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Forjando la patria

Fray Luís Beltrán usó su ingenio para poner alas a un ejército y capacidad de fuego a una nación, pero a pesar de su esfuerzo, tuvo un triste final.

Nació en las proximidades de la ciudad de Mendoza, el 7 de septiembre de 1784, siendo sus padres, don Luís Bertrand, francés de origen, que poseía un almacén en las inmediaciones de la plaza mayor de aquella capital, y doña Manuela Bustos.

El niño fue bautizado en la Iglesia de Mendoza, de 3 días de edad, el 10 de septiembre de 1874, con los nombres de José Luís Marcelo, y por un error de escritura fue asentado como hijo de “D. Luís Beltrán”, a lo que se debe que su apellido quedase alterado para el porvenir.

Siguió sus estudios primarios en el curso de carácter social, histórico, filosófico y teológico, que dictaban los sacerdotes del Convento de San Francisco. El ambiente religioso pronto hizo inclinarse su vacilante vocación por la Iglesia y el 20 de agosto de 1800 formulaba su testamento abandonando las prerrogativas terrenales para optar por la Sagrada Religión. Casi seguidamente fue trasladado al Convento Provincialito de Santiago de Chile, acompañado por el Provincial de la Santísima Trinidad de aquel país, Fray Teodoro de Villalón.

Algunos años después fue nombrado vicario de coro, permaneciendo en Chile hasta el año 1812, en el Convento de referencia. En el curso de este último año fue designado para desempeñar las funciones de Capellán del Ejército de Carrera, con el cual asistió al Combate de Hierbas-buenas, donde los patriotas sufrieron una derrota. Después de este combate fue preciso recomponer el material inutilizado (que era numeroso), razón por la cual debió crearse una maestranza. Beltrán, que en el Convento se había dedicado al aprendizaje de muchos oficios manuales, especialmente en el área de mecánica, frecuentemente se trasladaba a aquella maestranza, donde repetidamente formulaba sus observaciones, muy juiciosas. Sus conocimientos técnicos fueron valorados de inmediato y su asesoramiento oficioso se consideró poco después que no era suficiente y se le nombró teniente de artillería a cargo de la maestranza, teniendo el título en propiedad, pero sin abandonar los hábitos.

Prestó servicios en el sitio de Chillán y acompañó a los Carreras en su última campaña, precursora del desastre de Rancagua, que se produjo el 2 de octubre de 1814. Después de este contraste, Beltrán regresó a pie a su patria, con un saco de herramientas al hombro, conteniendo todos los instrumentos que había inventado o construido con sus manos para elaborar por “adivinación los variados productos de su genio”. “Todo caudal de ciencia” –dice Mitre lo había adquirido por sí en sus lecturas, o por la observación y la práctica. Así se hizo “matemático, físico y químico por intuición; artillero, relojero, pirotécnico, carpintero, arquitecto, herrero, dibujante, cordonero, bordador y médico por la observación y la práctica; siendo entendido en todos los artes manuales; y lo que no sabía lo aprendía con sol aplicar a ello sus extraordinarias facultades naturales”.

Llegado a Mendoza, Beltrán bien pronto se incorporó al ejército que alistaba febrilmente San Martín en el campamento del Plumerillo, con el fin de realizar la colosal empresa que debía afianzar la Independencia argentina, y emancipar Chile y el Perú de la dominación española. Capellán del Ejército de los Andes, Beltrán no tardaría en trocar el evangelio y la cruz por la espada, siendo nombrado el 1ero de marzo de 1815, teniente 2do del 3er Batallón de Artillería. Casi al mismo tiempo se hacía cargo de la maestranza de aquel Ejército, pues el insigne general, adivinó los excepcionales méritos en el sacerdote soldado: le encomendó el montaje del Parque y Maestranza, llegando a disponer de 700 hombres en sus talleres, y allí se preparaba desde las piedras de chispa para los fusiles, herraje para los caballos, hasta el calzado para la tropa.

En medio del ruido de los martillos que golpeaban sobre siete yunques y de las limas y sierras que chirriaban, dirigiendo a la vez 300 trabajadores, a cada uno de los cuales enseñaba su oficio, su voz casi se extinguió al esforzarla, y quedó ronco hasta el fin de sus días. Fundió cañones, balas y granadas, empleando el metal de las campanas que descolgaban de las torres por medio de aparatos ingeniosos inventados por él. Con estas máquinas puso alas al Ejército de los Andes para trasmontar la cordillera y llevar la libertad a América.

El mismo celo en infatigable actividad que se le vio desplegar constantemente en los talleres de Mendoza, exteriorizó en el cumplimiento de sus tareas en el arduo pasaje, destacando en forma memorable las dotes superiores de inteligencia y capacidad de trabajo que han inmortalizado su nombre. Para tener idea de la magnitud, transportada sumaba: 2 obuses de 6 pulgadas, 7 cañones de batalla de a 4, 9 cañones de montaña de a 4 y dos cañones de hierro de un calibre y dos de 10 onzas con sus respectivas cureñas y armones. La munición era considerable: 300 granadas, 200 tarros de metralla para obús, 2.100 tiros de bala. 1.400 tiros de metralla, 2.700 tiros de bala para las piezas de montaña, etc., etc., etc.

Bueno es recordar aquí, que el coronel don José Gazcón, Inspector General del Ejército de las Provincias Unidas, había antepuesto el año anterior un dictamen completamente contrario a la incorporación del fraile-soldado, a las listas de oficiales de las fuerzas acampadas en el Plumerillo, por considerar tal procedimiento como anticatólico. Afortunadamente los reparos formulados por Gazcón no los tuvo el jurista canónico doctor don Diego Estanislao Zavaleta, el 4 de noviembre de 1816, que dictaminó haciendo desaparecer todo reparo que había sido ocasionado por el mencionado Inspector General, en el expediente de San Martín proponiendo el ascenso de Beltrán. En virtud del dictamen de referencia, por acuerdo del 8 de noviembre de aquel año, el Superior Gobierno, accediendo a la propuesta, mandaba expedir los correspondientes despachos de capitán de artillería graduado al teniente segundo Fray Luís Beltrán, pero con la antigüedad que le había otorgado el general San Martín. No fue el único en trocar la cruz por la espada, Fray José Aldao pasó al arma de caballería y destacó por su bravo accionar, que con los años le daría triste fama a quien llegó a ser general y gobernador de Mendoza.

Concurrió a la batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817, por cuya acción el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le concedió la medalla de plata otorgada por decreto del 15 de abril de aquel año. En el parte detallado de la acción, San Martín, recomienda de un modo especial al capitán Beltrán que se había distinguido en el cuerpo de artillería y en la conservación del Parque, y dice textualmente:

Tan nobles y patrióticos esfuerzos fueron premiados con la efectividad de capitán de artillería, cuyos despachos le fueron conferidos con fecha de 7 de mayo de 1818 pero con antigüedad de 15 de mayo de 1817. Al llegar a Santiago, el capitán Beltrán al frente de su maestranza, fue ubicado en el cuartel de San Pablo. Un decreto posterior de O’Higgins, dado el 21 de febrero de aquel año, mandó que se le entregara cuanto antes la casa de ejercicios espirituales llamada “Loreto”, ubicada en los arrabales de la capital, lugar denominado Callejón de la Ollería, actual calle de la Maestranza. Allí se establecieron los almacenes de armas y municiones del ejército. Contaba con una respetable cantidad de obreros y el propio Beltrán había adquirido una gran práctica para el desempeño de sus funciones. El Director O’Higgins, le dio carta blanca para que trabajara a su antojo y le facilitó la creación de un establecimiento ejemplar, el más grande y mejor organizado que hubo en aquella época en toda América.

El 12 de febrero 1818 se declaró la Independencia de Chile, encargándose Beltrán de los fuegos de artificio con los cuales se celebró tal acontecimiento.

Por tan eminentes servicios, el 1ero de febrero de aquel año, el Gobierno de Chile le confirió despachos de comandante del batallón “nuevamente creado de ambos ejércitos, de los diversos gremios que están destinados a los trabajos de maestranza, en el Parque de Artillería y con el sueldo que goza por capitán”.

El desastre de Cancha Rayada puso a Beltrán en el más difícil trance: el parque se había perdido y solo 5 cañones fueron salvados en aquella tremenda noche. El incansable sacerdote-soldado recogió por todas partes tanto hierro, acero y demás metales que pudieran servir para la confección de armas y municiones, y otra vez los yunques y las fraguas resonaron armoniosamente: 93 hombres, 22 mujeres y 47 niños de 14 a 18 años, blancos y negros, de todas las esferas sociales, trabajaron afiebradamente para dotar a los futuros vencedores de Maipo de las armas con las que iban a derrotar a los audaces atacantes de Cancha Rayada.

Veintidós cañones, parque, pertrechos, proyectiles, etc., estuvieron listos en breves días, para contribuir poderosamente al glorioso triunfo de Maipo, el 5 de abril de 1818. Por los méritos que adquirió Beltrán por su actividad extraordinaria en aquellas memorables jornadas, y por su participación en aquella batalla decisiva, el gobierno de Chile lo condecoró con una medalla de plata; y el de Buenos Aires con un cordón de plata de honor, declarándolo al mismo tiempo “Heroico Defensor de la Nación”. El 9 de abril de 1818 solicitaba su retiro del Ejército de los Andes, que le fue concedido por el Director Pueyrredón el 14 de mayo, regresando a Mendoza por orden de San Martín, expedida el 5 de enero de 1819, por haberlo así solicitado el gobernador de aquella provincia. En Mendoza, Beltrán permaneció unos ocho meses, reorganizando la maestranza y actuando con el respeto de sus semejantes. Al cabo de ellos volvió a Chile, por requerirlo así las necesidades del alistamiento de la campaña libertadora del Perú.

Preparó todos los pertrechos con que se contó para esta admirable empresa, completando el parque del ejército expedicionario, embarcándose el propio Beltrán en Valparaíso, el 20 de agosto de 1820, en el carácter de Director de Maestranza del Ejército Libertador, cargo que desempeñó desde aquella fecha hasta agosto de 1824.

Por los servicios que prestó en esta campaña, obtuvo una medalla de oro que le concedió el Protector del Perú con el lema: “YO FUI DEL EJERCITO LIBERTADOR”. Fue declarado Asociado de la “Orden del Sol”.

El 22 de octubre de 1821 ascendió a sargento mayor graduado. En marzo de 1822 fundió 24 cañones de montaña, arma de que se hallaba carente el ejército. Aprestó en el ramo de pertrechos de guerra, cuatro expediciones marítimas: una, la que marchó a las órdenes del brigadier Domingo Tristán; las dos a Puertos Intermedios, al mando del general Rudecindo Alvarado y Andrés de Santa Cruz, respectivamente; y la última, la que fue a Arequipa a las órdenes del general Sucre.

Por tantos merecimientos, el 20 de septiembre de 1822 recibió la efectividad de sargento mayor y el 18 de agosto de 1823, los despachos de teniente coronel graduado. En el curso de este último año se retiró con el parque y la maestranza a los castillejos del Callao, en el mes de junio, ante la aproximación del ejército de Canterac. Allí permaneció hasta el mes de julio, en que los enemigos levantaron el sitio que habían impuesto a aquella plaza fuerte y se retiraron.

A consecuencia de la sublevación del Callao, el 5 de febrero de 1824, encabezada por los sargentos Moyano y Oliva, el comandante Beltrán se retiró a Trujillo, conduciendo la maestranza y obreros, dónde continuó sus tareas para pertrechar el ejército del general Bolivar, cuyo cuartel general estaba instalado en aquella ciudad.

Un día Bolivar visitó personalmente el Parque y maestranza, donde halló entre otras armas, un millar de tercerolas y fusiles. Dio la orden terminante a Beltrán de limpiar ese armamento, aceitarlo y encajonarlo en el perentorio término de tres días, pues conceptuaba que aquellas armas eran indispensables para las operaciones del ejército.

No obstante que Beltrán puso todo su infatigable celo para cumplimentar lo ordenado, 8 días después aún no había terminado la pesada tarea, pues escaseaban los obreros y los armeros eran pocos para recorrer tanto armamento, a fin de dejarlo en condiciones de ser utilizado en futuras operaciones. Cuando al cabo de aquel tiempo se presentó nuevamente Bolivar al parque, al ver que su orden no estaba cumplida, no solo reconvino entono altanero y despótico a Beltrán, sino que lo amenazó con mandarlo a fusilar. Esta escena, que no era una excepción en los procedimientos despóticos del Libertador de Colombia, acostumbrado a tratar muy mal a sus subordinados según es fama entre los recuerdos que nos legaron los soldados que fueron actores en la última etapa de la libertad del Perú, dejó una profunda impresión en Beltrán: aquella injusticia extravió su inteligencia y la idea del suicidio atenazó su espíritu.

Resuelto a cumplir tan fatal designio, se encerró en la pieza donde se alojaba, con un brasero de carbón, sobre cuyas brasas derramó asafétida, acostándose después sobre su cama, de la cual esperaba no levantarse más con vida.

Pero la familia en cuya casa se hospedaba sintió el fétido olor de aquella humareda, e impuesta de la escena que había sucedido entre Beltrán y Bolivar, echó abajo la puerta de la habitación del primero, sacándolo semiasfixiado. Se le prodigaron los cuidados que la ciencia aconseja, concurriendo médicos del ejército y sus amigos, pero desgraciadamente el insigne sacerdote-soldado se había vuelto loco.

El mal era grave y debió por supuesto, abandonar sus tareas. Se le veía por las pobres calles del pueblito de Huanchaco, recorrerlas gritando: “Ahí viene… ¡Ahí viene… No lo dejen llegar… Es Bolivar… Es Bolivar!”

Otras veces lo hacía llevando un cajoncito vendiendo “agua fresca y cigarros fuertes”. Así anduvo 5 días vagando por las calles, seguido por los pilluelos que gritaban: “¡El loco!” “¡El loco!”

Extenuado por la fiebre y la fatiga, fue recogido por la familia de la buena mujer que le lavaba la ropa. Allí lo pusieron en cama y le dieron un caldo; el desventurado patriota estaba debilitado, durmió y con un régimen de tranquilidad fue convaleciendo. Una profunda postración física le quedó algún tiempo, pero al fin recobró la razón.

Restablecido totalmente de su enfermedad, el 14 de agosto de 1824 se alejó de Huanchaco, embarcándose con destino a Chile, para allí pasar a Buenos Aires. En el barco que lo hizo se encontró con el coronel Espejo, que habiéndose embarcado en un puerto norteño, tenía el mismo objetivo en su viaje que Beltrán. También iban otros oficiales del Ejército Libertador que regresaban a su patria. En la travesía un furioso temporal desarboló el buque, y por instantes se creyó que se hundiría y tan inminente fue el riesgo de vida que corrieron los pasajeros y tripulantes que una vez desembarcados en Valparaíso, realizaron una demostración pública piadosa, en agradecimiento al Ser Supremo por la salvación extraordinaria.

El 17 de junio de 1825 llegó Beltrán a Buenos Aires. Desde Mendoza, en marzo y abril de aquel año, había solicitado sin resultado, que se le concediese licencia con medio sueldo, a fin de atender su quebrantada salud, señalando al Gobierno, que se había visto obligado por la estrechez de sus recursos “a recibir alimento diario por favor, pues absolutamente no me ha quedado para subsistir”.

Después de un corto descanso de dos meses, en agosto de aquel año, Beltrán y Espejo fueron destacados al ejército que organizaba sobre la línea del río Uruguay, el general Martín Rodríguez: el primero como Jefe del Parque, y el segundo, como ayudante del E. M. G. El 13 de noviembre de 1826 le fue revalidado su grado de teniente coronel por el Gobierno Argentino, habiendo obtenido despachos de sargento mayor el 7 de septiembre del mismo año.

Las funciones del teniente coronel Beltrán fueron de gran importancia, pues no solo alistó armas para los varios miles de soldados que se instruían en las costas entrerrianas, sino que también proveyó armamento a los diferentes buques de la escuadra confiada a la hábil dirección del Almirante Brown, el cual debió hacer frente en todos los encuentros a fuerzas navales superiores, de donde resultaron averías muy importantes para los barcos republicanos y sus piezas de combate quedaron frecuentemente fuera de uso. Si bien es cierto de que la escuadra tenía sus talleres de reparaciones, también lo de que Beltrán tuvo influencia importante en su dirección.

Actuó en la batalla de Ituzaingó, pero el mal estado de su salud lo obligó a abandonar la campaña y regresar a Buenos Aires y sintiendo que se acercaba su fin, pasó sus últimos días reconcentrado en las prácticas religiosas, haciendo penitencias nuevos votos de castidad, pasando días de prueba y tortura. Reclamó la presencia de un sacerdote para comulgarse y reconciliarse con el Ser Supremo. Durante dos días los sacerdotes franciscanos rodearon su lecho y finalmente, pidió ser vestido nuevamente con el hábito de la Orden, renunciando a las armas. Nombró albacea a su antiguo amigo, el después general Manuel Corvalán.

El teniente coronel Luís Beltrán falleció a las siete de la mañana del 8 de diciembre de 1827; al día siguiente fue sepultado en el Cementerio del Norte “en clase de sacerdote que era, por haber renunciado a la carrera militar antes de morir” según expresa la comunicación de Corvalán al Inspector y Comandante General de Armas de fecha 10 del mismo mes y año. El otro acompañante de su cadáver fue el general don Tomás Guido.

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