PersonajesFrançoise Sagan | Francia | cocaína | literatura

Françoise Sagan, la eterna adolescente

Françoise Sagan es reconocida mundialmente por haber escrito su novela debut Buenos días, tristeza (1954) cuando sólo tenía 18 años. Este librito escandaloso por su contenido sexualmente explícito, hoy un clásico de la literatura francesa contemporánea, contribuyó a hacerla famosa siendo todavía muy joven, por lo que el resto de su vida sería no más que una prolongación de su ser rebelde, marcada eternamente por los excesos de la juventud.

A inicios de 1954 Francia fue sacudida por un suceso literario que venía de la mano de una desconocida. Una joven de 18 años llamada Françoise Sagan acababa de publicar una novela titulada Buenos días, tristeza que, aparentemente, no sólo se destacaba por una cierta calidad literaria, sino también por su inclusión de escenas sexualmente explícitas. Casi nadie entendía lo que estaba pasando, pero el escándalo fue suficiente como para atraer la atención de críticos, fanáticos y curiosos, y lograr que el libro y su autora fueran catapultados a la fama.

A pesar de esta introducción, puede resultar interesante recordar que la novela no había nacido más que como una forma de combatir el tedio. Sagan, cuyo nombre entonces era Françoise Quoirez, no era más que una joven amante de la literatura, rebelde y de familia burguesa que, en el verano de 1953, se aprestaba a rendir su examen de bachillerato por segunda vez. Estudiando poco y pasando su tiempo con amigos o en el café parisino Le Cujas, la joven empezó a barajar la posibilidad de escribir para pasar el rato y, simplemente, ver si era capaz de completar una novela.

Tras varias tardes de producción, para el final del verano Sagan ya tenía su obra y, a partir de entonces, las cosas pasaron muy rápido. El 4 de enero de 1954, el manuscrito fue depositado – con su fecha de nacimiento, 21 de junio de 1935, como subtítulo – en la oficina del editor René Julliard. Para el 17 del mismo mes, ya estaba aprobada su publicación. A las apuradas se cerró el contrato y la joven, por pedido de su padre, adoptó un nuevo apellido que tomó prestado de un personaje de Proust en En busca del tiempo perdido. Para marzo, el libro estaba en las librerías. En mayo, Sagan ganó el Prix des Critiques.

Sagan joven en la calle.jpg
Françoise Sagan.
Françoise Sagan.

Por toda Francia, para bien o para mal, se corrió la bola de esta escritora novel y su escandaloso librito. La crítica conservadora, por su parte, tildó a Sagan de frívola y simplona, autora de un estilo muy a contramano del clima de experimentación que reinaba en la literatura francesa de entonces. El público, en cambio, corrió a comprar su novela motivado por su estructura clásica de fácil lectura, por el morbo y la fascinación. Nadie podía creer que esto hubiera sido escrito por una chica de 17 años. Se dijo que la novela era autobiográfica, se especuló con que podría haber sido escrita por alguien mayor o, incluso, por un hombre. Años después Sagan misma ironizaría sobre el escándalo suscitado que, en una sociedad de mentalidad todavía muy conservadora “era inconcebible que una chica joven de 17 o 18 pudiera hacer el amor, sin estar enamorada, con un chico de su misma edad, y no ser castigada por ello”.

Por todo esto, en 1954 Sagan estaba en boca de todos. En lo inmediato fue convocada por la revista Elle para escribir crónicas de viaje, produjo una segunda novela de gran éxito, Un certain sourire (Cierta sonrisa, 1956), y su primer libro fue llevado al cine por Otto Preminger en 1958. Así, habiendo encontrado un público dispuesto a leer una literatura escapista, alejada de las pretensiones de “profundidad” más o menos afectada que afectó a varios escritores de su generación, Sagan dedicó los siguientes cuarenta años a elaborar novelas, cuentos, memorias, biografías y obras de teatro que se ajustaran a estas expectativas “frívolas”.

Sagan en su Jaguar (1956).jpg
Sagan en su Jaguar (1956).
Sagan en su Jaguar (1956).

Un retrato de Sagan no estaría completo, igualmente, sin detenerse en la mística rebelde que rodeaba a su persona. El éxito, por supuesto, había traído consigo la fama, y ella asumió este aspecto de su carrera con gran gusto. Eterna adolescente, algo así como un James Dean femenino, Sagan se transformó en un personaje estable de la noche parisina (y de cualquier noche que la quisiera recibir). Vivía como escribía. No se ajustaba a las expectativas y, creyendo en la libertad total en todo sentido, se dio enteramente a la experimentación sentimental y sexual. No buscaba trascender, sino matar el tedio, divertirse, juntarse con otra gente famosa y transformarse, por ejemplo, en la directora del jurado del Festival de Cannes que le pasó las cuentas más caras a la organización en 1979. Así como ganó, gastó millones. La plata se le fue yendo en autos deportivos, en cenas para sus amigos, en drogas, en alcohol, en cigarrillos y en su hobby favorito, los juegos de azar. En lo político coqueteó con la izquierda y, cuando la acusaron de querer hacer la revolución desde una Ferrari aclaró – en la forma más saganesca imaginable – que su auto era un Maserati.

Como era de esperar, esta vida de excesos, sin embargo, terminaría por llevarla a la ruina. Tras pasarse décadas en la cresta de la ola apenas sobreviviendo a sobredosis y accidentes automovilísticos, y usando la cocaína (sustituida, en los peores momentos de decadencia, por la heroína) y el whisky como combustible, a finales de los ochenta la situación emocional, física y financiera de la autora comenzó a complicarse verdaderamente. Para ese momento ya se había casado dos veces (la primera por dos años, la segunda por 11 meses) había tenido un hijo y, aunque sea, había logrado algo así como la estabilidad junto con su amante más duradera, Peggy Roche. Quizás por eso, cuando esta compañera falleció de cáncer en 1991 y, sumado a su depresión, Sagan tuvo que enfrentarse a varios cargos judiciales – por tenencia y comercialización de drogas, participación en sonados casos de corrupción durante el gobierno de su amigo personal, François Mitterrand, y deudas millonarias con el fisco – la autora cayó en la desgracia absoluta.

Sagan.jpg
Sagan.
Sagan.

Sin dinero, con su salud notablemente debilitada y sostenida solo por la gentileza de sus pocos amigos verdaderos, Sagan falleció en septiembre de 2004, dejando deudas millonarias a su nombre. Por su deseo fue enterrada en su región natal de Lot junto con su segundo marido y padre de su hijo, Robert Westhoff, y con Peggy. Aunque la tumba no tiene epitafio, podemos arriesgarnos a afirmar que bien podría haber incluido las palabras que Sagan imaginó para su lápida en 1998: “Sagan, Françoise. Hizo su aparición en 1954 con una delgada novela, Bonjour Tristesse, que fue un escandalo mundial. Su desaparición, luego de una vida y una obra en igual medida agradables y hechas así nomás, no fue un escándalo más que para ella misma”.

Dejá tu comentario