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Francis Willis y la locura real

Ser psiquiatra, no es fácil. Ser psiquiatra de un rey, es más difícil aún. Francis Willis lo fue no de uno, sino de dos monarcas.

Lo curioso del caso, es que Francis Willis (nacido el 17 de agosto de 1718) no era un médico muy conocido (de hecho, hoy día se lo confunde con su colega y coetáneo Thomas Willis). Willis trabajaba en el hospicio de Lincolnshire y había comenzado sus estudios de medicina a una edad bastante tardía, porque primero se ordenó sacerdote.

Por un tiempo ejerció la medicina sin título (algo que en el siglo XVIII era bastante frecuente) hasta que obtuvo su licenciatura primero, y su doctorado en Oxford, en 1759 (cuando tenía 31 años). Si bien había logrado algunos éxitos notables, no era una eminencia académica, ni un médico de élites. Willis ejercía su práctica privada en su casa de Greatford.

En ese entonces Jorge III sufría el primer ataque de una larga enfermedad cuyo origen aún se debate (porfiria o bipolaridad). Un miembro de la Corte atribuía su estado de consternación a la lectura de El rey Lear de Shakespeare… (Sir Lucas Pepys, en su carta al príncipe de Gales). A oídos de la reina Carlota llegó el prestigio de este médico, a través de la madre de una de las personas que trabajaba en el Palacio. Willis fue convocado, y a los pocos días tuvo una entrevista poco auspiciosa con el monarca. No solo existía una marcada hostilidad con el rey sino con el médico real Sir George Baker. Dada la situación, Willis exigió ser el único responsable del tratamiento. La familia de Jorge dudó… este hombre ni siquiera era miembro del Colegio de Médicos del Rey.

Desesperados y ante la firmeza y seguridad de Willis, la reina decidió poner el tratamiento en sus manos. El doctor pidió una última licencia; si él lo creía necesario, podía castigar al rey… “¡Sea!”, contestó la reina, quien debió separarse de su cónyuge ante la insistencia del Dr. Willis.

El primer paso fue instituir una dieta blanda para evitar que Jorge manipulase cuchillos con los que podría lastimarse. Para eliminar “los tóxicos” que alteraban la conducta del monarca, Willis con la ayuda de su hermano John, le administraban quinina, arsénico, antimonio, purgas y tártaro emético (un poderoso vomitivo). Pocas horas más tarde Jorge III estaba sedado… y exhausto. Había defecado, orinado, vomitado, y estaba contenido en una silla lejos de los lujos a los que estaba acostumbrado. La sedación obtenida fue considerada un éxito. En realidad, con este tratamiento a nadie le quedan fuerzas para delirar… La familia del rey y el primer ministro Pitt agradecieron efusivamente el accionar del Dr. Willis, quien, de un día para otro, se convirtió en una celebridad. El Parlamento le concedió una pensión de £1.000 por los próximos 20 años.

Willis explicó entonces que, además de purgas y vomitivos, había instituido un “tratamiento moral” en base a conductas paternalistas, pero severas…

La fama del Dr. Willis rebalsó las fronteras, y un tiempo más tarde fue convocado por el reino de Portugal para tratar a la reina María, presa de un ataque de melancolía. Antes de comenzar el tratamiento, exigió que le fuesen pagados sus honorarios, que ascendieron a £20.000 (si quiere tener una idea del equivalente actual, deberá multiplicar ese valor por 100). En este caso, su éxito no fue tan “rotundo”, porque la Corte lusitana no accedió a dejar a su reina sin la debida compañía de sus favoritos, razón por la cual Willis embolsó sus honorarios y volvió a Inglaterra, donde lo esperaba una rica clientela ansiosa en probar sus “tratamientos morales”.

El Dr. Francis Willis murió en diciembre de 1807. Su familia erigió un monumento sobre su tumba.

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