Eugene O’Neill, el mal padre

Es común ver a Eugene O’Neill citado como uno de los dramaturgos más importantes de los Estados Unidos, habiendo sido ganador del Nobel en 1936 y del Pulitzer en varias ocasiones. Su celebridad es inmensa y, aunque el acervo de su obra es sumamente irregular, varias de sus piezas se mantienen vigentes por la forma en la que representan de forma realista dramas íntimamente personales como en el caso de Anna Christie (1921), Llega el hombre de hielo (1946) y Largo viaje hacia la noche (1956). Reconocer su influencia y su talento muchas veces lleva también a volver la mirada sobre su propia vida y ahí queda claro que, más allá de lo que pusiera arriba del escenario, su existencia es capaz de competir con todo lo que él imaginó. Entre historias de hijos no reconocidos y mujeres abandonadas, lo que más se destaca es la relación que tuvo con su hija Oona. El lazo que los unía, tristemente célebre, siempre estuvo marcado por las complicaciones, especialmente porque su madre, la escritora Agnes Boulton, y O’Neill se separaron cuando ella tenía sólo dos años en 1928. Ellos se habían conocido en 1917 en un bar de Greenwich Village llamado, irónicamente, Hell Hole (Pozo del infierno) y se amaron genuinamente, llegando a tener dos hijos, Shane en 1919 y Oona en 1925. Pero para finales de 1927, mientras la familia estaba instalada en su casa de las Bermudas, O’Neill partió a Nueva York a trabajar y allí empezó a entablar una relación cada vez más cercana con la actriz Carlotta Monterey. Ellos se conocían desde 1922, cuando ella protagonizó su obra El mono peludo, pero en este reencuentro las cosas empezaron a ponerse más serias. De repente, todo el mundo sabía de este affaire y, debiendo decidir entre la vida familiar y Carlotta, no sorprendió a nadie que el dramaturgo se fugara con ella a Francia, dejando atrás a su esposa y a sus hijos, a quienes notificó de su abandono a través de una carta. Agnes, que ya se lo veía venir, terminó aceptando esta situación con resignación, pero consciente de que tenía una responsabilidad para con sus hijos, buscó terminar la relación de la mejor forma posible e idealmente conseguir que O’Neill pagara por su manutención. Él, que siempre admitió que la paternidad le generaba crisis nerviosas y que sus hijos lo cansaban fácil, empezó a ponerse a la defensiva frente a estas demandas y comenzó a acusar a su ex mujer de querer quedarse con todo su dinero. Sacando lo mejor de una situación horrible, aunque con muy malos términos para Agnes y sus hijos, la separación finalmente se produjo en Julio de 1929, lo que habilitó a O’Neill a casarse con Carlotta. Su nueva vida lo encontró viajando por el mundo y concentrado en su nueva esposa, por lo que él comenzó a desatender a sus hijos. Al principio las cartas iban y venían con relativa facilidad y existe una copiosa correspondencia entre él y Shane, su hijo mayor con Agnes, que contaba entonces con 10 años. Pero a lo largo de la década del treinta la comunicación y las invitaciones se fueron espaciando, complicándose aún más las cosas hacia finales de los treinta cuando O’Neill dejó de escribir directamente a sus hijos y puso a su mujer a hacerlo en su lugar. Shane aceptó la situación, peor la joven Oona lo tomó mal, asumiendo que Carlotta estaba tratando de interponerse en su relación. Como un balde de agua fría, la esposa de O’Neill, quien llegaría a desarrollar una relación de odio con Oona, le aclaró a Shane por carta: “Si esa chica supiera cuanto odio escribirles de parte de su padre, ella pensaría otra cosa. Escribo estas cartas solo por cortesía. No lo voy a hacer más”. La ya complicada situación comenzó a deteriorarse aún más cuando Oona entró en la adolescencia y comenzó a volverse popular. Para inicios de la década del cuarenta, junto con sus amigas Gloria Vanderbilt y Carol Marcus, asistían asiduamente al Stork Club de Nueva York y Oona alcanzó algo de fama cuando llegó a ser reconocida como la “debutante del año” en el período 1942-3. Ella, que a pesar de todos los años de abandono estaba orgullosa de su padre y de su éxito, se chocó con la dura realidad cuando, con sólo 17 años, declaró que tenía la intención de dedicarse a la actuación. Tanto su padre como su madre trataron de disuadirla, pero las palabras de O’Neill ciertamente fueron de una dureza exacerbada cuando, sobre la hija que casi no conocía expresó: “Oona no es una genio sino meramente una mocosa malcriada, vaga y vanidosa que hasta ahora solamente ha probado a través de sus acciones que puede ser más tonta y maleducada que la mayoría de las niñas de su edad”. A estas duras palabras no dudó en agregar, terminantemente, que él tenía autoridad sobre ella hasta que cumpliera 18 años.

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Oona O’Neill a los 16 años de edad.

 

Muchacha deseada como era, sin embargo, ella no dejó de insistir y las ofertas para el cine y el teatro no paraban de llegar. O’Neill intentó negociar con personalidades de Hollywood para que se detuvieran, pero Agnes terminó cediendo y dejando que Oona actuara en teatro, haciendo su debut en una producción de Pal Joey en New Jersey. Tristemente, esta puesta fue un fracaso y, sin trabajo, Oona viajó a Hollywood con su madre, que estaba supervisando la adaptación cinematográfica de su novela The road before us (1944). Una vez ubicada en la costa oeste, ella consiguió un rol en la obra The time of your life de William Saroyan, esposo de su amiga Carol, y como la producción estaba basada en San Francisco, donde vivía su padre, intentó contactarlo, pero cuando lo fue a visitar él no la recibió. Este episodio pareció indicar el momento del quiebre. De ahí en más, O’Neill no paró de propinar insultos e insinuar que Oona meramente estaba usando el nombre de la familia para conseguir la fama, mientras ella ascendía en los círculos hollywoodenses y se codeaba con grandes figuras del espectáculo. Entre todas las personalidades que conoció, sin embargo, se destacó el ya entonces histórico intérprete, Charles Chaplin. Durante 1942 y 1943 él comenzó a acercarse a ella con pretensiones de comenzar una relación romántica. Frente a esta situación, Agnes habló seriamente con su hija y le suplicó que considerara muy bien lo que estaba haciendo. Ella tenía 17, él 54, ciertamente debía haber alguien más joven que le atrajera. Pero para Oona la relación con Chaplin iba en serio y lo único que le dijo a su madre fue: “Nunca voy a amar a otro hombre en mi vida”. Después de tal aseveración, sin mucho que contestar, Agnes partió a la costa Este y dejó a su hija con Chaplin. Sólo años más tarde se dio cuenta que probablemente ella estaba buscando al padre que nunca había tenido. El 13 de mayo de 1943, Oona cumplió la mayoría de edad y casi un mes después, el 16 de junio, se casó con Chaplin en una ceremonia muy discreta. Sin saber que ella terminaría resignando su vida y entregándose a la domesticidad y al genio de su nuevo marido, Agnes expresó alegría por su hija, pero O’Neill, siempre tan dispuesto a hablar con la prensa, se negó a hacer comentarios en esta oportunidad. Se sabe que todo lo que tenía para decir se lo hizo llegar directamente a su hija a través de una carta que no se ha conservado pero que, de acuerdo a testigos que la leyeron, criticaba la decisión de Oona con una severidad terrible. Después de esto, Oona y su padre nunca se volvieron a comunicar.

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Oona y Chaplin.
Oona y Chaplin.

 

Luego del casamiento de su hija, O’Neill tampoco se refirió a él en sus papeles privados, o por lo menos no lo hizo de forma explícita. A partir de ese momento lo empezaron a aquejar sus siempre presentes problemas de nervios y hay infinitas referencias a lo enfermo que estaba. Deteriorado, para fines de 1943 sufrió un ataque que terminaría siendo diagnosticado como Parkinson y que le imposibilitó escribir por los últimos diez años de su vida, muriendo finalmente el 27 de noviembre de 1953. Si pensaba algo de su hija o no por estos años, no se sabe con certeza, pero su biógrafo Croswell Bowen imaginó que, en un sentido puramente dramático, lo debe haber afectado en un nivel muy personal. No sólo, como él indica, porque había perdido una hija, sino probablemente porque debe haberse dado cuenta de que nunca la había tenido realmente.

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Eugene O’Neill en sus últimos años.

 

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