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Frank Brown: El dueño de las risas

Corría el año 1942 cuando un señor entrado en años consultó a un médico por su cansancio y desgano. Después de un minucioso interrogatorio y de revisarlo atentamente, el médico le dijo que nada había encontrado y después de un silencio, le preguntó “¿Y por qué no lo va a ver a Frank Brown, el famoso payaso? Él seguramente le hará reír”.

El señor, guardó un segundo de silencio y mirando al piso, como con vergüenza, confesó “Frank Brown soy yo”. Un año más tarde, este señor triste y apesadumbrado, moría.

Esta es una de las muchas anécdotas que circulaban sobre el payaso inglés que fue el dueño de las alegrías de los porteños. Le gustaba precisar que a lo largo de su vida de comediante había cosechado 23.252.515 sonrisas y 32.531.021 risas. Desde Moscú a México y desde Londres a Ciudad de Buenos Aires.

Frank Brown había llegado al país en 1884, desde Inglaterra. Era hijo y nieto de Clowns y como tal había recorrido Europa y México hasta quedarse en esta ciudad donde trabajó con los hermanos Podestá. Su fama como acróbata y malabarista creció al punto tal que Domingo Faustino Sarmiento declaró su admiración llamándole “clown enciclopédico”, un “Hércules con pies de mujer y manos de niño”. Personajes notables como Pellegrini y Roca asistían a sus presentaciones. Todo Buenos Aires quería ver al payaso, al acróbata, al cómico atrás de su cara pintada. Si bien solía incurrir en la sátira política, burlándose de Juárez Celman, durante la Revolución del ´90, reconfortó con sus chistes a los heridos de ambos bandos.

La melancolía que lo llevó a la consulta médica, se inició cuando perdió a su hijo y días más tarde a su esposa Ketty, al caer de un caballo en pleno espectáculo. Nacido en la dura escuela de “el show debe continuar”, realizó una gira por Sudáfrica, de donde regresó decepcionado. El público de Buenos Aires enseguida lo recibió alborozado: Frank Brown había vuelto y con él las sonrisas… y el amor, ya que comenzó una relación con Rosita Robba, la ex esposa de uno de los hermanos Podestá, una diestra écuyère, como había sido su primera esposa.

Hombre generoso y sensible. Realizó muchísimas funciones a beneficio de niños huérfanos o enfermos. No cobraba la entrada a los chicos que no podían pagar.

En 1910 levantó la carpa de su circo para las celebraciones del centenario, pero la carpa fue quemada intencionalmente como lo cuenta Ezequiel Martínez Estrada en La cabeza de Goliat. Para muchos este circo de madera y lona fue la reencarnación de los viejos conflictos entre el pueblo y el clero que intentaron reducir con el fuego. Al grito de “¡Viva la patria!” quemaron al circo por este clown que a veces salía envuelto en la bandera de Inglaterra.

A pesar de la adversidad, una vez más Frank Brown volvió a las tablas y hasta participó en una película junto a un joven cantante llamado Carlos Gardel.

Convencido de su popularidad, se tomó revancha contra el sinsentido y volvió a levantar una carpa donde hoy se alza el obelisco. Fue el célebre Hippodrome.

A los 66 años decidió retirarse a su casa de Colegiales junto a Rosita, hasta la muerte de ella en 1940. Entonces Frank Brown se convirtió en un “fuelle demasiado gastado”, como escribiría de él un muy joven González Tuñon.

Ese juguete caducado buscó la razón de su tristeza en un médico. Al comprender que a nadie haría reír, su vida perdió sentido y murió. Frank Brown, el dueño de las risas porteñas, está enterrado en el cementerio británico.

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