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Ferdinand Sauerbruch: De la gloria al ridículo

Ernst Ferdinand Sauerbruch (1875-1951) fue uno de los más grandes cirujanos de la historia por su creatividad, habilidad manual y capacidad para diseñar prótesis y aparatos en un mundo que progresaba a pasos agigantados. Sin embargo su propio prestigio sembró su trágico final. Esta es su historia.

Después de haber estudiado en Jena y Leipzig, Ferdinand se fue a trabajar a Breslau. Allí desarrolló uno de sus grandes inventos, la cámara que lleva su nombre, que permitió por primera vez realizar cirugías de tórax con cierta seguridad. Al ser el tórax una cavidad cerrada herméticamente cuando se abre, los pulmones se colapsan y resulta difícil expandirlos a su posición original. El genio de Sauerbruch creó una cámara de vidrio a presión negativa con dos aperturas que permitía introducir las manos del cirujano. De esta forma los pulmones no se colapsaban. Esta cámara, que hoy ha caído en desuso, permitió salvar muchas vidas afectadas por los estragos de la tuberculosis y del cáncer de pulmón, además de los heridos de guerra que Ferdinand trató durante la conflagración. En esos años de guerra, Sauerbruch también desarrolló una prótesis que podía mover las manos por conexiones a los músculos que subsistían al trauma.

Su prestigio fue tal que lo catapultó a la jefatura de cirugía del célebre Hospital de Charité de Berlín, servicio que regiría con mano férrea a lo largo de los años.

Antes de la Segunda Guerra Mundial el Gobierno nazi le otorgó el Premio Nacional de Arte y Ciencias, un galardón que pretendía reemplazar al Nobel sueco.

En 1937 fue nombrado miembro del Consejo de Investigación de Reich, tristemente célebre por los experimentos realizados en los prisioneros de los campos de concentración. Después de la Guerra una extensa investigación no pudo relacionarlo con algún caso en especial. Por el contrario, durante el régimen fue uno de los pocos que alzaron la voz contra el programa de eutanasia. Como cirujano general de los ejércitos alemanes debería haber sabido de las experiencias con gas mostaza, pero en ningún momento lo nombró. En 1942 recibió una de las más altas condecoraciones del Reich, la Cruz al Mérito. Sin embargo, su hijo Peter, oficial de alta graduación que también recibió la misma medalla, al parecer estuvo involucrado en el plan de asesinar a Hitler (la célebre “Operación Valkiria”), aunque al final no fue relacionado con el atentado.

En 1945 Sauerbruch continuó trabajando en el Hospital Charité de Berlín mientras los rusos tomaban el nosocomio. Como jerarca alemán fue investigado por los aliados, acusado de criminal de guerra pero, como ya dijimos, no se pudo demostrar su participación en tales actividades.

Sauerbruch continuó trabajando como jefe del servicio de cirugía, aunque después de 1948 se le notaron actitudes extrañas. Caía frecuentemente en errores diagnósticos. Proponía, a su vez, llevar a cabo cirugías innecesarias o de dudoso pronóstico. El prestigio del Herr Professor amilanó a los colegas y subordinados, que veían con horror los disparates de Sauerbruch. Pero él, enajenado, persistió hasta que la situación se hizo insostenible y su hijo Frederich, cirujano como el padre, debió intervenir para alejarlo del hospital.

Poco tiempo después, en 1952, moría en Berlín Wannsee

Un año antes había escrito sus memorias, Das war mien leben (“Esta fue mi vida”).

Tal fue el prestigio de Sauerbruch que en 1954 se hizo un film basado en sus memorias. El momento cúlmine es, obviamente, cuando presenta la cámara que lleva su nombre, ante discípulos y colegas. En sus escritos Sauerbruch no tiene empacho en declarar este momento como uno de los más importantes de la ciencia y, ¿por qué no?, de la humanidad.

Curiosamente, esta película también muestra el caso de Olga Ahrends, una paciente declarada insana, a la que Sauerbruch salva extirpándole las paratiroides, pequeñas glándulas que regulan el nivel de calcio. Si el calcio está en bajos niveles en la sangre, el paciente experimenta trastornos psiquiátricos que simulan conductas histéricas. Si Sauerbruch pudo hacer ese diagnóstico en la década del treinta, además de un gran cirujano, era un excelente clínico.

Ernest Ferdinand Sauerbruch, un hombre con sus claros y oscuros, con genialidad y estupideces, es decir, un hombre cómo nosotros.

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Mano ortopédica desarrollada por Sauerbruch.
Mano ortopédica desarrollada por Sauerbruch.

TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO IATROS, disponible a través de olmoediciones.com

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