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Eliot Ness: El paradójico fin del "intocable"

En 1919, el Congreso de los E.U.A. aprobó la Enmienda XVIII a la Constitución, en la cual se prohibía la producción, importación, exportación, traslado y venta de alcohol y cerveza en la unión americana. Esa enmienda sería abolida hasta 1933 y fue conocida como “ley seca” o Ley Vosltead, en honor al baboso senador que más la promovió. En el discurso de aprobación, Volstead dijo: “el demonio de la bebida esta noche hace testamento...se cerrarán para siempre las puertas del infierno y los niños y mujeres caminarán felices por las calles.” Nada de eso sucedió. La absurda ley seca nunca logró frenar la demanda ni el consumo de alcohol. Únicamente propició el mercado negro, la corrupción en todos los niveles del gobierno, en especial de alcaldes, jueces y policías, y el surgimiento de poderosas y violentas mafias enriquecidas vertiginosamente por este nuevo y fructífero nicho de mercado clandestino.

Está probado que las prohibiciones no son la solución sino el origen del problema. Por eso me intriga tanto la historia de Elliot Ness y la paradoja de su vida.

En 1930, a los 27 años, Elliot Ness era ya un precoz e importante directivo de la prohibición. Estudió negocios y derecho y luego hizo una maestría en criminología. A Elliot Ness no le disgustaba el alcohol, pero por encima de eso le gustaba el imperio de la ley. Durante los 14 años de la prohibición no tomó una sola copa. Como director de la emblemática oficina de Chicago, le fueron asignados 50 policías e investigadores, de los cuales solo 9 resultaron ser absolutamente confiables. Con ellos armó un grupo de incorruptibles, conocido como “Los intocables”, que perseguirían obsesivamente al criminal más salvaje y famoso de entonces, Alphonse Capone. Al hacer su trabajo y comunicarlo, Elliot Ness se fue enamorando peligrosamente de los medios de comunicación, a los que sedujo.

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Elliot era guapo y mediático, y se encargó de que su lucha contra el clan de Al Capone se convirtiera en una especie de zaga a la que le darían difusión los periódicos y radiodifusoras de entonces, zaga que los lectores y escuchas americanos seguirían apasionadamente como hoy sucede con las series televisivas.

Es popular y conocida la historia de Capone, adicto él mismo al alcohol y la cocaína. Es conocido el reguero de muertos que su mafia fue dejando a su paso. Es conocida la historia de que finalmente lo pudieron meter a la cárcel por evasión de impuestos y no por los salvajes crímenes que cometió. Es conocida y ha sido replicada en numerosas series y películas, que la insensata prohibición no evitó que los que querían beber, bebieran. La prohibición no inhibe la demanda, solo la corrompe y encarece. No debe ser una política de estado el prohibir o no los consumos de alteradores de la conciencia, que hay muchos, sino la prevención y la regulación de los mismos.

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Es una obligación del estado difundir los riesgos, prevenir contra el consumo, y regular el uso de productos de riesgo, como se ha hecho con el cigarro. Nada más. Nada menos.

En 1933, el día que la derogación de la ley seca causó estado, a los 31 años, Elliot Ness se tomó la primera de muchísimas copas más, pero su adicción a los reflectores era aún más fuerte que su adicción al alcohol. Intentó hacer una carrera política pero fracasó. Su imagen y recuerdo se fue borrando de los periódicos. En 1942 chocó y fue detenido estando borracho. Su cara en los periódicos perdió su encanto. No pudo ganar la alcaldía de Cleveland y la frustración agudizó su alcoholismo. La fama es ingrata con los que alguna vez la tienen. El pueblo americano se olvidó de su héroe. Su vida privada fue un desastre. Se casó tres veces y se divorció dos. Finalmente se puso a escribir su libro “Los intocables”, publicado en 1957, año en el que murió de un infarto, totalmente deteriorado por el consumo del alcohol. Paradójico ¿No?

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Artículo extraído de: https://www.milenio.com/opinion/veronica-mastretta/vida-milagros/elliot-ness-el-paradojico-fin-del-intocable

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