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Franklin Delano Roosevelt: La sensatez al poder

Nuestro pueblo es un buen pueblo. Nuestros problemas pueden resolverse... a nuestra manera. Debemos preservar la Democracia. Superaremos todos los obstáculos. No hacía falta que lo dijera, porque él era la personificación de esos principios. Su presidencia fue la única etapa que yo haya vivido en la que nuestra nación estuvo unida, con esperanza en el futuro, alegría, audacia, inteligencia, energía e incluso cierto amor entre los ciudadanos.

Elia Kazan - Director de cine

Franklin Delano Roosevelt (30/1/1882-12/4/1945) llegó a la Casa Blanca en marzo de 1933, tras el crack económico provocado por las ambiciosas y suicidas prácticas de Wall Street y los capitanes de empresa americanos, seducidos por la mal llamada magia del mercado y apoyados por los irresponsables líderes conservadores. Roosevelt era como un atisbo de esperanza en el desastroso panorama nacional causado por la Gran Depresión. El retos más importante de Roosevelt era devolver la fe y la confianza a un pueblo sumido en la pobreza por la irresponsabilidad de unos pocos, que habían vendido como eterna una falsa prosperidad que acabó por conducir a la nación estadounidense a sus horas más bajas. La crisis de 1929 marcó profundamente, de un modo u otro, a la mayoría de los americanos, que dieron su confianza y sus votos a un hombre de ascendencia patricia, rico, pero que siempre se había destacado por defender la causa de los más humildes. La historia de USA pudo haber sido muy distinta si Roosevelt no hubiese alcanzado la presidencia. Por suerte, el pueblo norteamericano hizo a un lado la pachorra ciudadana, característica del mandato de Herbert Hoover, y eligió a un hombre cuyos actos tendrían un peso considerable en el devenir de los acontecimientos históricos, además de ser, al menos en parte, el artífice de la recuperación de Estados Unidos tras la terrible Depresión.

Rooselvet y su New Dealcambiaron la faz de USA, con una mayor intervención de la administración federal en los asuntos públicos y un ambicioso plan de obras públicas, financiado por el gobierno federal, y destinado tanto a mejorar las infraestructuras, como a facilitar trabajo a los millones de parados. Es cierto que algunos de los proyectos emprendidos por Roosevelt y su equipo fueron experimentos que no acabaron de funcionar; pero muchos dieron los resultados apetecidos, contribuyendo a mejorar notablemente la vida de los estadounidenses más necesitados. La situación general seguía siendo mala, pero, merced a los esfuerzos y desvelos del Presidente y sus colaboradores, las cosas tenían visos de mejorar. Roosevelt ofrecía serenidad en un tiempo en que lo más fácil era dejarse llevar por el desánimo y la desesperación. No debemos temer a nada excepto al mismo miedo. Estas palabras suyas calaron muy hondo en el subconsciente colectivo de los americanos. Su arrolladora personalidad se dejó sentir en todos los ámbitos sociales, instando a sus conciudadanos a afrontar el porvenir con valentía y decisión; las mismas cualidades con las que él había hecho frente a la polio que le dejó en una silla de ruedas. Roosevelt representaba el optimismo moderado de quienes sabían que la situación era muy difícil, pero albergaban el convencimiento de que con esfuerzo, trabajo y dedicación sería posible salir adelante. Algunos le tacharon de embaucador, comparándole con aquellos vendedores de licor de serpiente curalotodo que pululaban por el viejo Oeste, pero nunca se dedicó a vender soluciones mágicas, como hacían muchos de sus enemigos políticos.

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Suele aceptarse como axioma histórico que la entrada de USA en la Segunda Guerra Mundial fue lo que sacó al país de la profunda crisis en que estaba hundido, quitándole importancia al New Deal de Roosevelt, que algunos historiadores juzgan, erróneamente, casi como irrelevante. Pero aunque su incidencia económica no hubiese sido tan notable como los partidarios de Franklin Delano Roosevelt sostienen, no puede negarse que contribuyó muchísimo a la estabilización nacional.

En cierto modo, Roosevelt era un revolucionario, pero la revolución que proponía no era un proceso violento y caótico, con tendencia a degenerar en un Estado totalitario y criminal, como ocurría invariablemente con las revoluciones de inspiración fascista o marxista. Postulaba una transformación profunda pero pacífica de Estados Unidos, respetando el imperio de la ley y las reglas del juego político, con el fin de crear una sociedad más justa. En realidad, más que de una revolución, se trataría de un gran paso adelante en la evolución social de USA. Estos anhelos chocaron frontalmente con la oposición de los detractores del Presidente, en especial los situados más a la derecha del espectro político, que calificaban de socialista la intervención del gobierno federal en ciertos temas. Rooselvet pretendía salvar el sistema, a la vez que intentaba volverlo más humano. “¿Por qué me odiáis tanto? Sólo estoy tratando de salvar el capitalismo”, llegó a espetarles en cierta ocasión a los multimillonarios que conspiraban en su contra. Y era cierto. Nunca pretendió destruir el sistema capitalista americano, tan sólo transformarlo para que el mayor número posible de estadounidenses pudiese beneficiarse de él.

Los del otro extremo político tampoco tenían buena opinión de Franklin Delano Roosevelt. Conscientes de que el presidente buscaba transformar el sistema y no derruirlo para establecer algo similar a los ominosos gobiernos frentepopulistas (tan del gusto de la extrema izquierda, los comunistas y sus adláteres), aunque fingieran cierto entusiasmo por Roosevelt y sus medidas, en realidad le aborrecían, sobre todo porque había condenado la falta de libertades y el régimen de terror impuesto en la URSS por Stalin.

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Roosevelt se encontraba entre dos fuegos, tachado de rojo por unos y de fascista por otros. Pero la verdad era mucho más sencilla: Roosevelt sólo era un hombre sensato, que intentaba inculcar esa sensatez en sus conciudadanos.

Su mayor preocupación fue la de intentar que la sociedad estadounidense, profundamente aislacionista cuando llegó a la presidencia, fuera consciente de lo errado de tal postura. El aislacionismo americano resultaba como poco contraproducente, sobre todo en una época caracterizada por el ascenso del nazismo en Alemania y por el agresivo militarismo de Japón. La visión de futuro de Roosevelt era sorprendentemente nítida, pues no sólo percibió el peligro que para su país podían llegar a representar la Alemania de Hitler y el imperio japonés, sino que fue capaz de anticipar un profundo cambio en la situación internacional, que estaría marcado por los grandes adelantos en los transportes y las comunicaciones. Dicho de otro modo: Roosevelt sabía que el mundo se encaminaba hacia una globalización, que todas las naciones acabarían por ser interdependientes unas de otras y, en consecuencia, que Estados Unidos no podía permanecer ajeno a esa realidad.

El sentimiento aislacionista fue un terrible escollo para Roosevelt, sobre todo cuando empezó a resultar evidente que Hitler, que había alcanzado el poder casi a la vez que él, era un psicópata peligroso. Los conservadores esperaban con ansiedad que Roosevelt, a quien empezaron a tachar de belicista por su firme actitud frente a los abusos nazis, diera un paso en falso para arremeter contra él aún con más dureza. Entre ellos figuraban tanto estadounidenses sinceros, que estaban convencidos de que los problemas de Europa eran cosa de los europeos, como siniestros individuos que ocultaban bajo su aparente patriotismo conservador su admiración por el régimen instaurado por Adolf Hitler. Entre ellos destacó Charles Lindberg, quien ensució su aureola de héroe nacional no sólo con su actitud aislacionista, proyectada a través de la organización First America (América Primero), sino con su afirmación de que el futuro de Europa estaba en manos de Alemania, sus elogios al régimen nazi y su relación de amistad con Herman Göering. Henry Ford, por mencionar a otro americano ilustre, tampoco hacía gala de una gran sutileza. Antisemita convencido, publicó un panfleto de su autoría titulado EL JUDÍO INTERNACIONAL, un libelo cargado de odio que tuvo una gran acogida en Alemania.

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De todas formas, los simpatizantes nazis estaban en franca minoría en la sociedad estadounidense. La Asociación Germanoamericana de Fritz Kuhn alcanzó en su momento de mayor auge los 23.000 afiliados, de los que unos 8.000 formaban sus particulares Tropas de Asalto. Los Camisas Plateadas de William Dudley Pelley eran aproximadamente 14.000 en los años 30, cifra que se redujo hasta menos de 5.000 cuando el país entró en guerra. Estos grupos neonazis nunca supusieron un verdadero peligro para Estados Unidos, pues estaban bajo la atenta vigilancia del FBI. En 1939, agentes federales del Departamento del Tesoro arrestaron a Kuhn por malversación de fondos, acusación gracias a la cual dio con sus huesos en la cárcel, lo que supuso un durísimo revés para su formación política. Cuando Estados Unidos entró en guerra, Roosevelt utilizó sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas para evitar que Lindberg combatiera en el frente europeo, pues no se fiaba de su lealtad, al tiempo que sometía a Ford y otros industriales sospechosos de admirar el régimen nazi, a una vigilancia aún más estrecha por parte de los hombres de J. Edgard Hoover, que era muy conservador, pero que consideraba a los nacionalsocialistas tan perjudiciales para América como los comunistas.

Tras el estallido de la guerra en Europa, el 1 de septiembre de 1939, Franklin Delano Roosevelt intensificó sus esfuerzos para tratar de ayudar a los países democráticos, aunque no le quedó otro remedio que actuar con gran cautela para llevar a cabo sus proyectos, pues al mismo tiempo tuvo que hacer frente a las elecciones de 1940. Roosevelt fue el primer y único presidente americano que se presentó para un tercer mandato, algo casi impensable en la política estadounidense. El general George Washington, primer presidente de los Estados Unidos, había rechazado presentarse a un tercer mandato, que sin ninguna duda habría obtenido, porque pensaba que cuando un hombre permanece demasiado tiempo en el poder tiende a considerarse imprescindible, y ello conduce al despotismo. “Me he pasado la vida luchando contra la monarquía para convertirme en rey”, decía Stalin. Este precedente, respetado por todos los que accedieron a la presidencia casi como si fuera un artículo de la Constitución, fue obviado por Roosevelt, pero no por ansias de poder personal, como alegan sus detractores, sino porque era lo más sensato que se podía hacer en aquel momento. El estallido de la guerra había venido a confirmar sus tesis, y un cambio de gobierno en aquel momento, con un aislacionista como Wendell Wilkie en la Casa Blanca, por ejemplo, habría tenido consecuencias imprevisibles y posiblemente nefastas sobre el futuro de Estados Unidos y el mundo democrático.

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La Era Roosevelt fue, quizá, la etapa más agitada y a la vez más esperanzadora de la historia americana. Durante los doce años que median entre 1933 y 1945, Roosevelt cargó sobre sus hombros la tremenda responsabilidad de devolver la confianza a Estados Unidos, de levantar un país postrado de rodillas por las consecuencias de la Gran Depresión. Al mismo tiempo, se erigió en defensor de los derechos más esenciales de las personas, en un momento en que el totalitarismo campaba a sus anchas por el mundo. Aunque falleció antes de la conclusión de la guerra, él fue el auténtico debelador de los imperios nazi y nipón, fiel a un compromiso que había asumido apenas llegó a la Casa Blanca. Fue también un gran americano, que, lejos del patrioterismo cursi y ramplón cultivado por algunos de sus sucesores, persiguió colocar a Estados Unidos en una posición de primacía mundial, pero respetando siempre al resto de las naciones, sin pretender imponerles el sistema americano mediante presión o por la fuerza.En su presidencia hubo errores, y también decisiones complicadas o incluso injustas. Así, ordenó el internamiento de los japoneses residentes en USA, hecho que tendría un coste económico y emocional enorme para los americanos de raza japonesa, y que sería muy criticado por generaciones posteriores. Pero lo cierto es que no tenía otra salida. A pesar de las duras condiciones de vida en los campos de internamiento—nada que ver, por otra parte, con los campos levantados por los japoneses, los gulags soviéticos o los campos de la muerte nazis—, al menos éstos sirvieron para proteger a los americanos-japoneses de la furia de un pueblo indignado por el vil y cobarde ataque de Pearl Harbor. Pero cuando los jóvenes de raza japonesa nacidos en Estados Unidos expresaron su deseo de alistarse, ansiosos por demostrar que quizá fueran enanos amarillos pero que eran norteamericanos de corazón, dispuestos a luchar por su país, Roosevelt, sin considerar siquiera las objeciones de algunos de sus asesores, autorizó la creación de un regimiento de voluntarios, el 442 de infantería, que bajo el mando de oficiales blancos combatiría en Italia. No es casual que dicha unidad sea la más condecorada de la historia de las fuerzas armadas americanas.

La muerte de Roosevelt significó más que el fin de una Era. Su legado sería sádicamente atacado por aquellos que habían visto en el presidente fallecido una amenaza para sus oscuros intereses. Aún estaba caliente el cuerpo de Roosevelt, cuando ya sus enemigos estaban desmontando a marchas forzadas todo lo que él había levantado. Frente a su concepción profundamente humana del americanismo, magistralmente recreada por Frank Capra en títulos tan emblemáticos como CABALLERO SIN ESPADA (MR. SMITH GOES TO WASHINGTON, 1939) y JUAN NADIE (MEET JOHN DOE, 1944), comenzó a erigirse una idea excluyente, sectaria y por ello profundamente falsa de lo que significa ser americano. En ese abyecto proceso tuvieron mucho que ver personajes que, apenas unos años más tarde, contribuirían a sumir al país en un estado de histeria colectiva, aprovechando el lógico y legítimo temor de los estadounidenses al comunismo en su propio beneficio político, y desatando una auténtica caza de brujas que sumiría a Estados Unidos en sus horas más oscuras, con un impacto notable sobre el mundo del cine, y que por primera vez puso en peligro la democracia en Estados Unidos.

Pero aunque su legado fuera desaprovechado, su figura se ha ido engrandeciendo con el tiempo. Puede que su New Deal, que tanta esperanza e ilusión llevó a los estadounidenses más pobres, fuese desmantelado por una turba de mediocres con mando en plaza, pero su imagen histórica ha sobrevivido a los intentos de los ultraconservadores por denostarla. La historia se compone de hechos concretos, y si bien es cierto que a éstos puede dárseles la interpretación que uno quiera, sobre todo si se juega con ventaja, aprovechándose de la ignorancia ciudadana, también lo es que lo que pasó y cómo pasó ha quedado registrado. Por eso, aunque se intente tergiversar la realidad histórica, ésta brilla en todo su esplendor a poco que uno se preocupe por saber la verdad de lo acontecido, como descubrí yo cuando, hace ya muchos años y guiado por mi amor a la historia americana, me decidí a indagar sobre la vida y milagros de Franklin Delano Roosevelt. Me encontré no ante un vulgar político, sino ante un estadista que dedicó su vida a luchar contra la injusticia y tratar de mejorar las vidas de sus conciudadanos, de todos ellos. Los presidentes estadounidenses que han dejado una impronta más duradera, aquellos cuyos nombres siempre se recuerdan, son los que afrontaron grandes crisis y problemas sin cuento, reaccionando ante ellos con valentía y decisión. Roosevelt fue, quizá, el más grande de ellos después de Abe Lincoln. Una cosa es cierta: si él no hubiese estado ahí, si no hubiera hecho lo que hizo, el mundo actual sería muy distinto, y sin duda mucho peor.

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