No siempre es fácil decidir cuándo concluye la actividad vital de una persona. Los criterios médicos para determinar el final de la vida fueron cambiando a lo largo de los siglos. Esta falta de discernimiento ha suscitado terribles errores. Se dice que Vesalio, el famoso anatomista ‒a la sazón, médico de Felipe II de España‒, después de haber dictaminado el fallecimiento de una noble dama, decidió hacer una autopsia para determinar la causa de muerte y descubrió, para su horror y el de los presentes, que el corazón de la dama aún latía.

Para salvarlo de la hoguera (ya desde esos lejanos tiempos los médicos eran perseguidos por sus errores, sin ser ellos los únicos que se equivocaban), Felipe II lo envió como diplomático a Jerusalén, de donde no retornó (según el padre Sweetius, “cansado de la Corte y de su esposa”). Fuera por su matrimonio, por sus errores o por un “catarro”, el cadáver del gran Vesalio yace bajo el sol del Mediterráneo, en la isla de Zante.

Por siglos, se sucedieron historias como estas. Errores, confusiones e ignorancia que terminaron con muertos que no lo eran, en fosas que no necesitaban.

Otro anatomista, Jacob B. Winsløw –danés de nacimiento, francés por adopción–comenzó a enumerar estas historias (reales en parte, fantásticas en mucho) sobre resucitaciones milagrosas, muertes dudosas, nacimientos post mortem, autofagia de cadáveres, entierros precoces y toda suerte de maravillas, horrores y ejercicios del morbo que solo tenían un factor en común: el miedo a ser enterrado vivo, tan viejo como la muerte misma.

Winsløw, devenido en Jacques al abandonar su protestantismo natal, escribió un tratado de Anatomía, que se usó hasta bien entrado el siglo xix e inmortalizó al autor, otorgándole su nombre a un recoveco del peritoneo. En su tesis, llamada sugestivamente Morte incertae signa (de 1740), afirma: “La muerte es cierta, ya que es inevitable, pero también incierta, ya que su diagnóstico no es infalible”. Basado en infinidad de tenebrosos relatos y en su propia experiencia, que lo llevó dos veces a estar al borde de la fosa, solo depositaba su confianza como indiscutible signo de muerte en la inevitable y certera putrefacción. Enumeraba, sí, una serie de maniobras resucitatorias, basadas más en la estimulación sensorial que en la actividad electrofisiológica del corazón y del entonces poco estudiado cerebro. El ajo, la cebolla y los rabanitos, frotados sobre los cuerpos y narices de los dubitativos pasajeros de Caronte, eran maniobras ineludibles, al igual que los infaltables enemas y la introducción forzada de orina por la boca que podían decidir a los pasajeros a quedarse de este lado de la laguna Estigia, aunque no del todo contentos por la metodología utilizada para convencerlos.

Su obra podría haber quedado sepultada, como los cadáveres que describía, de no haber sido por el doctor Jacques Jean Bruhier d’Ablaincourt, quien tomó la causa de los muertos vivos (o de los vivos no tan muertos) como propia. Conocido profesional, políglota y hábil relator, reescribió la obra de Winsløw y la dotó de un espíritu mundano y grandilocuente que modificaría la forma de morir de allí en más.

Al escueto librito del primero, con su teoría ya relatada, Bruhier agregó la descripción de exóticos hábitos funerarios de tribus primitivas (que, por esos años, relataban arriesgados viajeros para entretenimiento del público) y algún que otro abrupto retorno del más allá de su propia cosecha, como el del cardenal Andreas. Este se levantó de su féretro en presencia, nada más y nada menos, que del mismísimo papa, durante su misa de cuerpo presente: efectivamente, resultó estar muy presente. El milagro fue atribuido a san Jerónimo, santo del cual el cardenal era muy devoto.

Todas estas morbosas descripciones de Bruhier prendieron prontamente y sus disertaciones sobre la incertidumbre de “los signos de la muerte”, se convirtieron en un best seller que encendía el morbo de las gentes, como años más tarde lo haría el Frankestein de Mary Shelley, electrizante novela que nos advierte sobre los inciertos y peligrosos avances de la ciencia (si se nos permite la digresión, esta historia nace cuando la futura esposa de Shelley visitaba a su padre, el señor Goodwin, un médico italiano que aplicaba descargas eléctricas sobre un cadáver –lo mismo que hacía el famoso Volta con su ranita– y que lograba que este moviera brazos y piernas. La impresionable jovencita creyó que poco faltaba para resucitar a los muertos).

Según Bruhier, errores hubo y habrá. La única forma de no cometerlos era esperar que la putrefacción imprimiese la certeza sobre cuándo había llegado el final de la existencia. Y para eso había que esperar. Aquel libro, que en vida del autor recibió elogios, aclamaciones y varias reimpresiones, cambió el modo de pensar sobre la muerte. Comenzó a generalizarse la idea del velatorio. Napoleón hizo obligatorio el certificado de defunción extendido por un profesional idóneo ya que, increíblemente, esta tarea recaía en personas no preparadas y, generalmente, de tan bajo extracto sociocultural que se prestaban a cualquier tipo de superchería.

El estilo brillante de Bruhier y el deseo del público de escuchar estos cuentos tenebrosos hicieron que el libro se tradujese en varios países, especialmente, en Alemania, donde tuvo un éxito y una influencia inusitada.

Por supuesto, se alzaron voces de desaprobación entre los mismos médicos. Muchos rebatían la falta de criterio científico al relatar estas fantásticas historias. El doctor Antoine Louis[1], salió en defensa de sus colegas, afirmando que existían signos certeros de muerte y que lo relatado por Bruhier carecía de todo sustento científico, ya que pocos de sus casos habían sido suficientemente documentados.

Además, este señalaba que dejar al occiso tantas horas expuesto podía convertirlo en una fuente de contaminación, considerando que en esa época la mayor causa de mortandad eran las infecciones (en realidad, hoy en día siguen siendo las enfermedades infecto-contagiosas la más frecuente causa de óbito, pero entonces eran casi las únicas).

Para certificar la defunción, el doctor Louis desarrolló un curioso aparato que introducía humo de tabaco, no precisamente por el extremo oral del aparato digestivo, sino por su porción terminal, argumentando que la irritación de la mucosa del intestino grueso se encargaría de revivir a cualquier individuo indeciso entre el más allá y el más acá (independientemente de sus inclinaciones sexuales).

Sin embargo, sus métodos y explicaciones no tuvieron difusión, ni aceptación. Bruhier y sucedáneos continuaron con su prédica, porque las propuestas fantasiosas y tenebrosas suelen ser más interesantes y aceptadas que las aburridas explicaciones académicas.

La influencia que ejerció la teoría de la putrefacción sobre la sociedad fue tan profunda que, en un estudio hecho sobre los testamentos de París, las solicitudes para tomar recaudos contra un entierro prematuro subieron del dos por mil al trece por mil en un espacio de treinta y cinco años (1725-1760). Mientras, un treinta y cuatro por mil dejaba su expreso deseo de retrasar el entierro por razones no especificadas, pero fácilmente adivinables.

Las costumbres cambiaban de lugar en lugar. Los ingleses tenían una visión distinta del tema, y hasta diríamos más práctica. Allí, una dama de fortuna dejó una importante suma de dinero a su médico personal, el doctor Charles White, a condición de que jamás fuera enterrada y que su cuerpo permaneciera embalsamado y conservado entre la colección de piezas anatómicas que el doctor atesoraba. Y así se hizo. Todos los días, durante muchísimos años, con dos testigos confiables, White revisaba su ilustre momia en búsqueda de perdidos signos vitales. Esta situación se hizo famosa; el poeta Thomas de Quincey recuerda haber peregrinado a Manchester para ver a la buena señora que, en ese entonces, habitaba un cómodo placard en la casa de su médico.

A la muerte de Charles White, sus herederos decidieron deshacerse de la ilustre paciente y su momia fue transferida al Museo de Historia Natural de Manchester y se la exhibió a la entrada de este. Finalmente, en 1868, la perseverante dama recibió cristiana sepultura.

En los principados germanos, bajo la influencia del doctor Christoph Wilhelm Hufeland –ferviente seguidor de los conceptos de Bruhier–, se crearon los hospitales para los muertos o Leichenhaus [morgue]. La construcción del primero de ellos, en Weimar, fue supervisada por el mismo doctor Hufeland –distinguido profesional y sincero humanitario–, que grabó sobre la puerta de la entrada: Vitae dubiae asylum [Asilo para la muerte dudosa]. Aquí, los cuerpos eran depositados sobre mesas, con arreglos florales, y se los ataba una cuerda al dedo del pie que, en caso de moverse, hacía sonar una campana. También existía otro sistema más sofisticado, que estaba conectado a un harmonio. Este, al menor movimiento, descargaba una melódica alarma. Estos asilos estaban bajo la supervisión de guardias que, día y noche, velaban por el menor atisbo de vida.

Los asilos para muertos proliferaron en toda Alemania a lo largo del siglo xix. Algunos de ellos son construcciones de imponente aspecto, que aún persisten. Por sus adelantos, se convirtieron en lugares obligados de visita, ya que cualquiera podía pasearse entre los cuerpos en distintos grados de descomposición, para admirar las flores, la magnificencia edilicia y la implacable organización germana. Los extranjeros visitaban estas curiosas Totenhaus [casa de los muertos], provistas de todas las comodidades de la época, como calefacción y ventilación forzada, para asegurar la eficacia de la vigilia.

Por supuesto que toda esta parafernalia mortuoria se acompañó de una nueva serie de libros y panfletos de dudoso gusto, que agregaban más material bibliográfico a los ya abundantes testimonios de entierros indebidos, con sus secuelas de horribles mutilaciones (provocadas por sobrevidas en criptas abandonadas), amantes torturados por bajas pasiones y algún que otro final menos espantoso.

William Wilkie Collins, el autor inglés, después de visitar algunos de estos asilos mortuorios, escribió dos novelas de horror sobre el tema. El inefable Mark Twain visitó el de Múnich y nuestro Domingo Sarmiento debió haberlos conocido porque, durante su presidencia, hizo obligatorio que todo muerto esperase sepultura en un cajón abierto y con un dedo del pie atado al badajo de una campana.

A pesar de los ingentes esfuerzos para evitar todo entierro precipitado, jamás nosotros, ni entre los más organizados alemanes, sonó una campana por una imprevista resucitación. Al contrario, el rigor mortis cadavérico, que auguraba un próximo entierro, fue más de una vez el responsable de tañer el bronce mortuorio.

En el ínterin, surgieron ingeniosas propuestas para evitar esta innecesaria exposición a la putrefacción y, a su vez, asegurar la asistencia al resucitado. Se desarrollaron ataúdes dotados de todos los medios de comunicación con el exterior: tapas de vidrio, sistemas de alarmas, iluminación y tubos para comunicarse con la superficie. En fin, todos los opcionales de lujo. Un tal doctor Adolf Grutsmuth llegó a enterrarse ex professo para mostrar cómo funcionaba un ataúd con salida al exterior que había inventado.

Un filántropo ruso, el conde Karnice-Karnicki –impresionado por haber asistido al entierro de una joven que se levantó del ataúd mientras las primeras paladas de tierra golpeaban su tapa–, diseñó un dispositivo que, a la menor impresión, izaba una banderita en la superficie, y advertía el inesperado retorno a la vida.

Este ataúd equipado con ventilación y alimentos para hacer más amena la espera hasta retornar a la superficie fue puesto a la venta bajo el nombre de “Le Karnice”. El conde viajó extensamente promocionando su invento. Llegó a probarlo, no en su persona, sino en la de un tal Faroppo Lorenzo, italiano de 78 años, que voluntariamente permaneció enterrado en este ataúd de lujo desde el 17 de diciembre de 1898 hasta el 26 de diciembre del mismo año (al parecer, no quería compartir la mesa navideña con su familia). Vuelto sano y salvo a la superficie después de estas aburridas vacaciones subterráneas, solo se quejó del olor. El prefecto de Milán, impresionado ante tamaña demostración, otorgó un certificado de funcionalidad al lecho mortuorio con pasaje de vuelta.

En realidad, ninguno de estos ingeniosos receptáculos fueron puestos en práctica, además no hubiesen funcionado o, mejor dicho, lo hubiesen hecho en exceso por los fenómenos de putrefacción post mortem, que dispararían los dispositivos de seguridad en forma innecesaria.

A todo esto, los ingleses miraban desde el otro lado del canal –entre curiosos y divertidos– las discusiones sobre cómo evitar estos enterratorios precoces. Fieles a sus costumbres, adoptaron una actitud más práctica. Algunos dejaron generosas donaciones a sus médicos de cabecera para que dispusiesen de todos los medios conocidos que garantizasen un solo viaje de ida, sin atisbos de retornos inesperados, como la dama expuesta por el doctor White.

El escritor Henry Martineau se hizo decapitar por su fiel galeno y el poeta Edmund Yates ordenó que seccionaran su yugular, al igual que Daniel O’Connell y la actriz Ada Cavendish. La esposa del explorador y traductor de Las mil y una noches, que tanto fascinara a Borges, sir Richard Burton, dejó expresas instrucciones para que le fuese extirpado su corazón al constatar el fin de sus signos vitales, para así poder unirse a su marido en la particular bóveda con forma de tienda arábiga que habían diseñado para su reposo eterno.

El advenimiento de la electricidad generó una nueva variable entre los interesados en no pasar por forzadas permanencias bajo tierra. La electricidad siempre estuvo asociada a los fenómenos de resucitación. La ranita de Volta y la criatura rejuntada por el doctor Frankenstein se alzaron en la imaginación popular como los paladines de una nueva esperanza, asociada a peligrosas manipulaciones por parte de los científicos.

En un principio, se sugirió utilizar estímulos eléctricos para detectar los menores atisbos de actividad muscular y, por lo tanto, de vida. Argumento con sólidos fundamentos fisiológicos, pero de poca practicidad porque debía disecarse el bíceps del occiso, y no todos los deudos estaban dispuestos a permitir esta última prueba diagnóstica. Pronto encontraron una nueva aplicación a la corriente galvánica cuando diseñaron un dispositivo eléctrico que permitía abrir el ataúd en caso de imperiosa necesidad. Al parecer, en Argentina se promovieron dichos dispositivos, que gozaron de cierta popularidad al ser adoptados para la hermosa bóveda de mister Gath, legendario fundador de la tienda Gath & Chaves de Buenos Aires. Su permanencia en ella hasta que fue removido de su tumba hace pensar que no tuvo necesidad de utilizarlo... o que, por el contrario, el sistema no funcionó en el momento deseado ya que la bóveda en el cementerio de La Recoleta no estaba prevista de electricidad. Un pequeño detalle técnico que no se había considerado con la debida anticipación.

Hacia 1830, se instituyeron una serie de premios dotados de sumas más que interesantes, donados por filántropos preocupados por encontrar otros signos menos hediondos que la putrefacción para diagnosticar fehacientemente el momento de la defunción.

Las cifras en juego eran tan tentadoras que, no solo se presentaban médicos o biólogos, sino también peluqueros diestros en discernir características capilares propias de los muertos. Estas últimas propuestas fueron prontamente dejadas de lado, debido a la imposibilidad de aplicarlas en los calvos.

Fue el profesor Pietro Manni, de Nápoles, quien donó en 1837 mil quinientos francos a la Academia Francesa para un premio al trabajo que pudiese evitar estos precoces entierros. Diez años más tarde (después de haber sido declarado desierto en tres oportunidades), el premio fue adjudicado a un discípulo de René Laënnec, el descubridor del estetoscopio. El doctor Bouchout, tal el nombre del ganador, sugería utilizar este instrumento distintivo de la profesión para determinar la existencia o no de latidos y, de esta forma, constatar el deceso del paciente. A pesar de lo lógico que hoy nos suena esta propuesta, en ese entonces, no era así. El estetoscopio era un cono de madera de reciente aparición, de difícil utilización, al que la mayor parte de los profesionales no estaban acostumbrados.

Nuevas discusiones se sucedieron, especialmente críticas de aquellos colegas despechados que habían propuesto ideas ingeniosas, como el tanatómetro. Este era un termómetro que, introducido hasta el estómago, determinaba la temperatura central del organismo. En caso de muerte, descendía de los habituales treinta y siete grados, pero solo era aplicable en climas fríos o templados, donde la temperatura ambiente fuese menor a los grados mencionados. Otros medios eran más violentos, implicaban apretar los pezones, quemar los brazos y punzar el corazón con una banderita que debía oscilar al mínimo movimiento residual si el músculo cardíaco todavía latía. En fin, las voces de protesta comenzaron a elevarse contra el doctor Bouchout, argumentando que muchos profesionales podían referir casos de vivos con latidos inascultables. Él mismo debió admitir que, después de todo, existían algunas circunstancias en donde el latido podía no escucharse y que, por lo menos, debían esperarse cinco minutos silenciosos en lugar de los dos originales. De todas maneras, este fue el primer medio específico y preciso de valor práctico para determinar si alguien había dejado de existir.

Esta propuesta no cambió en lo más mínimo la forma de pensar de los defensores de la descomposición como indicator mortui. Estos continuaban difundiendo por diarios y revistas escabrosas escenas de muertos vivos pululando en tenebrosas criptas o dando a luz dentro de estrechos cajones mortuorios.

Resurgido el debate en el núcleo del Senado francés durante el Segundo Imperio, el mismo cardenal de París, monseñor Donnet, se alzó como un tenaz defensor de la prolongación del tiempo de espera hasta el entierro, al confesar que él mismo –siendo un joven sacerdote– había caído “muerto” al finalizar un enérgico sermón. Esperando ser enterrado, la voz de un querido amigo de la infancia lo había “despertado” de su mutismo. Vuelto a las andadas, en menos de cuarenta y ocho horas reiniciaba su prédica desde el púlpito.

No todos los defensores podían relatar experiencias tan personales y, menos aún, referir información científica suficiente para avalar sus creencias en los relatos que sembraban el terror entre sus conciudadanos. Así, una suerte de curiosos personajes fueron abanderados de la causa, como el exótico doctor Hartman, espiritista, francmasón, rosacruciano, médico itinerante y autor de Buried alive, cúmulo de viejos relatos sobre el tema. Este ponía en duda hasta la putrefacción como indicador infalible, al señalar casos de pacientes que emitían espantosos aromas, propios de avanzados estados de descomposición, pero que todavía gozaban de una envidiable vitalidad.

Los testimonios de Hartman, además de revitalizar antiguos mitos, se alimentaban de relatos sensacionalistas, impresos en periódicos que muchísimas veces siquiera podían soportar una evaluación superficial. Sin embargo, aun hoy, la gente prefiere una macabra fantasía a una explicación científica coherente. De esta forma, surgió toda una literatura que se alimentó de estas historias de terror.

Ya Boccaccio refería esta treta de aparentar estar muerto como artilugio para las aventuras eróticas de sus personajes. Shakespeare también recurrió a esta trampa para poder unir a Julieta y a Romeo. Un desvío en la información transforma en drama lo que hubiese sido un romántico encuentro.

Edgar Allan Poe fue quizás el escritor que más ha recurrido a este tema con sus cuentos “Entierro prematuro”, “La caída de la casa de los Usher” y “Berenice”.

Otra escritora que gustaba de relatar estas truculentas historias era Friederike Kempner; hoy en día, olvidada por sus dudosas habilidades literarias. Se comenta que su estilo disgustaba tanto a su familia que solían comprar ediciones completas de la destemplada escritora, a fin de sacarlas de circulación. Sin embargo, versos como: “La poesía es vida, la prosa es muerte y los querubines vuelan”, la hicieron muy popular en su tiempo a punto tal de llegar a cartearse con personajes como Napoleón III y el duque de Wurtemberg, atentos a sus preocupaciones sobre los entierros precoces. La buena de frau Friederike se ofreció al Káiser Wilhelm para revisar a los bravos soldados alemanes muertos durante la guerra franco-prusiana y evitar así el horroroso desliz de enterrarlos antes de tiempo. Sin embargo, el ánimo humanista de la Kempner se vio empañado al no ofrecer sus tan meritorios servicios a la contraparte francesa.

El filósofo Schopenhauer, consustanciado con estos tétricos informes, dejó expresas instrucciones para que su cuerpo permaneciese durante cinco días expuesto, para eliminar toda posibilidad de error. Guy de Maupassant recogió esta curiosa anécdota y la volcó en uno de sus cuentos.

Christian Andersen, el autor de “La sirenita”, entre otros cuentos infantiles, compartía el mismo temor a ser enterrado vivo. Por eso, siempre dejaba en el espejo de su habitación un cartel que advertía: “No estoy muerto”. A continuación, daba detalladas instrucciones sobre quién y cómo debía revisarlo, ya que un médico amigo se había comprometido a cortar sus arterias después de cuarenta y ocho horas de velar su cuerpo.

Alfred Nobel –el inventor de la dinamita–, para evitar todo “malentendido”, exigió en su testamento ser cremado, quizás influenciado por las novelas góticas de su compatriota Selma Lagerlöf, posteriormente homenajeada con su premio (1909).

Los ya mencionados Émile Zola, Wilkie Collins, Mark Twain, la olvidada Marie Corelli –autora de suculentos melodramas que en vida gozó de los favores de la reina Victoria–, Cornell Woolrich, el doctor Conan Doyle ‒con su sagaz personaje Sherlock Holmes‒, Dennis Wheatley, Michael Crichton y Alexandre Dumas, en su inmortal Conde de Montecristo, son algunos de los autores que recurrieron al tema de un entierro precoz para aterrorizar a sus lectores o simplemente plantear una estrategia en beneficio o perjuicio de sus personajes.

Mención especial debe hacerse de Nikolái Gógol. Aunque este no tocase el tema en sus obras, vivió obsesionado por no terminar sus días dentro de un estrecho ataúd sin estar muerto. Dejó expresas indicaciones para evitar sus temores (los psiquiatras dan el nombre de “tafofobia” a este miedo morboso a ser enterrado vivo). Sin embargo, al ser exhumado su cadáver en 1852, la posición de sus restos hizo suponer que el escritor ingresó en la extensa galería que tanto temía integrar.

Pero ¿qué hay de verdad en estos mitos? Algunos autores serios (como Montgomery en 1890 o Louis Claude Vincent en 1954) llegan a afirmar que el dos por ciento de los desenterrados en cementerios presentan posiciones anómalas al ser desterrados.

Como hemos dicho, muchos de estos cambios en las posiciones y daños de los tejidos pueden explicarse por fenómenos de descomposición post mortem, o por la impiadosa acción de roedores e insectos que llegan a los lugares más insólitos (como hemos visto en el caso de las momias egipcias). La aparición de esqueletos fuera del féretro también podría atribuirse a la acumulación de gases dentro de este. Más difícil de explicar es el arrancamiento de cabellos que se ha constatado en muchos casos. Sin embargo, existen múltiples testimonios sobre retornos por la laguna Estigia, fehacientemente documentados.

Muchos de ellos se debieron a la ingesta de alcohol o barbitúricos –con intenciones suicidas– o a exposiciones a muy bajas temperaturas, donde el consumo de oxígeno baja a niveles menores al diez por ciento y otros signos vitales descienden a umbrales de dificultosa detección.

Para complicar más las cosas, debemos agregar dos entidades neuropsiquiátricas: la catatonia y la catalepsia. La primera es la aparición de signos de rigidez o atonía dentro de un cuadro esquizofrénico. Aquí, los signos vitales son fáciles de detectar y solo descuidos fatales pueden dar lugar a errores. Pero, en la catalepsia, los signos vitales bajan a niveles tales que directamente pueden llegar a no detectarse, como en los casos documentados por los profesores Mitchell y Tourette. Ambos coincidían en denominar estos estados como “letargia lúcida histérica” [Scheintod], esa que tanto fascinaba a Hufelman y por la que se instaba a prolongar los períodos de espera mortuoria.

En nuestra Recoleta, se cuenta la famosa historia de Rufina Cambaceres –hija del escritor Eugenio Cambaceres-–, aparentemente enterrada bajo este trance, después de haber sido revisada por tres médicos. Una de las muchas versiones de su muerte cuenta que, el día en que Rufina cumplió 19 años, ingirió accidentalmente una dosis de somníferos que su madre habitualmente le administraba para tenerla dormida. Mientras, dicen las malas lenguas, ella mantenía encuentros amorosos con el novio de su hija. Descubierta la trama después de la espantosa muerte de Rufina, el joven pretendiente se suicidó y dejó una confesión que no llegaría a hacerse pública. La tumba de Rufina se ha convertido en un lugar de visitas obligado, quizás porque la hermosa estatua de Aigner de una joven abriendo una puerta (¿del Cielo?, ¿del Infierno?) prolonga el mito de haber sido enterrada viva.

Caso semejante aconteció con Margorie McCall en 1705, enterrada luciendo un costoso anillo. La codicia de los ladrones la salvó porque, al intentar cortarle el dedo, los espantó al despertar de su falsa muerte. Sobrevivió muchos años y, cuando finalmente le llegó su momento, fue inhumada en el cementerio Shankill en Irlanda, bajo una lápida que indica que vivió una vez y fue enterrada dos.

Existieron otros casos más felices, como el del francés Angelo Hays, salvado por el celo de un corredor de seguros. Resulta que Angelo había sufrido un terrible accidente con su moto. Tenía entonces solo 17 años. Su estado era tan espantoso que aconsejaron a los padres no verlo. Pasados ¡tres días! en la morgue, su cuerpo fue enterrado. Como su padre había asegurado a Angelo recientemente en doscientos mil francos, un inspector de la compañía de seguros solicitó una necropsia dos días después del entierro. Abierto el cajón, el médico notó que el cuerpo todavía estaba caliente. Resucitado, se convirtió en una celebridad. En 1970, Angelo Hays decidió redituar a expensas de su fama y diseñó un nuevo ataúd de seguridad, versión mejorada de Le Karnice. Así recorrió Francia dando demostraciones de cómo pasar serenas vacaciones bajo tierra ante la divertida mirada de miles de coterráneos, que oblaban para ver a su ídolo emerger triunfante de su encierro. Su fama llegó al cenit cuando la televisión francesa trasmitió “en vivo y en directo” desde su cómodo ataúd a nuestro ídolo cantando sus melodías predilectas, a pesar de la mala acústica del reducido receptáculo.

Las nuevas definiciones de muerte cerebral, con el consiguiente electroencefalograma “plano”, han sido puestas en práctica desde 1960 y, aunque anecdóticamente retorna alguno de esta chatura, se ha comprobado que en esos casos existieron severos déficits técnicos. Puede aseverarse la muerte mediante el uso de una angiografía carotidea y potenciales evocados del tronco del encéfalo (centros que regulan la respiración, el ritmo cardíaco y el estado de vigilia).

El debate ha resurgido, no por el miedo a ser enterrado en vida, sino a ser privado de la vida, como donante involuntario de órganos para ser trasplantados.

Mucha gente, al ser interrogada sobre por qué no dona sus órganos, ha expresado el temor a ser declarada muerta antes de agotar todas las instancias de resurrección, imaginando a rapaces profesionales, ávidos por esplendidos riñones, jugosos hígados, latientes corazones y juveniles corneas de aquellos a los que en realidad Clotis[2] no terminó de cortarle el hilo de la vida. Todo esto, alimentado por los mitos urbanos: Disney congelado esperando mejores tiempos, jóvenes secuestrados y devueltos sin riñones en bañaderas de hielo y Michael Crichton manteniendo en coma medicamentoso a jóvenes donantes para ansiosos compradores de órganos.

En Suecia, solo el dos por ciento de los encuestados expresó ese temor a ser utilizado precozmente como material de trasplante. En nuestra Argentina, donde –como siempre– carecemos de estadísticas, con nuestro calor latino y habitual y ancestral desconfianza al sistema, un porcentaje muchísimo mayor teme este desenlace.

Y quizás toda esta historia se pueda resumir en esa palabra: desconfianza. A la ignorancia, a la desidia o a la negligencia. Alimentada por periódicos, deseosos de llenar sus hojas amarillentas con suculentos relatos que exacerban el morbo durante las prolongadas silly seasons [épocas bobas] para dar tema de conversación en las playas y lugares de descanso.

Profesionales como Winsløw, Bruhier, Hubeland y más recientemente Vincents que, por distintas razones, enarbolaron la bandera de la espera a signos más fehacientes, exacerbaron esos miedos y crearon recelos contra aquellos que ni siquiera tienen bien en claro qué es la muerte y, sin embargo, son los responsables de diagnosticarla.

El cristianismo primitivo instaba a esperar una vida mejor más allá de nuestra mundana existencia. Con el tiempo, la muerte fue percibida como el inevitable adiós a los seres queridos, a los que se recordaba en mármoles y bronces para vencer el olvido. Así crecieron los cementerios del siglo xix, lugares donde el romanticismo de la época aunaba la soberbia burguesa con la tierna evocación y el respeto a la muerte, única liberadora de nuestros males, que nos conducirá al seno del Señor.

Perdido ese espíritu religioso, y reemplazado el testimonio grandilocuente por líneas de austera geometría, para muchos, la muerte pasó a ser un fin sin esperanza de una existencia apacible, el capítulo final del libro de nuestras vidas, que deseamos prolongar, aunque todo esfuerzo por alargarla termina cuando se cierra la tapa de nuestro féretro... sin que este se pueda volver a abrir.

[1]. Este Antoine Luis es el mismo que inventó la guillotina y relató la tenebrosa historia del cura que había embarazado a una joven recientemente muerta –o que, al menos, eso él creía–). Como verán, el tema de la muerte lo tenía obsesionado.

[2]. Clotis era una de las Parcas, representada con una tijera para cortar el hilo de la vida.

Texto extraído del libro TRAYECTOS PÓSTUMOS (Olmo Ediciones)

Dejá tu comentario