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Entre la ética y la ciencia

La mayoría de las personas desconocen que el germen que produce la gonorrea se llama Neisseria gonorrhoeae, en honor a su descubridor Albert Neisser, quien no solo participó en el estudio de esta enfermedad, sino de otros flagelos como la sífilis y la lepra. Sin embargo, sus ansias científicas lo llevaron a cometer ciertos excesos que le costaron problemas legales, y su prestigio científico, en una época donde los límites de la investigación eran imprecisos.

Albert Ludwig Sigesmund Neisser, nació el 22 de enero del año 1855. Su padre era un prestigioso profesional que inculcó en su hijo la pasión por la medicina y el estudio. Tanto insistía en que debía trabajar, que el hermano menor de Albert creía que se llamaba Arbeit (arbeit en alemán).

Neisser fue compañero de facultad de otro gran científico, Paul Ehrlich, con quien años más tarde trabajó en el desarrollo de la primera droga para el tratamiento de la sífilis.

En Breslan, se formó bajo la tutela del profesor Oskar Simon, quien lo introdujo en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades venéreas.

Con solo 24 años descubrió al germen causante de la gonorrea, que bautizó con su nombre. Este prestigio precoz lo convirtió en profesor cuando aún no había cumplido los 30 años. No contento con estos laureles académicos, viajó a Noruega para trabajar en la búsqueda del agente causal de la lepra, junto a Gerhard Hansen. Neisser descubrió el bacilo que genera esta enfermedad, aunque la gloria, esta vez se la llevó Hansen, y hoy el bacilo se llama como el profesor noruego.

Como jefe del servicio de dermatología de la Universidad de Breslau (con el tiempo fue director del hospital) trabajó sobre el lupus, pero volvió a su antiguo interés sobre la sífilis, que hacía estragos en el mundo. Uno de cada cuatro hombres padecía sífilis (entre ellos, el mismo Dr. Hansen, con quien había trabajado en Noruega).

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Neisseria gonorrhoeae.
Neisseria gonorrhoeae.

En 1903, Neisser quedó sorprendido por el hallazgo de Metchnikoff y Roux: la sífilis se podía transmitir a los monos. Tan impresionado estaba Neisser con este hallazgo, que viajó a Java, donde continuó sus estudios sobre monos sifilíticos.

También lo hizo con marineros holandeses infectados con esta enfermedad, cuyo índice de mortalidad rondaba el 30 %.

La Spirochetta palida, el agente causal de la sífilis fue descubierto por Erich Hoffman, que era dermatólogo, y Fritz Schaudinn, quien trabajaba de zoólogo. Neisser, junto a Wasserman, desarrolló el primer examen serológico para detectar la enfermedad, que se utilizó hasta mediados del siglo XX, y junto a Paul Ehrlich, su antiguo compañero de facultad, desarrolló el Salvarsán, la primera droga efectiva para su tratamiento. A pesar de tanto descubrimiento y desarrollo, estaba por comenzar el gran problema de la vida de Neisser; buscando otro tratamiento al flagelo, comenzó a inocular pacientes con suero de sifilíticos. La mayor parte de los inoculados eran prostitutas que desconocían qué le estaban inyectando.

Albert Neisser se inspiró en los trabajos de Pasteur para la cura de la rabia. El suero que el sabio francés inyectó, curó a un joven, quien después de ser mordido por un perro, estaba a punto de morir. Es decir, estaba condenado si no se hacía algo. Pasteur utilizó su suero como un recurso terapéutico, y lo utilizó a tal fin (recurso semejante había sido utilizado por Emil Adolf von Behring para el tétano y la difteria). Pero entonces nadie conocía los mecanismos íntimos de la inmunología, y Neisser creyó que éste era un recurso terapéutico adecuado y lo utilizó.

Resultó ser que éstas mujeres desarrollaron la enfermedad, y acusaron a Neisser de haberlas infectado. Él se defendió diciendo, que cómo eran prostitutas se habían contaminado en el ejercicio de la profesión.

A pesar de la defensa de Neisser, cuatro de las mujeres inyectadas fueron a juicio, ocasionando un escándalo. En 1910, fue condenado a pagar una jugosa indemnización, por más que los colegas, en su mayoría, apoyaban su forma de actuar.

Neisser creía que no se debía perseguir a las meretrices, sino educarlas para evitar la diseminación de las enfermedades venéreas.

La Ciencia (en mayúsculas) ¿no era más importante que las personas? ¿No era mejor sacrificar algunos individuos para salvar al resto de la humanidad? Muchos médicos alemanes (no solo alemanes, esto ha pasado en todo el mundo) continuaron actuando sin el consentimiento del paciente. El Juicio de Núremberg puso fin (o al menos lo planteó claramente) a este tipo de omnipotencia y desde entonces el consentimiento informado es parte esencial de la práctica médica.

Neisser murió en 1916, y hoy es recordado por la bacteria que lleva su nombre y el exceso de autoridad, que lo llevó a anteponer la vida de los individuos al avance científico, sin que los pacientes pudiesen decidir sobre su destino.

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