HistoriaFrancisco Pizarro

Francisco Pizarro: enemigo de propios y ajenos

«Siembra vientos y cosecharás tempestades», anuncia el viejo proverbio. ¿Habrá sido una tempestad la causante de la muerte de Francisco Pizarro? El vaivén de la causalidad lo enfrentó contra los vientos de la venganza. La tempestad golpista producida el 26 de junio de 1541 en el Palacio de Lima, comandada por el español Diego de Almagro el Mozo, fue el efecto final, el cierre del telón y fin de la obra del hombre al cual recordamos hoy su defunción. Desempeñó un papel crucial para la posteridad del Perú, acaso de América Latina; criador de chanchos, analfabeto, expedicionario, señor de ultramar, militar, invasor, conquistador, regidor de Panamá, valiente guerrero, pérfido traidor, adelantado, mensajero de Viracocha, gobernador de Perú, fundador de ciudades, motor del progreso, extranjero y un largo etcétera.

Nacido en Trujillo en el 1478, criado entre ganado porcino y con precaria instrucción escolar, los historiadores afirman que participó en diversos conflictos bélicos, de índole local o acompañando a su padre a hacerle frente a las fuerzas italianas. Procuró seguir el ejemplo de su progenitor, motivo que lo llevo a realizar múltiples incursiones mar adentro, en el consabido trasfondo político dado a los tiempos, en las cuales eran recurrentes las salidas a los abismos oceánicos a “descubrir” el otro lado del horizonte, con el patrocinio de la Corona Española, o no.

Arribó a Panamá en 1519 y se afincó cumpliendo varias funciones. Junto con Diego de Almagro (padre), organizaron una campaña al territorio que hoy conocemos como Perú, con el objeto de buscar las voluptuosas riquezas que yacían allí, según las habladurías.

Durante la estancia en Panamá su patrimonio engordó, al igual que el de Almagro, por eso pudieron financiar dos expediciones hacía tierras sureñas. De la segunda campaña realizada desde 1526 a 1528, resultaría la retirada hacia la Isla del Gallo con doce hombres, “los trece de la fama” fuera su denominación en la capitulación de Toledo: una serie de designaciones obtenida en audiencia con los reyes de España, en la cual a Pizarro y a sus hombres se los honraría con título de hidalgos, por las duras peripecias que afrontaron tras el fracaso militar en las incursiones al sur de Panamá. Ningún extranjero blanco pisaría los suelos del Tahuantinsuyo en sendas campañas.

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                 <p>«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», había dicho Francisco a sus hombres. -  Cuadro: <i>Los trece de la isla del Gallo</i>, pintura de Juan Lepiani (1902)</p><p>                   </p><p></p><p></p><p></p>

«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», había dicho Francisco a sus hombres. - Cuadro: Los trece de la isla del Gallo, pintura de Juan Lepiani (1902)

Pizarro comprendió que adentrarse a los territorios de los Incas no era una tarea fácil, presentada la fiera resistencia de los muchos grupos indígenas asentados antes del Imperio. Decidió embarcarse y visitar la Corona Española, a fin de exponer los propósitos de conquista del Perú. Isabel de Portugal, consorte del Rey Carlos I, en representación de él entregó al militar la capitulación de Toledo, documento donde constaba el otorgamiento de varios cargos: gobernador de la provincia del Perú o Nueva Castilla, capitán general, alguacil y adelantado de las nuevas tierras, además de un abultado sueldo anual, mientras que a Diego de Almagro las concesiones reales serían, en comparación de su socio, de menor importancia. La tensión comenzaría a ganar terreno.

De regreso a Panamá y con lo necesario para emprender nuevamente el intento de infiltración a los asentamientos incas, Pizarro estaba en conocimiento sobre los días que transcurrían en los relieves andinos. Sabía que Atahualpa o Atabálipa (“hombre de mucho valor” en su acepción quechua) estaba a la cabeza del Tahuantinsuyo y eran épocas ríspidas, ya que éste media fuerza con su hermano Huáscar, confrontándose en aras de alcanzar el poder absoluto. Huayna Cápac, quien había nacido en tierras “ecuatorianas", heredó el trono a la muerte de su padre Tupac Yupanqui y cuando más grande dio sucesión a la dinastía: primero Atabálipa en Quito con una princesa, luego Huáscar en Cuzco con una coya. El historiador quiteño Luis Reimers señala en su trabajo la “Verdadera Historia de Atahualpa”, que había sido repudiado en Cuzco a razón de las diferencias raciales que hacía el pueblo contra él y su madre, consideraban que era un mestizo por no haber nacido en Cuzco, mientras que Huáscar sí gozaba de ser de sangre pura, con características divinas. Cuando Atabálipa adquirió el rango militar en Cuzco y paragonado con su medio hermano, superándolo en las pruebas, retornó junto a su padre a la tierra que lo vio nacer: Quito.

Huaina Capac había anunciado a su primogénito sobre la llegada de unos extraños, que podrían ser emisarios de Viracocha y el futuro de la raza Inca. Antes de morir víctima de la viruela, entregó el testamento a su hijo, que certificaba la precisa división: a Huáscar el Reino de Cuzco, el Reino de Quito a Atabálipa y el pedido informal del cese de los conflictos con su hermano. Sin embargo, Huáscar se proclamó como hijo legítimo y heredero del trono, organizó tropas y enfrentó a Atabálipa, que comenzó a avanzar militarmente por los lares sureños de los Andes, derrotó a su celoso contrincante y lo aprisionó junto a su madre. Tomó Cuzco y llegó hasta Cajamarca, en pos de erradicar el odio y la acreencia de seres divinos que tenían los pobladores Incas de esos parajes, que emboscaban a demás pueblos indígenas y asesinaban a los mestizos; Atabálipa perseguía la unión del Tahuantinsuyo.

El adelantado Francisco Pizarro junto con su par Diego de Almagro, se embarcaron con un contingente de 180 soldados y 37 caballos hacía el Perú, aunque los historiadores señalan que los navíos españoles no solo agrupaban hombres con ambición de oro y gloria, sino que entre ellos había esclavos africanos y aborígenes americanos. Habiendo llegado a Cajamarca y notificado Atabálipa de la presencia de los extraños de ultramar, el monarca de todos los Suyos ordenaría que se los ubicase en los galpones de la plaza y proveyese de alimentos. No obstante, a los españoles las direcciones del emperador Inca les resultaba más bien inquietantes, motivo por cual pasaron esa noche con el corazón en la boca. Al día siguiente la reunión se concertaría en la plaza, con bailarines y pompa, en virtud de agasajar a las visitas. Todavía el soberano acataba las órdenes testamentarias de su padre, de recibir a quienes promoverían el futuro de la civilización.

Una vez los protagonistas en la plaza, en escena aparece el fraile Valverde vestido de blanco inmaculado, sería para las sensaciones de Atabálipa, una especie de Dios, sin embargo al entregársele un ejemplar de la Biblia, el monarca hecho a un lado las escrituras cristianas. Pizarro recibida la ofensa, ordenó el ataque de sus hombres en la plaza de Cajamarca, lugar donde el heredero era más o menos igual de extranjero que los forasteros. Por tal razón los guerreros no hicieron demasiado por defender a Atabálipa, que finalmente fue capturado. Se cuenta que Pizarro recibió una herida en su mano protegiendo la vida de Atabálipa. El inca tendría un acercamiento con el fraile Valverde, debido a que lamentaba las muertes a su nombre y el conflicto con su hermano: había encontrado al mensajero de Viracocha ataviado con prendas eclesiásticas, desahogo su pesar confesando sus actos y se hizo bautizar. De todas maneras, instó a la decapitación de Huáscar y su madre.

Los españoles tenían en cautiverio a un emperador culposo, que además de brindar hospitalidad, declaró la veracidad sobre la riqueza que empoderaba al Reino Inca. Francisco Pizarro lo acusaría de fratricidio, magnicidio, incesto, idolatría, poligamia, traición (se presumía que estaba en miras de un levantamiento militar) y una larga lista de imputaciones. Atabálipa sería juzgado y condenado al garrote en la Plaza de Armas.

El 29 de agosto de 1533 luego de un fatigoso juicio, las autoridades españolas darían lugar a las acusaciones de Pizarro y Almagro. Atabálipa había ofrecido una cantidad de oro y plata equivalente a la habitación donde se hallaba recluido, pero cuando diviso su funesto futuro, ordenó que la parte todavía no entregada del rescate fuese escondida. Hasta el día de hoy el tesoro es un misterio.

La ruta de la conquista estaba despejada. Hábil en sus gestiones, Pizarro consolidó la alianza con el otro hijo de Huayna Cápac, Manco Inca Yupanqui, y lo consagró como el absoluto monarca del Imperio, señor de los cuatro Suyos. Llegaron a Cuzco y el capitán era celebrado por el pueblo como el vengador de Huáscar. Obtuvo complicidad con otros pueblos como los huancas, cañaris, chachapoyas, pero Manco Cápac II no vislumbraba un futuro prometedor con el español ganando poder: movilizó una rebelión que fue disuelta por las fuerzas de Pizarro y Almagro, que por última vez pelearían juntos por una causa en común. Mientras Francisco fundaba poblados, entre ellas la Ciudad de los Reyes, Lima, su hermano Henrique navegaba a través del Atlántico, transportando la quinta parte del tesoro correspondiente a la liberación de Atabálipa, a la realeza castellana. Simultáneamente Almagro exploraba los territorios “chilenos”, se toparía con la férrea resistencia indígena de esos lares y fuera convencido por sus hombres, retorna al Perú aspirando invadir Cuzco y reivindicar las designaciones de la capitulación de Toledo, que en efecto, cedía los derechos de Cuzco a Almagro, sin embargo Pizarro lo había usurpado.

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Cuando los españoles lograron el cometido, Almagro exigió a la Corona un límite territorial a los Pizarros, sin embargo el emisario de Almagro era Hernando Pizarro, que amplio la gobernación pizarrista 70 leguas más, abarcando la controversial Cuzco.<p></p>
Cuando los españoles lograron el cometido, Almagro exigió a la Corona un límite territorial a los Pizarros, sin embargo el emisario de Almagro era Hernando Pizarro, que amplio la gobernación pizarrista 70 leguas más, abarcando la controversial Cuzco.

Los almagristas tomaron Cuzco y apresaron a Hernando y Gonzalo Pizarro. El gobernador de Perú atiende las circunstancias e intenta negociar con Almagro, que resuelve liberar a Hernando. Éste último estaría al frente de los pizarristas el 6 de junio de 1538 en la batalla de Salinas, en Cachipampa, a 5 km de Cuzco, donde derrota a Almagro y posteriormente se lo ejecuta en Lima. Hernando sería juzgado y arrestado por orden de la Corona Española, cumpliendo condena de 23 años de reclusión.

El 26 de junio de 1541, Diego de Almagro el Mozo encabezaría al bando de los almagristas en el golpe al Palacio de Lima, que asesinaron a Francisco Pizarro, instándole a la Corona la necesidad de darle final a los consecutivos desmanes producidos entre las enemistadas facciones. El hijo de Diego de Almagro sería ejecutado y se instauraría el Virreinato del Perú en 1542, sin embargo los pizarristas, al mando de Gonzalo Pizarro, asestarían otro golpe asesinando al virrey. El sucesor del virreinato Pedro de la Gasca, tomaría cartas en el asunto y culminaría la serie de enfrentamientos entre los españoles, cuando decapitó a Gonzalo y lo sepultó entre los Almagros, en la iglesia de La Merced de Cuzco.

La invasión, la conquista del Perú y la muerte de Pizarro son todas secuelas de la codicia desmedida de este hombre que comenzó sus días como porquerizo y soldado de fortuna.

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Tumba de Francisco Pizarro en una capilla ubicada en la nave derecha de la Catedral de Lima.
Tumba de Francisco Pizarro en una capilla ubicada en la nave derecha de la Catedral de Lima.

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