometía a obtener los restos de estos santos para aumentar y dar prestigio al convento de Seligenstadt.

Como dijimos, Deusdona vivía en Roma, cerca de San Pietro in Vincoli y contaba con la asistencia del fray Lunisio y del hermano Teodoro. Estos armaron una red de tráfico de santas porciones con ayuda de Teotmaro, un monje de Fulda, quien obtuvo los restos de san Alejandro, san Fabián, san Urbano, santa Felisa y otros tantos habitantes del santoral.

No solo proveyeron con restos de varones y mujeres de fe inquebrantable a estos jerarcas de la iglesia, sino que también aprovechaban los eventos organizados por los monasterios y conventos para vender a los peregrinos alguna menudencia beatificada, que estos podían llegar a ingerir por sus conocidas cualidades terapéuticas en caso de necesidad. ¿Eran realmente los restos de santos lo que ellos vendían? Menos pregunta Dios y perdona...

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