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French y Beruti, después de mayo

Pensar en French y Beruti, siempre como parte de un conjunto, por supuesto, trae a la mente imágenes como las de la revista Billiken. Un par de hombres risueños que reparten cintas celestes y blancas a la gente en la Plaza de Mayo, mientras dentro del Cabildo se estaba produciendo una revolución. Esta versión que se ha transmitido a miles de mentes infantiles a lo largo de la historia argentina está recogida, en gran parte, de los sucesos que, parece que bastante incorrectamente, recuerda haber presenciado un joven llamado José María Albariños. La razón por la que el testimonio de Albariños caló tan hondo se debe a que es el que nos llegó inmortalizado en «Historia de Belgrano y de la independencia argentina», de Bartolomé Mitre.

La historiografía moderna ya se ha ocupado de devolver a Domingo French y a Antonio Luis Beruti su importancia, y hoy son pocos los que siguen pensado en ellos como meros sastres. Cualquiera que busque encontrará fácilmente algo escrito sobre su actuación como agitadores en los días previos a la revolución, y se pone de manifiesto rápidamente que, si hubo gente en la plaza el 25 de mayo, fue en gran parte por French, el cartero único de Buenos Aires, y Beruti, empleado virreinal de Contaduría. Hoy se sabe que la «Legión Infernal» que se formó en esos días, nutrida de «chisperos» o agitadores, proveyó una dimensión popular a los sucesos de mayo y que, más allá de repartir cintitas, French y Beruti ejercieron –«en nombre de 600» como firmaron en la petición para deponer al virrey Cisneros– una presión que fue decisiva.

Aunque es admirable que se haya recuperado su rol en esos días de mayo, hasta ahí llega muchas veces el conocimiento. Por su actuación conjunta en estas jornadas se han vuelto inseparables y resulta muy difícil pensar en ellos individualmente. La realidad, por supuesto, fue muy distinta. Aunque siguieron siendo amigos hasta el final de sus días, luego de la revolución sus caminos comenzaron a diverger y sus destinos terminarían separados al punto de encontrarlos en bandos enfrentados.

Después del 25

A pocos días de la creación de la Primera Junta, French y Beruti todavía eran considerados como parte de un par, pero ya se habían empezado a gestar las primeras diferencias. French, reconocido militar que venía ascendiendo en rango desde la época de las Invasiones Inglesas, fue convocado por Moreno para hacer de sus «chisperos» un regimiento formal. En un primer momento, temiendo, según parece por comentarios de Medrano, que se empezara a murmurar sobre su íntima amistad con Beruti, French presentó una lista de oficiales para la formación del regimiento, en la cual no incluyó a su amigo. No fue sino por orden de la Junta que se nombró a Beruti como segundo jefe.

En esa posición de mando ambos se abocaron a buscar voluntarios que quisieran unirse a este nuevo regimiento llamado «América» y popularmente conocido como «de la Estrella», por la insignia roja que llevaban en sus uniformes. La tarea no resultó fácil debido a las altas tasas de deserción que se produjeron entre el gauchaje que ellos buscaban reclutar. En medio de esta organización, sin embargo, va a aparecer un primer momento de tensión. Además de haber reconocido inicialmente a French sobre Beruti, la Junta envió a French en una comisión especial, junto a Castelli y a Rodríguez Peña, a Córdoba para lidiar con una banda de contrarrevolucionarios que incluía a Santiago de Liniers, el antiguo héroe de la reconquista y exmentor de French.

En Cabeza de Tigre, French tuvo que elegir entre su fidelidad a Liniers –a quien había admirado como líder de la Reconquista– y su lealtad al ala más radical de la Revolución (encarnada en este caso en Moreno, quien lo había enviado a cumplir esa misión). La decisión quedó sellada cuando dio el tiro de gracia en la sien de Liniers.

Volvió a Buenos Aires, ya con su bando completamente definido, y él y Beruti, todavía a cargo del Regimiento de la Estrella quedaron ahora confirmados en el ala más radicalizada de la revolución. No pasó mucho tiempo antes de que las jornadas del 5 y 6 de abril de 1811 los dejen enemistados al orden saavedrista que había tomado el control de la Junta. French y Beruti, hermanados una vez más, en esta oportunidad fueron condenados al destierro. Se los envió a Carmen de Patagones, pero Beruti fue absuelto al poco tiempo por no encontrarse razones para su exilio. French no tuvo tanta suerte y debió pasar el invierno lejos de los suyos.

«Hombre de todos los partidos y consecuente con ninguno»

Así describe Manuel de Arroyo y Pinedo en un artículo de La Gaceta Mercantil a Domingo French en 1826, luego de su muerte. Quizás un poco exagerado, pero su vida a partir de este primer exilio, si bien no fue larga, estuvo repleta de complejidades.

Con la llegada del Primer Triunvirato a fines de 1811, French fue rehabilitado y puesto nuevamente al frente de su regimiento. Se distinguió en el sitio de Montevideo asistiendo a José Rondeau en 1814, acción que le valió un nuevo ascenso en los rangos militares, y coqueteando con el artiguismo. De cualquier modo, French no tuvo tiempo de disfrutar estos nuevos honores. La designación de su primo y cuñado, Gervasio Antonio Posadas, como director supremo a inicios de 1814 terminó mal para French, cuando aquel –obligado por sus asesores, según sus memorias– firmó una orden que decretaba un nuevo destierro.

Durante el directorio de Ignacio Álvarez Thomas, French fue rehabilitado nuevamente y, una vez más, puesto al servicio de Rondeau. Esta vez su destino fue el Norte, Salta y Tucumán, donde fue convocado para asistir a Güemes y a sus gauchos luego de las derrotas de Suipacha y Sipe Sipe en 1815. Su actuación allí fue complicada, y no fueron pocas las veces que su efectividad se vio disminuida por quedar en medio de las desconfianzas entre Güemes y el directorio.

A inicios de 1816 logró volver a Buenos Aires cansado y enfermo, pero todavía con la suficiente energía como para seguir causando enojos al gobierno de turno. Se puso a disposición de Dorrego y empezó a definirse como federal, cosa que eventualmente le valió la enemistad con Pueyrredón y un nuevo exilio, esta vez en los Estados Unidos.

Luego de un par de años en Baltimore, en 1819 French volvió definitivamente a Buenos Aires pobre y con su salud más deteriorada. Increíblemente, sus días de lucha todavía no habían terminado y en 1820 peleó en la batalla de Cañada de la Cruz. Porteño al fin, luchó en el bando unitario a las órdenes de Soler. La derrota fue espectacular. Soler escapó de Cañada de la Cruz dejando más de 200 muertos en el campo de batalla y varios prisioneros en manos de los López, French entre ellos.

Finalmente fue liberado por orden de Carlos María de Alvear y, esta vez, se retiró de forma definitiva. El 4 de junio de 1825 murió en Buenos Aires a la edad de 50 años y sus hazañas y desventuras fueron lentamente olvidadas por la historia.

El héroe de Chacabuco

¿Y Beruti? No por haber seguido un camino diferente al de French tuvo una vida menos espectacular. Luego de su cuasiexilio en 1811, volvió y fue nombrado Teniente Coronel del Regimiento 3° de Infantería. En diciembre de 1812 recibió el cargo de Teniente Gobernador interino de la provincia de Santa Fe y luego, en junio de 1813, se trasladó a ejercer el mismo cargo a Tucumán. Ejerció ese rol hasta octubre de 1814, momento en el cual, separado de sus funciones por orden de Posadas, volvió a Buenos Aires.

Al igual que French, no le duró demasiado el bajo perfil y en 1816 recibió el cargo de subinspector del Ejército de los Andes y partió a Mendoza a ponerse a las órdenes del General San Martín. Participó del Cruce de los Andes, sufrió la derrota en Cancha Rayada y tuvo una participación estelar en Chacabuco como segundo jefe del Estado Mayor, acción que le mereció una condecoración especial.

En 1817 regresó a Buenos Aires y durante los siguientes años no tuvo roles demasiado importantes. Se sabe que alrededor de 1820 se instaló en Mendoza con su familia y se unió al Partido Unitario. Allí contrajo matrimonio con Mercedes Ortiz, proveniente de una notable familia mendocina. Fruto de esta relación fue Antonio Luis, eximio cantante de ópera y padre –a su vez– de otros distinguidos músicos, Arturo y Pablo.

El último momento de gloria de Antonio Luis Beruti llegó en 1841 cuando peleó, ya a la edad de 69 años, en la batalla de Rodeo del Medio bajo las órdenes del General Gregorio Aráoz de Lamadrid. El bando unitario fue derrotado por el rosista Ángel Pacheco, y Beruti tomado prisionero. Pacheco, reconociendo sus servicios, le perdona la vida pero de todos modos fallece al poco tiempo, todavía en cautiverio. No se sabe dónde fue enterrado.

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