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«En los campos de Curupaytí murió una generación de argentinos»

En los albores del siglo XIX, los eugenistas –aquellos que promovían la constitución de una raza superior– en una interpretación bastante forzada de Spencer, creían que en la guerra morían los más débiles y solo subsistían los más dotados. Charles Galton, el primo de Darwin, era un entusiasta de esta propuesta... Puede ser que en los tiempos de las peleas cuerpo a cuerpo algo de razón tuvieran, pero con la consagración de la guerra moderna e industrial, la muerte se volvió azarosa, y aptos y débiles mueren por igual. A continuación, presentamos un fragmento del capítulo del libro "La Patria, los hombres y el coraje" de Miguel Ángel de Marco, y el relato de como cinco brillantes jóvenes argentinos presienten su funesto final.

Sabido es que en presencia de las inexpugnables trincheras de Curupaytí, algunos jefes y oficiales del Ejército Argentino pensaron que caerían en el intento de escalarlas. Conócese la carta del subteniente del batallón rosarino 1ero. de Santa Fe, Mariano Grandoli a su madre, escrita en la noche del 21 de septiembre de 1866: “Mamá: mañana seremos diezmados por el enemigo, pero yo he de saber morir por la bandera que me dieron”, y la conmovedora despedida del capitán Domingo Fidel Sarmiento, Dominguito, a la suya, redactada días antes, pues se pensaba que el ataque iba realizarse el 17: “No sientas mi pérdida hasta el punto de sucumbir bajo la pesadumbre del dolor. Morir por la patria es vivir, es dar a nuestro nombre un brillo que nada borrará, y nunca más digna la mujer que cuando con estoica resignación envía a las batallas al hijo de sus entrañas…”. Pero, como se ha dicho más arriba, otros presintieron que el asalto iba a ser fatal. Poca confianza tenían en la escuadra brasileña, cuyo almirante, Tamandaré, había prometido al general Bartolomé Mitre, en tono altanero: “Mañana yo destruiré todo eso en dos horas”, a la vista de los abatís amenazantes y del alto parapeto, para llegar a cuya cúspide había que superar profundos fosos.

Así, en la mañana del 22 de septiembre, se reunieron en la carpa del doctor Caupolicán Molina, cirujano principal del Ejército, “para saborear un banquete cuyo manjar más exquisito era un raquítico sábalo comprado a precio romano”, los coroneles Juan Bautista Charlone, Manuel Fraga, Manuel Roseti, Alejandro Díaz y Luís María Campos.

Preferimos reproducir, con todo su rigor, el relato del general José Ignacio Garmendia, actor distinguido en aquella contienda, pues se basa en una versión directa del después teniente general Campos, omitiendo el que proporciona Eduardo Gutiérrez en Croquis y siluetas militares, pues si bien el prolífico periodista y folletinero no difiere en lo sustancial, agrega algunos detalles y quita otros para aumentar el dramatismo de lo que pasamos a referir.

Destaca Garmendia en su libro La cartera de un soldado: “Aquella mesa nos traía a la memoria una comida después de un entierro. Una atmósfera silenciosa se mezclaba a la sobriedad del almuerzo. Los chistes forzados se sucedían con grandes intervalos. Hipócritas manifestaciones del corazón. Estaban tristes y no sabían por qué. Es que el amargo presentimiento que allí batía sus almas y que los impulsaba al solemne vaticinio era la misma fatalidad que más tarde revestiría una forma tangible.

“De repente Fraga, con aquella arrogancia en el porte y en el hablar que le era característica, hizo un gesto de visible contrariedad y exclamó con triste sonrisa: ¡Hoy me van a matar! Recibiré un balazo en el vientre, pero tendré el honor de morir con el quepí que usted me ha regalado. Y, dirigiéndose a Luís María Campos, lo saludó con gallardía.

“En ese instante se escuchó la voz clara de Roseti que decía: ¡Yo también voy a morir! Y es tan cierto mi presentimiento que he arreglado mis asuntos.

“No concluyó porque fue interrumpido por Alejandro Díaz, que con voz grave y acentuada murmuró esta única frase: ¡Yo también voy a morir!

“Charlone, que hasta ese momento había guardado silencio, al oír esas palabras se irguió, y ejecutando un ademán brusco exclamó con nervioso acento: Del mismo modo quedaré allí de un metrallazo, pero caeré en mis cabales, porque hasta ahora en el Ejército Argentino, en esta patria que tanto amo, nadie ha sido más lejos que yo, y es por eso que quiero darles mis glorias y mi sangre.

“Al concluir esta frase temblaba la palabra en los labios del bravo veterano, es que hablaba con el alma, sintiendo prematuro el entusiasmo del último sacrificio.

“Sucedió un momento de silencio que fue interrumpido por Roseti, quien, dirigiéndose a Luís María Campos, dijo: ¡El General Petit –nombre cariñoso que le daban sus compañeros por su baja estatura- también ha de morir!

“¡No! –gritó Fraga-. Saldrá herido solamente, para que cuente el cuento.

“En ese instante se presentó a la puerta de la carpa un ayudante a traer una orden, aunque su nombre lo hemos olvidado, recordamos que era rubio y de una talla gigantesca.

¿Y a éste? Balbuceó uno de los circunstantes.

Como es tan grande, será el primero que muera”, replicó reciamente Charlone.

“En seguida todos guardaron silencio.

“Con excepción del lugar de la herida de Luís María Campos, la profecía salió fatalmente cierta”.

Al ordenarse el ataque, a las 12 del 22 de septiembre, los batallones fueron estrellándose uno a uno contra las defensas paraguayas. Los jefes, vestidos de parada, con sus charreteras de hilos de oro, sus alamares, sus penachos y sus guantes blancos, estirando el cuerpo sobre sus caballos, ofrecían blancos perfectos. Charlone cayó gravemente herido al frente de la Legión Militar y fue llevado a Corrientes, donde murió poco después; Fraga lo hizo mientras arengaba a sus veteranos de 4 de Infantería, Roseti moría a la cabeza del célebre 1ero. de Línea, es decir, de los Patricios que había fundado Saavedra; Díaz, el joven egresado de la célebre academia militar de Saint Cyr, quien era considerado, con razón, una promesa por sus superiores y compañeros, dejaba la vida al frente del 3 de Infantería, y el coronel Luís María Campos rodaba con el brazo atravesado por una bala, mientras indicaba con su espada al 6 de Infantería, diezmado por la metralla, que no se detuviese hasta clavar la enseña azul-celeste y blanca al tope de la fortificación.

A las cuatro de la tarde, los batallones argentinos eran sólo un puñado de hombres casi sin jefes ni oficiales que los comandasen, pues la mayoría de ellos estaban muertos o heridos merced a la buena puntería de los paraguayos que, como se ha dicho, los elegían sin arriesgarse desde los parapetos. Recién a esa hora, el generalísimo aliado, Bartolomé Mitre, que a su vez había mostrado su valor exponiéndose constantemente a los disparos del adversario, dio a su trompa de órdenes la voz de retirada. Los clarines de todos los cuerpos del Ejército Argentino repitieron el triste toque, y mientras las banderas volvían hechas jirones –sostenidas en algunos casos por suboficiales y soldados, pues quienes las habían hecho tremolar al comenzar la acción yacían en las trincheras- la tarde cayó como una infinita lágrima sobre aquellos centenares de cuerpo inertes.

Extraído del libro “La Patria, los hombres y el coraje: Historia de la Argentina heroica", de Miguel Ángel De Marco

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